Betty Ford

Betty Ford (1918-2011) fue una primera dama estadounidense (1974-77) y esposa de Gerald Ford, el 38 ° presidente de los Estados Unidos. Ford se dio cuenta del poder de su posición como primera dama desde el principio, cuando le diagnosticaron cáncer de mama poco después de que su esposo asumiera el cargo. Su divulgación pública de un tema previamente tabú alentó a miles de mujeres a buscar tratamiento médico. Ford continuó hablando abiertamente sobre una serie de temas sociales y políticos, por los que recibió críticas y elogios. En 1982, después de superar su propia dependencia del alcohol y las pastillas recetadas, fundó el Betty Ford Center, un centro de tratamiento de adicciones y abuso de sustancias.

Vida temprana

Elizabeth “Betty” Anne Bloomer fue la tercera hija y única hija de William Bloomer, Sr. y Hortense Neahr. El padre de Elizabeth trabajaba para la Royal Rubber Company en Grand Rapids, Michigan. Su madre estaba relacionada con una familia adinerada de fabricantes de muebles de Grand Rapids.

La madre de Betty pensaba que las cualidades sociales eran importantes, por lo que en 1926 Betty, de ocho años, se inscribió en Calla Travis Dance Studio en Grand Rapids, donde estudió ballet, tap y movimiento moderno. La danza se convirtió en una pasión y pronto Betty decidió dedicarse a ella como carrera. A los 14, enseñó bailes a niños más pequeños como el foxtrot, el vals y "La Gran Manzana". Mientras aún estaba en la escuela secundaria, abrió su propia escuela de danza enseñando a niños y adultos.

Cuando Betty tenía 16 años, su padre fue asfixiado por una intoxicación por monóxido de carbono mientras trabajaba en el automóvil familiar en un garaje cerrado. Nunca se confirmó si su muerte fue accidental o un suicidio. Ahora que el principal sostén de la familia se había ido, la madre de Betty mantenía a la familia trabajando como agente de bienes raíces. Su fuerza e independencia frente a la tragedia influyeron mucho en Betty, dando forma a sus puntos de vista sobre la igualdad salarial y la igualdad para las mujeres.

Después de graduarse de la escuela secundaria, Betty pasó dos veranos en la Escuela de Danza Bennington en Vermont estudiando con la legendaria coreógrafa y bailarina Martha Graham. Para pagar sus lecciones, trabajó durante el año como modelo en una tienda por departamentos de Grand Rapids. En 1940, Betty fue aceptada para estudiar y trabajar con la compañía auxiliar de Martha Graham en la ciudad de Nueva York. Hizo numerosas apariciones como bailarina, incluida una actuación en el Carnegie Hall.

Trabajo y primer matrimonio

Hortense Bloomer nunca aceptó por completo la elección de carrera de su hija e instó a Betty a volver a casa. Finalmente, después de darse cuenta de que probablemente no sería una bailarina de primer nivel, Betty regresó a Grand Rapids en 1941 para trabajar a tiempo completo en los grandes almacenes Herpolscheimer. Después de una serie de promociones, se convirtió en coordinadora de moda de la tienda. Continuó su gran interés en la danza, enseñando en Travis Dance Studio en Grand Rapids y organizando su propia compañía de danza. También ofreció clases de baile semanales a niños afroamericanos y enseñó baile de salón a niños con discapacidades visuales y auditivas.

En 1942, Betty Bloomer conoció y se casó con William C. Warren, un vendedor de muebles a quien conocía desde que tenía 12 años. Warren tenía una serie de trabajos en diferentes ciudades, a menudo como vendedora ambulante, y Betty a veces trabajaba como vendedora de grandes almacenes. y modelo en las ciudades donde vivieron. Sin embargo, después de tres años, Betty se dio cuenta de que el matrimonio no iba a funcionar. Quería un hogar, una familia e hijos y se cansó del estilo de vida itinerante de la pareja. Pero antes de que pudiera hablar sobre el divorcio, Warren se enfermó de diabetes aguda. Mientras se recuperaba durante los siguientes dos años, Betty trabajó para apoyarlos a ambos. Esta experiencia la dejó con una fuerte impresión de las desigualdades en la compensación entre géneros por hacer el mismo trabajo. Después de que Warren se recuperó, la pareja terminó su matrimonio.

Matrimonio con Gerald Ford

En agosto de 1947, Betty Warren conoció al abogado de 34 años Gerald Ford, un teniente de la Marina de los Estados Unidos. Ford había regresado del deber para reanudar su práctica legal y postularse para el Congreso de los Estados Unidos. La pareja salió durante un año antes de que Ford le propusiera matrimonio en febrero de 1948, y la pareja se casó dos semanas antes de las elecciones de noviembre. Eligió esta fecha porque le preocupaba que los votantes de su distrito conservador pudieran tener dudas acerca de que se casara con una ex bailarina divorciada. Durante la cena de ensayo de la boda, Gerald tuvo que irse temprano para dar un discurso de campaña. El día después de su boda, los Ford asistieron a un mitin político, seguido de un partido de fútbol de la Universidad de Michigan y un discurso del gobernador de Nueva York, Thomas Dewey. . Gerald ganó las elecciones tres semanas después, introduciendo a Betty en el mundo de la política.

En diciembre de 1948, los Ford se mudaron a un suburbio de Virginia en las afueras de Washington, D.C. Betty se sumergió rápidamente en el proceso político. Llegó a conocer los nombres y cargos de poderosas figuras legislativas, se desempeñó como asesora no oficial de su esposo y se relacionó con las esposas de otros congresistas. Mientras Ford construía su carrera en el Congreso, ganando la reelección 13 veces y ascendiendo al puesto de Líder de la Minoría de la Cámara de Representantes, Betty asumió las responsabilidades tradicionales de padre y madre para sus cuatro hijos. También se involucró con organizaciones benéficas y trabajo voluntario.

Primera mujer

El 6 de diciembre de 1973, Ford fue nombrado vicepresidente de Richard Nixon, luego de que el vicepresidente Spiro Angew renunciara. Luego, el 9 de agosto de 1974, en una medida sin precedentes, Richard Nixon renunció a su cargo bajo la presión del escándalo de Watergate. Según la ley de los Estados Unidos, Gerald Ford se convirtió en el 38º presidente de los Estados Unidos. Betty Ford fue oficialmente la Primera Dama.

En poco tiempo, se hizo evidente que la nueva Primera Dama iba a tener un impacto.

Betty se hizo conocida por bailar música disco en eventos informales de la Casa Blanca y era especialmente buena en el movimiento de baile "The Bump". Charló en su radio CB bajo el nombre de llamada "Primera mamá". Pero Betty Ford también podría ser muy seria en temas como la igualdad de derechos para la mujer, el aborto y el divorcio. A veces, su franqueza provocó la desaprobación de los elementos más conservadores del Partido Republicano. Después de una aparición de 60 Minutes donde habló abiertamente sobre cómo aconsejaría a sus hijos si estuvieran involucrados en relaciones sexuales prematrimoniales y drogas recreativas, algunos conservadores la llamaron "No Lady" y exigieron su renuncia. Pero la nación en su conjunto encontró atractiva su apertura y su índice de aprobación alcanzó el 75 por ciento.

Voluntad política

Semanas después de que Betty Ford se convirtiera en Primera Dama, le diagnosticaron cáncer de mama maligno durante un examen de rutina. Ford se sometió a una mastectomía y su franqueza sobre su enfermedad aumentó la visibilidad de una enfermedad que los estadounidenses se habían mostrado reacios a discutir anteriormente. Durante su convalecencia, se dio cuenta de la influencia y el poder que tenía una Primera Dama para influir en las políticas y generar cambios. Ella apoyó la ERA (Enmienda de Igualdad de Derechos) y presionó mucho para que se aprobara. También se convirtió en una firme defensora del derecho de la mujer a la libre elección en muchas decisiones que afectaban sus vidas. Como resultado de sus esfuerzos, la revista Time la nombró mujer del año en 1975.

