Podcasts de historia

Clinton sobre la participación de Estados Unidos en Somalia

Clinton sobre la participación de Estados Unidos en Somalia

Después de que una misión humanitaria en Somalia se volviera violenta y los soldados estadounidenses fueran asesinados y arrastrados por las calles por una pandilla somalí, el presidente Bill Clinton se dirige a la nación el 7 de octubre de 1993, en relación con la acción militar estadounidense.


Clinton sobre la participación de Estados Unidos en Somalia - HISTORIA

Diehl, Paul. Mantenimiento de la paz: con un nuevo epílogo sobre Somalia, Bosnia y Camboya (Perspectivas de seguridad). (1995). Prensa de la Universidad Johns Hopkins. Este libro explica la diferencia entre el mantenimiento de la paz y la intervención multinacional. Compara y contrasta seis misiones distintas.

O & # 8217 Hanlon, Michael. Salvar vidas con la fuerza: Criterios militares para la intervención humanitaria. (1997). Instituto Brookings. El libro fue escrito por un analista militar y analiza cómo la intervención externa puede tener éxito en poner fin a la guerra civil en un país si la fuerza de intervención tiene el entrenamiento, los objetivos y el apoyo militares apropiados.

Peterson, Scott. (2000). Yo contra mi hermano: en guerra en Somalia, Sudán y Ruanda. Routledge. Este libro contiene una discusión sobre la intervención de las Naciones Unidas en Somalia y el resultado de estas acciones. También compara las situaciones en Somalia, Sudán y Ruanda y por qué la ONU intervino en Somalia, pero no en Sudán o Ruanda.

Shawcross, William. (2000). Líbranos del mal: mantenimiento de la paz, señores de la guerra y un mundo de conflictos sin fin. Simon & amp Schuster. Este libro fue escrito por un periodista de asuntos exteriores y compara situaciones en varios puntos críticos del mundo. Señala los errores en las misiones de mantenimiento de la paz en países devastados por la guerra, comparando la situación en la Guerra Civil de Estados Unidos con lo que ocurrió en esas regiones.


Ahora en streaming

Sr. Tornado

Sr. Tornado es la notable historia del hombre cuyo trabajo pionero en investigación y ciencia aplicada salvó miles de vidas y ayudó a los estadounidenses a prepararse y responder a los peligrosos fenómenos meteorológicos.

La Cruzada contra la Polio

La historia de la cruzada contra la poliomielitis rinde homenaje a una época en la que los estadounidenses se unieron para conquistar una terrible enfermedad. El avance médico salvó innumerables vidas y tuvo un impacto generalizado en la filantropía estadounidense que se sigue sintiendo en la actualidad.

Oz americano

Explore la vida y la época de L. Frank Baum, creador de la amada El maravilloso mago de Oz.


Una breve historia de Somali-U.S. Relaciones

Con la llegada de su primer embajador de Estados Unidos en un cuarto de siglo, Somalia espera haberse embarcado en una nueva era en las relaciones con la superpotencia occidental.

Stephen M. Schwartz presentó sus credenciales al ministro de Relaciones Exteriores de Somalia, Abdusalam Omer, en la capital, Mogadiscio, el martes, convirtiéndose en el primer representante estadounidense en el atribulado estado del Cuerno de África desde que estalló una prolongada guerra civil en 1991.

Schwartz dijo que esperaba ayudar al pueblo de Somalia a "construir una nación pacífica con un gobierno democrático estable", mientras que Omer dio la bienvenida al nombramiento del embajador y describió a Estados Unidos como un "socio valioso en el progreso de Somalia".

Las dos naciones han tenido una historia a veces difícil en las últimas décadas, ya que Somalia ha luchado por recuperarse de la guerra civil y una insurgencia islamista ha provocado la ira de las tropas estadounidenses.

1991: Estados Unidos cierra su embajada en Mogadiscio cuando estalla la guerra civil.

Las relaciones bilaterales entre Somalia y Estados Unidos se establecieron en 1960, cuando se creó el estado africano a partir de las antiguas colonias italianas y británicas. Las relaciones se enfriaron en las décadas siguientes después de que Mohamed Siad Barre tomó el poder en un golpe y adoptó una ideología socialista reflejada en la entonces Unión Soviética.