En 1976, Betty Ford mostró sus habilidades políticas innatas cuando su esposo se postuló para presidente contra el retador demócrata y ex gobernador de Georgia, Jimmy Carter. La Primera Dama jugó un papel muy visible durante la campaña. Ella no solo abogó por su esposo, sino que también se erigió como un símbolo de un republicano moderado cuando el ala republicana conservadora del partido comenzó a emerger. Betty grabó anuncios de radio, habló en mítines y realizó una intensa campaña, a pesar de la tremenda presión sobre su salud. Aunque la mayoría de sus actividades eran espontáneas, a menudo el personal de la campaña la limitaba a paradas en estados moderados a liberales, a quienes a veces les preocupaba que Betty Ford pareciera más liberal que Rosalynn Carter, la esposa del candidato demócrata. Sin embargo, siguió siendo muy popular entre el público y muchos partidarios del presidente Ford llevaban botones que decían "Vote por el marido de Betty". Cuando Gerald Ford perdió ante Jimmy Carter en las elecciones, fue Betty Ford quien pronunció su discurso de concesión, debido al ataque de laringitis de su esposo en los últimos días de la campaña.

Lucha contra la adicción

Desde principios de la década de 1960, Betty Ford había estado tomando analgésicos opioides para el dolor de un nervio pinzado. Su dependencia de estas drogas se había disipado durante su tiempo en la Casa Blanca, pero después de dejar Washington, D.C., su consumo de alcohol aumentó, al igual que su uso de medicamentos recetados. En 1978, la familia Ford organizó una intervención y obligó a Betty a enfrentarse a su adicción al alcohol y los analgésicos. Después de su enojo inicial por la intrusión en su vida, Betty permaneció en casa durante una semana y se sometió a una desintoxicación controlada. Luego ingresó al Hospital Naval de Long Beach para rehabilitación de drogas y alcohol. Allí, la ex Primera Dama compartió habitación con otras mujeres, limpió baños y participó en sesiones de terapia emocional. De acuerdo con su sentido de autenticidad, Betty reveló completamente sus adicciones y el tratamiento resultante al público poco después de su alta del hospital.

La experiencia en rehabilitación de drogas tuvo un profundo efecto en Betty. Durante su convalecencia se dio cuenta de que, como ex Primera Dama, tenía el poder de generar cambios y afectar el comportamiento. También se dio cuenta de que no había un centro de recuperación específicamente establecido para ayudar a las mujeres con los problemas únicos asociados con el abuso de drogas y alcohol. En 1982, después de su completa recuperación, Betty ayudó a establecer el Betty Ford Center, dedicado a ayudar a todas las personas, pero especialmente a las mujeres, con dependencia química. A través de su trabajo en el Betty Ford Center, Betty comenzó a comprender la conexión entre la adicción a las drogas y las personas que padecen VIH / SIDA. Pronto comenzó a expresar su apoyo a los derechos de los homosexuales y lesbianas en el lugar de trabajo y se pronunció a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo.

Ultimos años

En 1987, Betty Ford publicó un libro sobre su tratamiento titulado Betty: A Glad Awakening. En 2003, Ford produjo otro libro, Sanación y esperanza: seis mujeres del Betty Ford Center comparten sus poderosos viajes de adicción y recuperación. En 1991, ganó la Medalla Presidencial de la Libertad de George H.W. Arbusto; luego recibió la Medalla de Oro del Congreso en 1999; y fue honrado con el premio Woodrow Wilson por servicio público.

Gerald Ford, esposo de Betty durante 58 años, murió el 26 de diciembre de 2006, a la edad de 93. La pareja tuvo cuatro hijos juntos: Michael, John, Steven y Susan. Después de la muerte de su esposo, Betty se abstuvo de hacer apariciones públicas, pero permaneció activa como presidenta emérita del Betty Ford Center.

El 8 de julio de 2011, Ford murió de causas naturales en el Centro Médico Eisenhower en Rancho Mirage, California. Después de su muerte, su ataúd fue trasladado a Grand Rapids, Michigan, donde se encontraba en el Museo Gerald Ford durante la noche del 13 de julio de 2011. Fue enterrada junto a su esposo durante un funeral el 14 de julio de 2011, en lo que habría sido el cumpleaños número 98 de su marido.

Biografía cortesía de BIO.com


Acceda a cientos de horas de videos históricos, sin comerciales, con HISTORY Vault. Comience su prueba gratis hoy.


Betty Ford

Nuestros editores revisarán lo que ha enviado y determinarán si deben revisar el artículo.

Betty Ford, de soltera Elizabeth Anne Bloomer, (nacida el 8 de abril de 1918 en Chicago, Illinois, EE. UU., fallecida el 8 de julio de 2011 en Rancho Mirage, California), primera dama estadounidense (1974–77), esposa de Gerald Ford, 38º presidente de los Estados Unidos, y fundador del Betty Ford Center, una instalación dedicada a ayudar a las personas a recuperarse de la dependencia de las drogas y el alcohol. Se destacó por sus fuertes opiniones sobre temas públicos y su franqueza en asuntos íntimos.

Betty Bloomer era la única hija de William Bloomer, un vendedor, y Hortense Neahr Bloomer. Cuando tenía dos años, la familia, incluidos sus dos hermanos mayores, se mudó a Grand Rapids, Michigan, donde asistió a escuelas públicas. A los ocho años empezó a recibir clases de baile, reflejando un interés que mantendría durante toda su vida. Para ganar dinero para gastar, enseñó a bailar a otros niños. Después de graduarse de la escuela secundaria en 1936, pasó dos veranos siguiendo una carrera de danza en la costa este.

Estudió en Bennington College en Vermont, donde estuvo bajo la influencia de la legendaria bailarina, maestra y coreógrafa moderna Martha Graham. Como Betty escribió más tarde, Graham "más que nadie ... dio forma a mi vida". Cuando Graham la aceptó en su compañía de la ciudad de Nueva York, Betty se mudó al West Side de Manhattan. Para aumentar sus escasas ganancias como bailarina, modeló con la agencia John Robert Powers. Aunque nunca se convirtió en bailarina principal, Betty actuó como una de las auxiliares de Graham y se deleitó con la técnica de danza moderna que se había convertido en la marca registrada de Graham.

Ante la insistencia de su madre, Betty dejó la compañía Graham y regresó a vivir a Grand Rapids, donde trabajó como asesora de moda y enseñó danza a niños discapacitados. En 1942 conoció y se casó con William Warren. Los detalles del matrimonio son confusos, ya que Betty insistió más tarde en que podía recordar muy poco al respecto. Después de cinco años ella se divorció de él.

Poco después de su divorcio, Betty conoció a Gerald R. Ford, un abogado local y socio del bufete de abogados Butterfield, Keeney y Amberg. Gerald y Betty se comprometieron en febrero de 1948, pero retrasaron la ceremonia para que pudiera dedicar más tiempo a su campaña por un escaño en la Cámara de Representantes. Llegó a la boda el 15 de octubre de 1948, después de una mañana de saludar a los votantes. Su victoria en noviembre envió a la joven pareja a Washington, D.C., donde vivieron durante las siguientes tres décadas. De 1950 a 1957 Betty dio a luz a cuatro hijos, tres varones y una hija.

Debido a que Gerald estaba ausente haciendo campaña o hablando con grupos republicanos la mayor parte del tiempo, las responsabilidades de la crianza de los hijos recaían principalmente en Betty. A veces bromeaba diciendo que el automóvil de la familia iba a la sala de emergencias con tanta frecuencia que podía hacer el viaje por sí solo. A mediados de la década de 1960, cuando desarrolló un nervio pinzado y artritis espinal, los médicos le recetaron analgésicos, a los que se volvió adicta, como admitió más tarde. Su propia incomodidad física, combinada con el estrés de criar niños pequeños, la impulsó a buscar tratamiento psiquiátrico, que luego describió como de enorme ayuda.

Su vida como la discreta esposa de un congresista terminó en octubre de 1973 cuando el vicepresidente Spiro Agnew renunció y el presidente Richard Nixon nombró a Gerald Ford para el cargo, la primera vez que la 25a Enmienda a la Constitución de los Estados Unidos, que permitió al presidente llenar una vacante. en el cargo de vicepresidente (sujeto a confirmación por mayoría de votos de ambas cámaras del Congreso), fue invocado. El 9 de agosto de 1974, después de que Nixon renunciara por su participación en el asunto Watergate, Gerald se convirtió en el primer presidente que nunca había sido elegido presidente o vicepresidente.

Betty siempre tuvo una reputación de franqueza, pero luego dijo que las circunstancias en las que se convirtió en primera dama subrayaron esa predilección. Ella entendió que, a raíz de Watergate, los estadounidenses exigían más honestidad de sus funcionarios públicos. Su compromiso con la apertura pronto se puso a prueba. El 28 de septiembre de 1974, pocas semanas después de que se mudara a la Casa Blanca, sus médicos le practicaron una mastectomía y le extirparon la cancerosa mama derecha. Las esposas de presidentes anteriores habían ocultado sus enfermedades, especialmente las propias de las mujeres, pero ella y su esposo decidieron revelar los hechos. Conmovidas por su ejemplo, las mujeres de todo el país acudieron a sus médicos para hacerse exámenes. Betty dijo que fue entonces cuando reconoció el enorme poder de la primera dama para marcar la diferencia. Aunque siguió la quimioterapia, continuó desempeñando sus funciones como primera dama.

Betty a veces decía que admiraba a Bess Truman por su estilo realista ya Eleanor Roosevelt por su independencia, y buscaba emular a ambos. Solo unos días después de mudarse a la Casa Blanca, se reunió con los periodistas y los sorprendió al anunciar que algunas de sus opiniones, incluido su apoyo a Hueva v. Vadear, la decisión de la Corte Suprema que legalizó el aborto, se parecía más a las de los republicanos liberales que a las de su esposo. También apoyó enérgicamente la Enmienda de Igualdad de Derechos (ERA), que luego fue ratificada en varias legislaturas estatales, presionando a representantes indecisos en llamadas telefónicas y reuniones. Sin embargo, la enmienda fracasó cuando el número requerido de estados no la ratificó en el tiempo asignado. Sus críticos objetaron que no debería haber intervenido, aunque sus partidarios elogiaron su participación.

Betty ganó la atención nacional por su aparición en el programa de noticias de televisión. 60 minutos en agosto de 1975. Cuando se le preguntó acerca de sus opiniones sobre el sexo prematrimonial, dijo que no le sorprendería saber que su hija de 18 años había tenido una aventura. Dijo que, como madre, aconsejaría a su hija y trataría de averiguar algo sobre el "joven". Cuando se emitió el programa, los medios impresos la citaron fuera de contexto, lo que la hizo sonar bastante diferente a como lo hizo en la entrevista. Gerald dijo que, cuando vio el programa, calculó que le costaría 10 millones de votos, pero duplicó el daño cuando leyó la versión impresa. Sin embargo, su pesimismo fue injustificado. La popularidad de Betty se disparó y Tiempo más tarde la revista la nombró Mujer del año. Aparecieron botones que promovieron su candidatura para el cargo nacional, aunque ella no dio apoyo a tales esfuerzos.

Después de que Gerald Ford perdió por poco la elección de 1976 ante Jimmy Carter, los Ford se retiraron a Rancho Mirage, California, donde continuó la dependencia de Betty de los medicamentos recetados. A principios de 1978, bajo la presión de su familia, accedió a ingresar a un centro de tratamiento en Long Beach. Después de su tratamiento exitoso allí, cofundó el Betty Ford Center en 1982 para ayudar a tratar a otras personas con adicciones similares y presidió la junta directiva hasta 2005. El centro se hizo popular y atrajo a clientes de todos los ámbitos de la vida. En 1991, el presidente de los Estados Unidos, George H.W., le otorgó la Medalla Presidencial de la Libertad. Bush por sus esfuerzos para promover la conciencia pública y el tratamiento de la adicción al alcohol y las drogas, ella y Gerald Ford recibieron una Medalla de Oro del Congreso en 1999.

Su vida fue narrada en la película de 1987 hecha para televisión. La historia de Betty Ford. Ella publicó dos libros, Betty: un despertar alegre (1987) y Sanación y esperanza: seis mujeres del Betty Ford Center comparten sus poderosos viajes de adicción y recuperación (2003). Aunque gran parte de su vida era tradicional, Betty Ford compiló un récord notablemente independiente como primera dama y se hizo enormemente popular por su honestidad y franqueza.


Betty Ford, bailarina

Betty Ford era conocida como una activista vivaz por los derechos de las mujeres. Lo que muchos no saben es que ella también era una talentosa bailarina moderna.

Nacida como Elizabeth Bloomer, la futura Primera Dama siempre supo que quería ser bailarina. A los 8 años, Betty comenzó a tomar clases de ballet clásico en su ciudad natal de Grand Rapids, Michigan.

Cuando tenía 12 años, había comenzado a dar clases de baile a estudiantes más jóvenes y a modelar ropa, en parte para ayudar a mantener a su familia durante la Depresión.

Conoció a la coreógrafa de danza moderna Martha Graham unos años más tarde, lo que despertó su interés por la danza moderna. En 1992, le dijo al periódico Desert Sun de Palm Springs, California, “Yo era una mujer joven, tal vez de 16 años. Fui a un concierto que estaba haciendo en Ann Arbor, Michigan, y una vez que vi a Martha en concierto con su grupo en Ann Arbor, toda mi idea de la danza cambió. Tenía un gran atractivo para mí, ya sea por la libertad de movimiento [o] la energía que traía el grupo ".

El director de la compañía de baile de la señorita Bloomer le pidió que hablara con Graham. Cuando Bloomer le dijo a Graham que le gustaría bailar con la compañía de Graham, el coreógrafo respondió: "Nos encantaría tenerte".

Después de graduarse de la escuela secundaria en 1936, Bloomer asistió a la Escuela de Danza Bennington en Vermont. Allí, estudió con varios coreógrafos de danza moderna, incluidos Graham, Louis Horst, Doris Humphrey y Charles Weidman.

Bloomer finalmente pasó a bailar con la compañía de Graham en Nueva York como "suplente o auxiliar cuando necesitaba más gente". En 1938 actuó en el Carnegie Hall.

En la Casa Blanca, Betty Ford no solo fue una defensora de la igualdad de derechos, sino también de las artes. En 1976, convenció al presidente Ford de honrar la danza moderna al otorgarle a Martha Graham una Medalla de la Libertad en una gran recepción y actuación.

Continuó bailando durante toda su vida.

Obtenga más información sobre la Primera Dama Ford visitando el sitio web de la Biblioteca Presidencial de Ford. Y Para obtener más información sobre Betty Ford 100, visite la página de Bibliotecas Presidenciales.


Betty Ford

En 25 años de vida política, Betty Bloomer Ford no esperaba convertirse en primera dama. Como esposa del Representante Gerald R. Ford, esperaba ansiosa su jubilación y más tiempo juntos. A finales de 1973, su elección como vicepresidente fue una sorpresa para ella. Ella apenas se estaba acostumbrando a sus nuevos roles cuando él asumió la presidencia tras la renuncia del presidente Nixon en agosto de 1974.

Nacida como Elizabeth Anne Bloomer en Chicago, creció en Grand Rapids, Michigan, y se graduó de la escuela secundaria allí. Estudió danza moderna en Bennington College en Vermont, decidió convertirla en una carrera y se convirtió en miembro del destacado grupo de conciertos de Martha Graham en la ciudad de Nueva York, donde se mantuvo como modelo de moda para la firma John Robert Powers.

Los estrechos vínculos con su familia y su ciudad natal la llevaron de regreso a Grand Rapids, donde se convirtió en coordinadora de moda de una tienda por departamentos. También organizó su propio grupo de danza y enseñó danza a niños discapacitados.

Su primer matrimonio, a los 24 años, terminó en divorcio cinco años después por incompatibilidad. Poco tiempo después comenzó a salir con Jerry Ford, héroe del fútbol, ​​graduado de la Facultad de Derecho de la Universidad de Michigan y Yale, y pronto candidato al Congreso. Se casaron durante la campaña de 1948, ganó la elección y los Ford vivieron en el área de Washington durante casi tres décadas a partir de entonces.

Sus cuatro hijos, Michael, Jack, Steven y Susan, nacieron en los siguientes 10 años. A medida que la carrera política de su esposo se volvió más exigente, Betty Ford se encontró asumiendo muchas de las responsabilidades familiares. Supervisó el hogar, hizo la cocina, realizó trabajo voluntario y participó en las actividades de “House wives” y “Senate wives” para clubes del Congreso y Republicanos. Además, fue una eficaz defensora de su marido.

Betty Ford afrontó su nueva vida como primera dama con dignidad y serenidad. Ella lo aceptó como un desafío. “Me gustan mucho los desafíos”, dijo. Tenía la confianza en sí misma para expresarse con humor y franqueza, ya fuera hablando con amigos o con el público. Obligada a someterse a una cirugía radical por cáncer de mama en 1974, tranquilizó a muchas mujeres con problemas al hablar abiertamente de su terrible experiencia. Explicó que "tal vez si yo, como primera dama, pudiera hablar de ello con franqueza y sin vergüenza, muchas otras personas también podrían hacerlo". Tan pronto como fue posible, retomó sus funciones como anfitriona en la Mansión Ejecutiva y su papel como ciudadano de espíritu público. No dudó en expresar sus puntos de vista sobre temas controvertidos como la Enmienda de Igualdad de Derechos, que apoyó firmemente.