Fue el eventual derrocamiento de Barre en 1991 lo que llevó a Estados Unidos a cerrar sus instalaciones en Mogadiscio, aunque los países nunca rompieron oficialmente las relaciones. El colapso del régimen de Barre creó un vacío de poder que vio a clanes rivales competir por el poder, con miles de civiles atrapados en el fuego cruzado durante las siguientes décadas.

1993: Black Hawks cae

Los marines estadounidenses se habían desplegado en Somalia en 1992, encabezando una fuerza multinacional planificada que tenía el objetivo de garantizar que la ayuda alimentaria llegara a la población civil, que, según los informes, estaba muriendo de hambre.

Sin embargo, el episodio más notorio de la participación de Estados Unidos en Somalia en tiempos de guerra se produjo en octubre de 1993, en lo que se conoció como la Primera Batalla de Mogadiscio. Más de 100 soldados estadounidenses participaron en una operación con el objetivo de capturar a los líderes del clan liderado por Mohamed Farrah Aidid, un líder de la milicia que está ganando el poder en Mogadiscio.

Sin embargo, la incursión prevista de 90 minutos se transformó en un asedio de 17 horas, cuando dos helicópteros Black Hawk fueron derribados por milicianos y se estrellaron contra la capital somalí. Estados Unidos reorganizó a sus propias fuerzas y a otras fuerzas extranjeras en una desesperada misión de rescate que culminó con 18 bajas estadounidenses y la muerte de un soldado malasio de la ONU, mientras que se cree que murieron hasta 1.000 hombres armados y civiles somalíes.

La incursión fallida se registró en el libro de Mark Bowden. Halcón Negro abajo, que a su vez inspiró una película del galardonado director Ridley Scott.


LA MISIÓN DE SOMALIA Clinton & # x27s Palabras sobre Somalia: & # x27Las responsabilidades del liderazgo estadounidense & # x27

A continuación se muestra una transcripción de una declaración del presidente Clinton hoy sobre la misión militar de los Estados Unidos en Somalia, registrada por el Servicio Federal de Noticias, un servicio de transcripción privado:

Hace un año, todos vimos con horror cómo los niños somalíes y sus familias morían por decenas de miles, sufriendo la muerte lenta y agonizante del hambre, una inanición provocada no solo por la sequía sino también por la anarquía que entonces prevalecía en ese país. .

El pasado fin de semana todos reaccionamos con ira y horror cuando una banda somalí armada profanó los cuerpos de nuestros soldados estadounidenses y mostró a un piloto estadounidense capturado, todos ellos soldados que participaban en un esfuerzo internacional para acabar con el hambre del propio pueblo somalí. .

Estos trágicos acontecimientos plantean serias preguntas sobre nuestro esfuerzo en Somalia.

¿Por qué seguimos ahí? ¿Qué estamos tratando de lograr? ¿Cómo se volvió violenta una misión humanitaria? ¿Y cuándo volverá nuestra gente a casa?

Estas preguntas merecen respuestas directas. Empecemos recordando por qué nuestras tropas entraron en Somalia en primer lugar.

Fuimos porque solo Estados Unidos podía ayudar a detener una de las grandes tragedias humanas de este tiempo. Un tercio de un millón de personas había muerto de hambre y enfermedades. El doble de personas estaban en riesgo de morir. Mientras tanto, toneladas de suministros de socorro se acumularon en la capital, Mogadiscio, porque un pequeño número de somalíes impidió que los alimentos llegaran a sus propios compatriotas. Nuestras conciencias dijeron "basta".

En la mejor tradición de nuestra nación, tomamos medidas con el apoyo de ambos partidos. El presidente Bush envió 28.000 soldados estadounidenses como parte de la misión humanitaria de las Naciones Unidas.

Nuestras tropas crearon un entorno seguro para que pudieran pasar alimentos y medicinas. Salvamos cerca de un millón de vidas. Y en la mayor parte de Somalia, en todas partes menos en Mogadiscio, la vida comenzó a volver a la normalidad. Los cultivos están creciendo. Los mercados se están reabriendo. También lo son las escuelas y los hospitales.

Casi un millón de somalíes todavía dependen completamente de los suministros de socorro, pero al menos la hambruna ha desaparecido. Y nada de esto habría sucedido sin el liderazgo estadounidense y las tropas estadounidenses. Riesgos en una retirada rápida

Hasta junio, las cosas iban bien con poca violencia. Estados Unidos redujo nuestra presencia de tropas de 28,000 a menos de 5,000, y otras naciones continuaron donde lo dejamos.