Desde su hogar en California, ella fue igualmente franca sobre su exitosa batalla contra la dependencia de las drogas y el alcohol. Ayudó a establecer el Centro Betty Ford para el tratamiento de adicciones en el Centro Médico Eisenhower en Rancho Mirage.

En retrospectiva, Betty describió el papel de la primera dama como "mucho más de un trabajo de 24 horas de lo que cualquiera podría imaginar" y dice de sus predecesores: "Ahora que me doy cuenta de lo que han tenido que aguantar, tengo un nuevo respeto y admiración por cada uno de ellos ". Betty Ford murió en 2011 a la edad de 93 años y está enterrada junto a su esposo en el Museo Presidencial Gerald R. Ford en Grand Rapids, Michigan.


5 cosas que no sabías sobre Betty Ford

Era un sábado de 1978. Ni siquiera dos años antes, Betty Ford vivía en la Casa Blanca, defendiendo el título de primera dama. Ahora su esposo, el ex presidente Gerald Ford, cuatro hijos y médicos se reunieron en su sala de estar de California para entregar noticias que ella no quería escuchar o creer.

Uno por uno, sus seres queridos la confrontaron sobre sus problemas de abuso de sustancias. Jack compartió cómo nunca quiso traer amigos a casa, por miedo a la "forma" en la que estaba mamá. Susan le contó cómo solía admirar el baile de su madre, pero ahora siempre estaba "enamorada y torpe". Luego, con 19 años, organizó toda la intervención.

“Queremos que escuches, porque te amamos”, le dijo Gerald Ford a su esposa.

"Mi maquillaje no estaba manchado, no estaba despeinado, me comporté cortésmente y nunca me terminé una botella, entonces, ¿cómo podría ser un alcohólico?" pensó.

La autora Claudia Kalb describe la lucha de Betty Ford durante décadas con el alcoholismo y el abuso de medicamentos recetados en "Andy Warhol Was a Hoarder: Inside the Minds of History's Great Personalities" (National Geographic, 2016). El bestseller del New York Times analiza a 12 personajes históricos de alto perfil y su salud mental.

Algunos, como Ford, fueron francos sobre sus condiciones. Otros tenían síntomas que, según los expertos en salud mental, podrían haber sido diagnosticados hoy, incluidos Albert Einstein, que exhibía comportamientos asociados con el autismo, y George Gershwin, cuya energía ilimitada podría haberse asociado con el trastorno por déficit de atención con hiperactividad.

Kalb, un ex escritor senior de Newsweek, dará una charla en la feria anual del libro del Centro Comunitario Judío de Detroit Metropolitano a las 11 a.m. del lunes sobre la evolución y el tratamiento de las condiciones de salud mental y cómo afectan a los demás.

"Mi objetivo principal era abordar el problema del estigma a través de la narración y hacer saber a la gente que nadie es inmune", dice Kalb sobre la escritura del libro.

En una entrevista telefónica desde el área de Washington, D.C., donde reside, Kalb dice que Ford es solo un ejemplo. Aunque ella siempre ejemplificó el “encanto y la honestidad del Medio Oeste” y abogó por otras pacientes con cáncer de mama después de su diagnóstico, la primera dama luchó con problemas de autoestima y soledad cuando su esposo no estaba trabajando.

“La recordamos como realmente fuerte, valiente y llena de confianza, pero no estaba tan segura de sí misma cuando estaba en esos primeros días de la vida política en Washington. . Realmente sufrió inseguridades y sentimientos de baja autoestima en ese momento, y las drogas y el alcohol jugaron con esa vulnerabilidad ”, dice Kalb.

Ford comenzó a tomar medicamentos recetados, originalmente para tratar un nervio pinzado. Odiaba "sentirse lisiada", por lo que tomaba más drogas, hasta el punto en que tomaba hasta 25 pastillas al día y "el alcohol se convirtió en un elixir relajante", escribe Kalb en el capítulo.

"Tenía una colección gourmet de medicamentos; me receté un poco si una pastilla es buena, dos deben ser mejores, y cuando agregué vodka a la mezcla, me mudé a un lugar maravilloso y difuso donde todo estaba bien, podía hacer frente ”, recordó Ford.

Kalb dice que eligió destacar a Ford, por encima de innumerables celebridades que han luchado con adicciones, porque el nativo de Grand Rapids es, en muchos sentidos, más identificable y "de la gente".

“Cuando crecía en Michigan, trabajaba en una tienda departamental, pasaba tiempo con amigos y se casó”, dice Kalb, “Era como muchas personas abriéndose camino en la vida, y cuando comenzó a luchar con adicción, pasó a acompañarla en el viaje a la primera dama con su esposo ".

Betty Ford murió en 2011 a los 93 años, tras superar sus adicciones y fundar el Betty Ford Center en 1982 para ayudar a otros adictos a recuperarse. Kalb comparte algunas cosas que quizás no sepa sobre la 38a primera dama, que aprendió durante su investigación para el libro.

Betty Ford se formó con la bailarina y coreógrafa Martha Graham

En la Escuela de Danza Bennington en Vermont, Ford (entonces Elizabeth Ann Bloomer) conoció a la legendaria bailarina moderna Martha Graham. Luego estudió con ella en la ciudad de Nueva York y actuó en espectáculos en el Carnegie Hall. Pero Graham fue estricto, dice Kalb, y reprendió a Ford, un socializador, por no prestar toda su atención al baile. Mientras tanto, su madre, Hortense Bloomer, al ver que los amigos de su hija se casan y se establecen con sus maridos en Grand Rapids, pidió su regreso. "Su madre comenzó a suplicarle que regresara a casa", dice Kalb, "y finalmente, su madre ganó".

Betty Ford estuvo casada con un hombre antes que Gerald Ford

Su nombre era William Warren, y le invitó a Betty a su primer baile escolar a los 12 años. "Se casó con él pensando que sería una buena pareja, un chico de Michigan", dice Kalb. Pero no funcionó. Warren estaba en el negocio de los seguros y le gustaba más salir con sus amigos que con ella. Después de cinco años de matrimonio, Ford solicitó el divorcio. Luego se casó con Gerald Ford en Grand Rapids en 1948. "Gerald Ford no parecía tener ningún problema con eso", dice Kalb, "a pesar de ser una época en la que el divorcio era mucho menos frecuente, tal vez porque los propios padres de Ford se habían divorciado cuando era un bebé ". Después de que Ford se convirtió en vicepresidenta, un reportero de la revista People le preguntó por qué nunca habló sobre el divorcio. Su respuesta: "Bueno, nadie me preguntó nunca".

Ford necesitó otra paciente de rehabilitación para admitir que tenía un problema

“Aquí apenas había salido de la Casa Blanca, el título de primera dama apenas había desaparecido y se encuentra en rehabilitación con personas que luchan contra la adicción”, dice Kalb. "Fue muy difícil para ella aceptar". Cuando Ford fue a rehabilitación, alrededor de su 60 cumpleaños, inicialmente admitió haber abusado de medicamentos recetados, pero no alcoholismo. "Ella podía admitir los medicamentos porque le habían sido recetados con un propósito médico, y no tenía el mismo estigma de 'estás bebiendo demasiado y tomando una mala decisión'", dice Kalb. Fue la negación de otra paciente, que dijo que su bebida no le causaba ningún sufrimiento a su familia, lo que influyó en Ford para admitir que tenía un problema con la bebida. “De repente me puse de pie y dije: 'Soy Betty, soy alcohólica y sé que mi forma de beber ha perjudicado a mi familia'”, recordó. “Porque pensé, por Dios, que si ella no tiene el valor de decirlo, lo haré. Me sorprendió escucharme a mí mismo y, sin embargo, fue un alivio ".

Ford convenció a Mary Tyler Moore de regresar a rehabilitación

Cuando los pacientes amenazaron con dejar el Betty Ford Center, ella se abalanzó y los convenció de que se quedaran, dice Kalb. Ese fue el caso de la actriz Mary Tyler Moore, quien se registró en las instalaciones en 1984 para ser tratada por dependencia del alcohol. Moore tuvo una reacción similar a la primera dama cuando llegó a rehabilitación. "Ella no quería estar allí en absoluto", dice Kalb. Moore felt she was above the mundane tasks of cleaning and abiding rules. So she snuck out in a taxi to a Marriott. The next morning, Ford gave her a ring. “That phone call saved my life,” Moore wrote in her memoir “After All.” “I returned on my knees, pleading for reentry.”

Ford didn’t want her name on the rehabilitation center

“She didn’t want the center to be about her. She wanted it to be about recovery,” Kalb says. But she was convinced otherwise. In a 2002 NPR interview, Gerald Ford said it was “fortuitous” that the center included her name. “It had a certain attractiveness to people who needed help,” he said. Decades later, over 90,000 people — from actress Elizabeth Taylor, singer Johnny Cash and actress Drew Barrymore, to parents who want to sober up for their families — have sought treatment at the facility.

“The Betty Ford Center, everybody knows that name,” Kalb says, and having “Betty Ford” in the title is, in part, why it’s so significant.

“It indicates that anybody can have a problem with addiction, even somebody as high level as the first lady,” she says. “It reinforces the reality that you’re not alone — Betty Ford has been there, too. She really struggled, she got through it and she turned her own experience around to save lives.”


The Partnership of Betty and Gerald Ford

Yanek Mieczkowski is Professor of History at Dowling College in New York. The author of The Routledge Historical Atlas of Presidential Elections (2001) and Gerald Ford and the Challenges of the 1970s (2005), he is finishing a new book, The Great Cold War Moment: Eisenhower, Sputnik, and the Race for Space and World Prestige.

In February 1948, Gerald Ford, then a Grand Rapids lawyer, told Betty Bloomer, the fashion designer he was dating, “I’d like to marry you, but we can’t get married until next fall and I can’t tell you why.” Those cryptic words began a partnership that spanned nearly sixty years. At its core was their love, but it also represented a political bond that lasted a quarter century on Capitol Hill and transformed the White House during their 895 days as First Couple.

What Ford could not divulge to Betty in 1948 was his plan to run for Michigan’s Fifth District congressional seat. That fall his life changed dramatically. In October he married Betty, and the next month he won a seat in Congress, marking the first of thirteen consecutive terms.

Ford’s marriage to Betty coincided with the start of his political career, and she became not just a housewife but a “House wife,” as the harried spouses of congressmen were called. During Ford’s first campaign, she already tasted the sacrifices of political life. On their wedding day, Ford showed up late, his shoes muddied from campaigning on a farm. Betty joked that if she had to wait longer, she would have run off with the best man.

She showed the same good nature as the tandem demands of family life and Ford’s career increased. The couple had four children—Mike, Jack, Steve, and Susan—and when Ford worked even on Saturdays, his family often accompanied him to his office, with Betty reading and the children frolicking in Capitol Hill’s Statuary Hall (where in May 2011 a new statue of Gerald Ford was unveiled).

In 1965, when Ford became House minority leader, his responsibilities multiplied. With her husband traveling two hundred days a year on speaking engagements, Betty became a political widow, often left alone to raise a family. Ford admitted, “She has been not only a mother to the children, but in many respects, a father as well.” Betty handled the dual roles with equanimity and her trademark humor. One morning, when she awoke to find her husband lying next to her, she asked, “What are you doing here?”

In 1974, when Ford became president following Richard Nixon’s resignation, he paid tribute to Betty in his inaugural address, saying, “I am indebted to no man, and only to one woman—my dear wife—as I begin this very difficult job.”

Betty’s personality helped to define the new administration. Ford strove to establish an “open” White House, freed from Nixon’s bunker mentality. He granted frequent interviews and invited members of Congress from both parties to the Oval Office. Betty did her part. After learning that Nixon’s White House staff had received instructions to be silent and inconspicuous, she urged them to chat freely with the First Family. She was pleased once to see the White House butler comparing golf scores with the president.

At a time when Americans felt the aftereffects of the often combative, truculent leadership styles of Nixon and Lyndon Johnson, Betty reduced the White House’s imperial overtones. In the Oval Office, where Nixon had an imposing-looking bald eagle staring out from a cold blue rug, Betty had a warm, yellow rug installed. She complained that the military battle scenes on the dining room wallpaper were grim soon, yellow paint replaced them.

Reducing the regal hue of the White House had a functional purpose, too. A dominant issue of mid-1970s America was high inflation, and reducing it was one of Gerald Ford’s foremost goals—and his notable legacy—as president. Betty tried to focus attention on this scourge by stressing simplicity, which fit her husband’s down-to-earth nature. The White House Christmas tree was simple, with “no tinsel, no sequins,” as she requested, and she sometimes asked the chef to prepare no-frills meals for her family, such as tuna casseroles. Yet in adding these modest touches, she still maintained the presidency’s majesty. As Secretary of State Henry Kissinger’s wife Nancy praised her, “Betty is uniquely able to create an atmosphere of warmth and relaxation without losing the dignity of the occasion—and that’s a hard balance to hit.”

Betty made other substantive contributions to Ford’s presidency on the era’s important issues. After South Vietnam collapsed in 1975, a flood of refugees entered the U.S ., prompting xenophobic protests that the Fords considered shameful and un-American. To demonstrate a more humane spirit toward the newcomers, Betty visited a South Vietnamese refugee center at Camp Pendleton, California.

As many First Ladies have, Betty championed special causes. Having once taught children dance in Grand Rapids, she supported federal arts funding and projects for deaf and handicapped children. Since she studied dance under Martha Graham and called her “the first lady of dance,” Betty lobbied hard to see that Graham receive a Presidential Medal of Freedom, the nation’s highest civilian award.

Ford valued his wife’s political instincts, and Betty liked to engage in “pillow talk,” badgering the president on issues just before bedtime, when he was tired and likely to give in. One priority was female appointments to the executive branch and Supreme Court, and she proudly pointed to Housing and Urban Development Secretary Carla Hills and Anne Armstrong, the ambassador to Britain. Had she been more persistent with her husband, she said, the first woman on the Supreme Court might have come during the Ford presidency.

That sort of candor won Betty the greatest attention. She took liberal positions on many social issues, favoring the Equal Rights Amendment, gun control, and abortion rights. During a 1975 interview on “60 Minutes,” she praised Roe v. Wade, the 1973 Supreme Court ruling that legalized abortion, as a “great, great decision,” words that elicited outrage from conservatives. The angry reaction, she later recalled, “terrified me. I was afraid I might have become a real political liability to Jerry.” Gearing up to run for a full term in 1976, Ford threw a pillow at her in mock anger when they watched the program together. He said that when he first heard about her remarks, he thought he’d lose ten million votes. “Then when I read about it,” he quipped, “I raised that to twenty million.”

A health scare one month into the Ford presidency also put Betty’s candor on view, when she was diagnosed with breast cancer and underwent a mastectomy. The frank disclosure of her illness prompted thousands of women nationwide to undergo breast cancer screenings and led to a spike in donations to the American Cancer Society. Among those women who sought an examination was Happy Rockefeller, wife of Vice President Nelson Rockefeller, who learned she, too, had breast cancer and received treatment for it she credited Betty with saving her life.

Betty recovered from cancer and loved being First Lady. She actually got to see more of her husband than while he was a congressman, and she had the White House staff to cook and tend house for her, luxuries she never enjoyed as a congressional spouse. She especially enjoyed communing with average Americans, writing, “I loved it when we’d ride down the streets in a motorcade and people would yell, ‘Hi, Betty’….Those people identified with me, they knew I was no different from them, it was just that fate had put me in this situation.”

By 1976, polls showed Betty was the most popular First Lady since Eleanor Roosevelt, prompting Ford to say she should travel the country to boost his own approval ratings. She campaigned gamely for him in the presidential race, even communicating by means of the 1970s fad, citizens’ band radio, using the handle “First Momma.” After her husband lost the election by two percentage points to Jimmy Carter, the couple retired to Rancho Mirage, California, where the desert warmth eased the pain of her arthritis.

But her candor and public crusades were not over. Beginning in the 1960s , Betty had turned to drugs and alcohol to seek relief from pain and loneliness, and her dependency alarmed family members. In 1978, they staged an intervention, urging her to seek help, and she checked into the Long Beach Naval Hospital for treatment. In 1982, her battle against chemical dependence inspired her to found the Betty Ford Center, which remains one of her lasting legacies, where 90,000 patients have sought aid in ridding themselves of drug and alcohol addictions.

Like all married couples, the Fords had their idiosyncrasies and tripwires for irritation. Betty was chronically late for important appearances, which annoyed her husband. Once, when he had an evening political function scheduled for 7:30, he told her the event was at 6:30. The stratagem worked: Betty was ready at 6:55, and a relieved Ford said, “For once we’ll be on time.” On January 20, 1977, the Fords’ last morning at the White House, Jimmy and Rosalynn Carter were to arrive at exactly 10:30 for the traditional pre-inaugural coffee. Betty was running late, giving warm embraces and farewells to the White House staff. Ford boomed out, “Let’s go, Betty! You can’t be late this time!”

Through it all, Gerald and Betty remained a devoted couple, supporting each other steadfastly. In late 2006, as Ford’s health deteriorated, his study at their Rancho Mirage home became, in effect, a hospital room. Although bedridden and frail, he still brightened when Betty walked into the room.

Decades earlier, as newlyweds, Betty had given Ford a lighter inscribed, “To the light of my life.” To the end, the partnership between Betty and Gerald Ford remained the light of their lives. In the mid-1970s , by working together, they also made the White House a lighter, more cheerful place when Americans needed just that.


The History of First Ladies’ Memoirs

The release this week of Michelle Obama’s memoir, Becoming, in which the former First Lady shares her personal stories, including some from her time in the White House, continues a decades-long tradition. Beginning with Betty Ford in 1978, the six First Ladies who preceded Obama each published their own unique versions of an autobiography sometime during their first few years out of office.

These offerings grant American citizens unrivaled access to the human lives inside the country’s highest office, often in ways more genuine and compelling than other histories or biographies on their husbands. What unites the books are that these impressive women unveil personal challenges and political motivations, all while writing American history from inside the White House.

“When First Ladies are liberated from their public role and can operate much more as a private citizen, they simply have more scope for what they talk about and how they can behave,” says Lisa Kathleen Graddy, a curator of political history at the Smithsonian’s National Museum of American History. “They’re not representing, at all times, the United States of America.”

Nellie Taft, the smoking, prohibition-hating, car driving and suffragist-supporting wife of President William Howard Taft was the first First Lady to publish a memoir during her lifetime. En Recollections of Full Years, Taft shared her pride at becoming the first First Lady to ride alongside her husband down Pennsylvania Avenue on the day of his inauguration. She wrote, “perhaps I had a little secret elation in thinking I was doing something which no woman had ever done before.” In total, 11 of America’s 42 official First Ladies, not including those whose personal correspondence was published following their deaths, have authored personal memoirs during their lifetime, often outselling their husbands.

“First ladies still tend to be more mysterious than the presidents,” Graddy says. “We’re always hoping once the First Lady is out of office she’s going to let us in a little more.”

Here’s a taste of the most fascinating and honest stories from these memoirs:

United States First Lady Michelle Obama with former First Ladies Laura Bush, Hillary Clinton, Barbara Bush, and Rosalynn Carter. (White House/Lawrence Jackson)

Becoming

As First Lady of the United States of America—the first African American to serve in that role—Michelle Obama helped create the most welcoming and inclusive White House in history.

Michelle Obama’s Word for Women on Fertility

En Becoming, Michelle for the first time shares the difficulty she and President Obama faced conceiving their two daughters, Malia and Sasha. Michelle writes candidly about the failure she felt following a miscarriage and her discomfort with self-administering IVF shots while Barack was off at work as a state legislator. As Michelle told ABC’s Robin Roberts, “I think it's the worst thing that we do to each other as women, not share the truth about our bodies and how they work, and how they don’t work.”

Spoken from the Heart

In this brave, beautiful, and deeply personal memoir, Laura Bush, one of our most beloved and private first ladies, tells her own extraordinary story.

Laura Bush’s Car Accident Confession

The 2010 autobiography Spoken From the Heart by Laura Bush revealed more detail about her involvement in a tragic car accident. On November 6, 1963, two days after her 17th birthday, Bush and her friend Judy made plans to head over to the local drive-in theater. Bush, driving her father’s Chevy Impala, became distracted as she spoke with her friend. She drove through an unnoticed stop sign and crashed into the less sturdy car of classmate and close friend, Mike Douglas. He was killed, and for years Laura Bush was wracked with guilt. In the memoir, Bush writes about how that tragedy uprooted her life-long faith, something that took years to gain back.

Living History

Hillary Rodham Clinton is known to hundreds of millions of people around the world. Yet few beyond her close friends and family have ever heard her account of her extraordinary journey.

Hillary Clinton and Chinese Censorship

“If there be one message that echoes forth from this conference, let it be that human rights are women’s rights and women’s rights are human rights once and for all,” Hillary Clinton told an appreciative crowd at the September 1995 Fourth Women’s Conference in Beijing. Throughout that same speech, Clinton threw jab after jab at the Chinese government for their policies that discriminated against women and girls. The Chinese government blocked the broadcast.

To date, Clinton has written three memoirs. Her first, Living History, published in 2003, caused mass uproar in China. In the officially licensed Chinese edition of Living History, nearly all of Clinton’s disapproving references to the country were cut or otherwise cleansed of any biting criticism. Clinton’s 2014 memoir Hard Choices on her time as Secretary of State includes similarly negative opinions of China. As Hillary’s U.S. publisher put it Hard Choices is “effectively banned” by the People’s Republic.

Barbara Bush: A Memoir

Former First Lady Barbara Bush recounts the exciting and often poignant events in her life, from her secret engagement to George Bush, to the loss of her three-year-old daughter to leukemia, to daily life at 1600 Pennsylvania Avenue.

Barbara Bush on her Mental Health and Abortion Policy

In her eponymous memoir, Barbara Bush wrote candidly about her battle with mental health and personal political opinions. She shared that her bouts with depression in the 1970s would push her to park on the highway’s shoulder, terrified she would purposefully put herself in harm’s way. At the time, she sought no medication and no help, beside from her husband, President George H.W. Arbusto. Barbara wrote “I almost wonder why he didn’t leave me.”

In a noticeable departure from her husband’s abortion policies, Barbara wrote “let me say again. I hate abortions, but just could not make that choice for anybody else.”

“First ladies tend to stay in line with the administration, they bolster the administration,” Graddy says. “Everyone is always wondering if that’s what they’re really thinking. So, when you get a glimpse at something that says that it wasn’t, it’s interesting.”

First Ladies Lady Bird Johnson, Nancy Reagan, Pat Nixon, Barbara Bush, Rosalynn Carter and Betty Ford (©Diana Walker/gift of Diana Walker, NMAH)

My Turn: The Memoirs of Nancy Reagan

Former First Lady Nancy Reagan discusses her life, the Reagan administration, her shaky relationship with her children and key White House personnel, her husband’s involvement in the Iran-Contra affair, and her bout with cancer.

Nancy Reagan’s Vindication

Sally Quinn of the Washington Post wrote in 1989 that, “First Lady books should be primarily anthropological. They don't need to be literary, historical or political, although that would be fine too. What they should tell you is what it's like to live in the White House, what it's like to be First Lady. If that is the case then Nancy Reagan has failed: My Turn tells you what it's like to be Nancy Reagan.”

And, being Nancy Reagan was not always, or even often, pretty.

My Turn, Reagan’s 1989 memoir, was met with little to no fanfare. Nearly every reviewer was turned off by the unapologetic anger and frustration Reagan openly vented. Chief amongst Nancy’s targets was Donald T. Regan, her husband’s Treasury Secretary. One critic went so far as to say My Turn is, “in fact, a book with nothing to commend it.” In addition to going after critics, in the book Reagan defended her fondness for astrology and addressed the assassination attempt against her husband. She wrote that while the near fatal gun-shot wound had no effect on Mr. Reagan’s gun policy it left her “not sure” she agreed with him.

First Lady from Plains

"What ought to be a continuing legacy is Rosalynn's Carter's success in breaking new ground as a First Lady, without uprooting the traditions of the past." --Minneapolis Tribune

Rosalynn Carter’s Unapologetic Influence

As First Lady, Rosalynn Carter viewed herself as a political partner and equal to her husband, President Jimmy Carter. She took more than 200 pages of personal notes at the Camp David summit, which brokered a peace agreement between Egypt and Israel and garnered the President the Nobel Peace Prize. In her 1984 memoir, First Lady from Plains, Rosalynn explains how history would have been different had Jimmy only listened to her advice and reconsidered the 1980 grain embargo against the U.S.S.R, a policy that devastated American agriculturalists and likely contributed to Carter’s failed second-term bid. The American public and press had been critical of Rosalynn’s direct influence on her husband’s policy, yet in her memoir Rosalynn gave no indication that she cared.

Betty Ford the Times of My Life

"The Times of My Life" is Betty Ford's memoir of life, with all its successes and failures, joys and heartaches.

Betty Ford on Addiction

During her tenure as First Lady, Betty Ford was known to be unapologetic. In 1975, during an interview with CBS’s Morley Safer, Ford spoke openly about her pro-choice political stance, her time seeing a psychiatrist and whether she would or would not try marijuana. Protestors took to the streets, calling her “No Lady.” Yet, soon public opinion flipped as Americans began praising her breath-of-fresh-air honesty, particular in regards to the mastectomy she underwent a year prior. Betty’s memoir The Times of My Life was as telling, raw and engaging as expected.

“When she was out of office, Ford was very forthcoming about her battle with prescription drugs,” Graddy says. En The Times of My Life, Mrs. Ford details the intervention her family held in 1978 to help curb her dependence on pills and alcohol.

“Not being in that public eye in the same way anymore, not being official,”Graddy says, “gave her a freedom to talk about things like that.” The Times of My Life was meet with esteem. Betty followed it up with two more memoirs.

Lady Bird Johnson, A White House Diary (Autographed Copy)

"A White House Diary" is Lady Bird Johnson's intimate, behind-the-scenes account of Lyndon Johnson's presidency from November 22, 1963, to January 20, 1969.

Lady Bird Johnson and JFK’s Assassination

“It all began so beautifully,” reads Lady Bird Johnson’s diary entry from the November 22, 1963, the day of the assassination of President John F. Kennedy. The words open her memoir, A White House Diary, and before you could turn the first page, the shots ring out. “I cast one last look over my shoulder and saw in the President’s car a bundle of pink, just like a drift of blossoms, lying on the back seat. It was Mrs. Kennedy lying over the President’s body,” she wrote. Just a few hours later, she would become the First Lady.

In the same entry, Johnson recalls Jackie Kennedy’s famous words, “I want them to see what they have done to Jack.” In later entries, she takes the reader inside the silent limousine ride to President Kennedy’s funeral, where she and now-President Lyndon Johnson sat beside Attorney General Bobby Kennedy, Jackie Kennedy and her children. Mrs. Johnson wrote, “the feeling persisted that I was moving, step by step, through a Greek tragedy.”

Jackie Kennedy never authored a memoir, neither did Lyndon B. Johnson or Bobby Kennedy, Lady Bird’s diaries of the assassination’s aftermath offered reader’s the earliest and most riveting retelling published in print.

About Bianca Sánchez

Bianca Sánchez is an editorial intern at Smithsonian magazine, as well as a senior at Northwestern University, where she studies Journalism, Latino and Latina studies and Political Science.


Betty Ford

Many of Betty Ford’s Grand Rapids friends-men and women in the generation who lived through the depression years as children and young teenagers and later were involved in World War II- think of her fondly as an attractive and vital woman, and they recall her early years in Grand Rapids with her many friends and activities.

She attended Central High School, one of those excellent Midwestern high schools with the kind of demanding faculty one remembers for a lifetime. As her autobiography, The Times of My Life, points out, she enjoyed learning and those high school years were happy ones.

At the time of life when many young people are still wondering which path to take, Betty Ford knew exactly what she wanted to do: her goal was to become a professional dancer. Later she studied with Martha Graham in New York and became a member of the Martha Graham dance troupe. On the home front she occasionally assisted a dynamic dancing teacher, Calla Travis, who instructed young women and men in what was then called “social dancing”. As Calla Travis’s pupils stumbled self-consciously through the approved dance steps, the waltz and the fox trot, little did they dream that the young woman who demonstrated the dance steps so gracefully was to become the First Lady of the 38th President of the United States and was to be recognized by the whole world for her own accomplishments.

In more recent years, widely known for her broad civic interests, Betty Ford was honored by the Michigan Hall of Fame in 1987 with the following commendation:

As the wife of Michigan Congressman (later Minority Leader, Vice-President and President) Gerald Ford, Betty Ford’s life has been constantly mirrored in the national press. Under the circumstances, she might have confined herself to a social-cultural leadership role (a role for which she was especially qualified as a former member of the Martha Graham dance troupe), but she opted instead to devote herself to public causes such as the Equal Rights Amendment, which she strongly supported. In addition, Betty Ford has been very much involved with the American Cancer Society, the Arthritis Foundation and national programs for mental health and underprivileged children,

Betty Ford has become best known, perhaps, for her courage and candor in coping with personal crisis. When stricken with breast cancer, she faced the situation openly, and in so doing she gave courage to others. Her public acknowledgment of cancer not only called attention to the dangers of the disease for women, but also to its means of detection and treatment.

It is for her personal snuggle with alcohol and drug abuse that Betty Ford has become most widely known and appreciated in later years. She overcame a serious problem of dependency through an exercise of will and courage. The overcoming of her personal problem was not alone sufficient for her, however. As with her cancer, Betty Ford sought ways in which to share her experience with others in a very public and beneficial way. Not only has she devoted her life over the past nine years to the helping of others with drug dependency problems, the funds she has raised through her speaking engagements and ocher public appearances have served to build the Betty Ford Center for Drug Rehabilitation at the Eisenhower Medical Center in California (dedicated October 3, 1982). As President of the Betty Ford Center, she has become a lay expert on the problems of drug abuse and has provided courage, understanding and treatment for countless thousands of individuals who have taken the personal example to heart. And, for this the California Medical Society and numerous other organizations have given her personal citations.


Advocate for Women's Health

A month after moving into the White House, Betty Ford was diagnosed with breast cancer and had a mastectomy. She became an advocate for breast cancer research and early detection.

Asked about her illness, she said, "I'm very glad that I brought cancer to the forefront."

She was also outspoken on women's rights issues. She supported the equal rights amendment and the legalization of abortion.

She became famous for her candor. In an interview on CBS' "60 Minutes," she talked about marijuana, equal rights for women, abortion and the possibility of a premarital affair for her daughter, Susan.

Went Public With Addiction Battle

After leaving the White House, Betty Ford publicly acknowledged her addiction to alcohol and painkillers.

"This is not a lack of willpower, this is a disease," she said at the time.

In 1982, she co-founded the Betty Ford Center in California. Her candor in talking about and dealing with substance abuse and treatment helped led to an improvement in how Americans talk about such matters.

Helping others overcome addiction became her chief cause.

"I'm not out to rescue anybody who doesn't want to be rescued," she once said. "I just think it's important to say how easy it is to slip into a dependency on pills or alcohol, and how hard it is to admit that dependency."

By not being the "political wife" of self-sacrificing legend, she both reflected and advanced public views about women in politics.

"In the end, simply by being herself, she made it easier for millions of American women to be themselves," Smith told ABC News.

ABC News' David Reiter and Michael S. James contributed to this report.


Why This Model Left the Glitzy World of Fashion for the Gritty Life of Bullfighting

There are many kinds of multihyphenates in Hollywood: actress-singer, director-producer. In the 1950s Bette Ford turned heads and raised eyebrows when she became a model-actress-bullfighter.

Bette Ford came to New York City from a small town outside of Pittsburgh, PA, with big dreams: The 18-year-old was going to be a model.

Considered too petite for the runway, the 5-foot-4 beauty was quickly turned down by two leading agencies of her day. But a third major agency, Huntington Hartford, took a chance on her, and soon she was landing jobs by capitalizing on her slender yet athletic build and sensual aura. She modeled for Maidenform, sat for magazine illustrators, even snagged a few covers, but her greatest success was with Jantzen as a swimsuit model. Her narrow hips and powerful shoulders made her convincing as a stylish swimmer, despite not knowing how.

Then an assignment came along that changed Ford's life: a photo shoot in Bogotá, Colombia&mdashher first trip abroad. She was so sheltered and unwordly that when she checked in at the hotel, she asked whether her room had been made safe from boa constrictors. Roy Pinney, the photographer for the shoot, who era worldly, learned that the renowned matador Luis Miguel Dominguín would be fighting in Bogotá during the shoot. He arranged for Ford to meet Dominguín at his hotel room.

In the early 1950s, bullfighting was the epitome of glamour, danger, and masculine bravado. Hollywood A-listers followed the bulls in Spain and fraternized with matadors like Dominguín, an international celebrity in his own right. He even stole Ava Gardner from Frank Sinatra for a bit&mdashthe two had an affair while the actress was married to the crooner. (Perhaps it was role prep: Gardner later would star in The Sun Also Rises as the seductress of the story's fictional bullfighter, Pedro Romero.)

Smitten with Dominguín, Ford returned to New York, papered her walls with bullfight posters, and began daydreaming of Mexico. She landed the role of understudy in the Broadway drama The Time of the Cuckoo, but told MarieClaire.com she "wasn't prepared metaphysically" to settle for understudy. Instead, she and her extra-marital boyfriend at the time, Lewis Allen, drove south to follow the bulls.

In a small arena outside Mexico City, Ford encountered some novilleros (fighters who only battle young bulls) who invited her, half in jest, to train with them. Soon she was spending her mornings at a practice ring, learning the rudiments of cape work as a way of keeping fit.

Ultimately, she was "discovered" by chance: a newspaper sent a reporter and photographer for a column on a promising novice at the ring. Ford caught their eye, and the piece instead became a two-page spread on her. The article captured the attention of Dr. Alfonso Gaona, organizer of the Plaza Mexico, the largest bullfight arena in the world. The next week, Gaona approached Ford and said, "So you're the girl who wants to become a bullfighter?"

Gaona, recognizing Ford's potential as an alluring alternative to the straightforward nature of the handful of other American toreras fighting at the time, brought the empresario of the bullring in Juarez, Juan de Bilbao&mdasha.k.a Don Juan&mdashto manage Ford.

From the beginning, the climate was intensely competitive. Ford was immediately compared to prominent, more experienced female bullfighters, like the American Patricia McCormick, whom the press described as having a "deathly presence" in the ring. McCormick dressed for fights in black or tan suits, her hair in a knot beneath her wide-brimmed black hat. Over her pants she wore plain leather chaps. Juanita Aparicio, whom Ford had encountered on that first trip to Mexico, wore chaps as well.

In contrast, Ford dazzled in white. Her first trajes&mdashthe suits that she fought in&mdashwere tailored from fine white wool to emphasize her lithe physique. Setting off her dark black hair were a pair of diamond earrings. And she kept her hair loose and tousled, a stunning touch when she doffed her hat and bowed for the audience.

Fighting mainly along the border, in Mexican arenas across the Rio Grande from small Texas towns, Ford gained a reputation for flair and determination. Soon she became a reliable draw, with a following from as far away as Houston and San Antonio. While the other American toreras barely eked out a living, at times sleeping in their cars, Ford earned enough to stay at the same hotels as full-fledged matadors. At first, Don Juan drove her to fights later, Ford flew in a private plane.

Don Juan promoted her relentlessly, leading the press to cover her every move, such as when she'd cross the border for a makeover at a local salon (both as a model and a bullfighter she occasionally went platinum blonde). Her popularity wasn't always a positive. In the border bullrings the Texas fans were rowdy and not necessarily supportive. They came to see the "Broadway TV star and model turned bullfighter" or "petite Broadway brunette who looks like Elizabeth Taylor." If a bull knocked her down, the fans cheered, yelling "Kill her, bull! Kill her!"

"They want blood, your blood&mdashwhy else would they come to a bullfight?" says Ford today. "I knew that no one would run in and save me."

Ford's relationship with Don Juan was complex and stormy. In his role as manager, he oversaw her rigorous training regimen, putting her on a boxer's diet that included drinking the blood-rich juices from expensive cuts of beef. He called her each night at 9 p.m. to confirm that she was home and preparing for bed, and he cautioned her against sex in the days leading up to a fight. ("It weakens the leg muscles" Ford remembers him saying). After fights, he massaged the deep bruises left by bulls' horns.

They argued often&mdashabout bullfighting, training, her technique, publicity. Ford once slammed a hotel door so hard that it split down the middle, a spillover from her constantly curated aggression in the ring.

"I was angry with the world," says Ford of her rigorous training coupled with the growing animosity in the stands. "I was a fighter. I literally was a killer. I perceived myself as dangerous. "

The tempestuousness of the relationship culminated one Sunday afternoon during a Juarez booking, when Ford argued with Don Juan about a risky maneuver that he wanted her to try. Ford was sipping from a glass of water as the two exchanged words, and when the argument escalated, Ford dashed the water into Don Juan's face&mdashin full view of the crowd. The hometown audience was outraged, and clubs along the border circulated a petition denouncing Ford and calling for her to be suspended.

When Ford returned to Juarez a month later, she was awakened on the morning of her fight by sirens. The arena had been set on fire, evidently the work of arsonists protesting her return. But the fight went on, a burned section of bleachers still smoldering throughout the afternoon.

The ultimate dream of the American toreras, and of all Mexican bullfighters, was to fight in the Plaza Mexico. Patricia McCormick had been fighting longer than any of the women, and though she was widely lauded for her bravery and skill, even she had yet to land a booking in the Plaza.

Ford and McCormick were seen as rivals, and by early in 1955, Ford's second year fighting, the press floated tantalizing rumors of their appearing together in the capitol: "A program with these two toreras in competition would fill the Plaza Mexico." The Plaza held nearly 50,000 spectators most of the arenas along the border were less than a 10th of its size.

In May of that year, Ford was training for the big showdown when she was thrown by a bull. She fractured several of her ribs and bruised her spine badly.

Injuries of this severity were common. In one fight, Pat Hayes, another American torera, suffered a concussion and three broken ribs. Patricia McCormick once almost died in a particularly gruesome incident. She turned her back on a bull who charged, impaling her. Hoisted into the air and unable to free herself, she was rescued by her manager who raced out into the ring and pried her off the horn.

Ford recovered and was well enough to fight again that summer in Juarez, billed as "The Incomparable Beauty of the Bullring." Late in July, a surprising decision was announced: the debuting American at the Plaza Mexico would be Ford alone. But the notion of a woman fighting in the venerable Plaza&mdashan americano woman&mdashwas met with resistance by the elite Mexican bullfight critics. In their opinion an American had no business competing in the Plaza, no matter her prowess.

Their antagonism didn't stop her. Ford made her historic debut on August 21. She fought well and was awarded an ear from each of her bulls. She went on to fight at the Plaza Mexico four more times that fall, once against Aparicio&mdashFord in her white suit, Aparicio in chaps. Aparicio was the hometown favorite, Ford the stylish outsider. The critics grudgingly praised Ford for her elegance and courage&mdashand for her skill with the sword.

Ford's fights in the Plaza created a backlash from the matadors and matadors' union, effectively banning women fighters. Ford never fought at the Plaza Mexico again. And none of the other American women fighting at the time ever got their chance there either.

The bookings kept coming, though.

Don Juan finally arranged the long-anticipated showdown between Ford and McCormick in Tijuana. But while watching from the stands, he suffered a heart attack. His doctors sent him to Acapulco to recuperate. A year later he died unexpectedly. Ford was devastated.

More hardship would come. Ford was gored badly for the first time in her career. Her hand was ripped open by a bull's horn and she recalls waiting on the operating table, seeing "little white strands twitching inside my hand." The nurse told her they were her tendons, slipping in and out of her flesh because they had been severed by the horn. She lost the full range of motion in three of her fingers permanently.

After the goring, she became romantically involved with, and then was stalked by, the son of the doctor who operated on her hand. Ford no longer had Don Juan to protect her against such threats. She hired a friend as pistolero and lent him the use of a gun she'd inherited from Don Juan.

By 1958, Ford's busy calendar had begun to take a physical toll. She'd been training six hours a day for half a decade&mdashand fighting as often as she could get bookings. Between the physical strain and the struggles in her personal life (she was divorcing), she decided it was time to return to New York and make another go at stage acting. Then Hollywood intervened.

MGM was considering doing a biopic about her career and brought her to Los Angeles to meet with writers. One of them was John Meston, who'd co-created the radio series Gunsmoke, soon to become the long-running television series. Meston and Ford carried on a whirlwind romance and were married in Las Vegas after Ford agreed to Meston's stipulation that she cease risking her life in arenas. It was an easy promise to make&mdashshe was finished with bullfighting anyway.

Eventually Ford reinvented herself again, this time as a film and television actress, and made regular appearances, usually as a dark-haired temptress, on network dramas such as L.A. Law y Salud. Her most recent feature film was the indie comedy Valley of the Sun (2011). She continues to act, mostly doing voiceover for animation.

When Ford reflects about her bullfight career now, she emphasizes her sense of accomplishment above all else. "I look back now and I think, I did ese. But I never thought about grace and elegance and beauty when I was in the ring. I thought like a bullfighter."

Fortunato Salazar is a Los Angeles-based writer whose most recent writing about bullfighters appears in Amtrak's El Nacional.

Motion Graphics: Crystal Law

Follow Marie Claire on Facebook for the latest celeb news, beauty tips, fascinating reads, livestream video, and more.


Ver el vídeo: Taylor Swift - betty Live from the 2020 Academy of Country Music Awards (Octubre 2021).