Pero luego, en junio, las personas que causaron gran parte del problema al principio comenzaron a atacar a las tropas estadounidenses, paquistaníes y de otro tipo que estaban allí solo para mantener la paz. En lugar de participar en la construcción de la paz con otros, estas personas buscaron luchar y perturbar, incluso si eso significa devolver a Somalia a la anarquía y la hambruna masiva.

Y no se equivoque al respecto, si mañana saliéramos de Somalia, otras naciones también se irían. El caos se reanudaría, el esfuerzo de socorro se detendría y pronto volvería el hambre. Ese conocimiento nos ha llevado a continuar nuestra misión.

No es nuestro trabajo reconstruir la sociedad de Somalia & # x27s ni siquiera crear un proceso político que pueda permitir que los clanes de Somalia & # x27s vivan y trabajen en paz. Los somalíes deben hacerlo por sí mismos. Las Naciones Unidas y muchos estados africanos están más que dispuestos a ayudar. Pero nosotros, en los Estados Unidos, debemos decidir si les daremos el tiempo suficiente para que tengan una oportunidad razonable de tener éxito.

Comenzamos esta misión por las razones correctas y la vamos a terminar de la manera correcta. En cierto sentido, vinimos a Somalia para rescatar a personas inocentes en una casa en llamas. Casi hemos apagado el fuego, pero quedan algunas brasas. Si los dejamos ahora, esas brasas se volverán a encender en llamas y la gente morirá de nuevo. Si nos quedamos un rato más y hacemos las cosas correctas, tendremos una oportunidad razonable de enfriar las brasas y conseguir que otros bomberos ocupen nuestro lugar.

También debemos reconocer que no podemos irnos ahora y aún tener todas nuestras tropas presentes y contabilizadas. Y quiero que sepa que estoy decidido a trabajar por la seguridad de los estadounidenses desaparecidos o cautivos. Cualquiera que retenga a un estadounidense en este momento debe comprender, sobre todo, que los haremos estrictamente responsables del bienestar de nuestros soldados. Esperamos que sean bien tratados y esperamos que sean liberados. Objetivo de refuerzos

Entonces, ahora, nos enfrentamos a una elección. ¿Nos marchamos cuando el trabajo se pone difícil o cuando el trabajo está bien hecho? ¿Invitamos al regreso del sufrimiento masivo o nos vamos de una manera que les dé a los somalíes una oportunidad decente de sobrevivir? Recientemente, el general Colin Powell dijo esto sobre nuestras opciones en Somalia:

"Debido a que las cosas se ponen difíciles, no se corta y se ejecuta". Trabaja el problema y trata de encontrar una solución correcta. & Quot

Quiero traer a nuestras tropas a casa desde Somalia. Antes de los acontecimientos de esta semana, como dije, ya habíamos reducido el número de nuestras tropas allí de 28.000 a menos de 5.000. Debemos completar ese retiro pronto, y lo haré. Pero también debemos irnos en nuestros términos. Debemos hacerlo bien. Y esto es lo que pretendo hacer.

Los acontecimientos de la semana pasada dejaron en claro que incluso mientras nos preparamos para retirarnos de Somalia, necesitamos más fuerzas allí. Necesitamos más armaduras, más poder aéreo, para asegurar que nuestra gente esté segura y que podamos hacer nuestro trabajo.

Hoy, he ordenado 1.700 soldados adicionales del Ejército y 104 vehículos blindados adicionales a Somalia para proteger a nuestras tropas y completar nuestra misión. También ordené que un portaaviones y dos grupos anfibios con 3.600 marines de combate se estacionen en alta mar.

Estas fuerzas estarán bajo el mando estadounidense. Su misión, lo que les estoy pidiendo a estos jóvenes estadounidenses, es la siguiente:

* Primero, están ahí para proteger nuestras tropas y nuestras bases. No fuimos a Somalia con un propósito militar. Nunca quisimos matar a nadie. Pero aquellos que atacan a nuestros soldados deben saber que pagarán un precio muy alto.

* En segundo lugar, están allí para mantener abiertos y asegurar las carreteras, el puerto y las líneas de comunicación que son esenciales para que las Naciones Unidas y los trabajadores de socorro mantengan el flujo de alimentos y suministros y las personas se muevan libremente por todo el país para que el hambre y la anarquía no vuelve.

* En tercer lugar, están ahí para mantener la presión sobre quienes cortan los suministros de socorro y atacan a nuestro pueblo, no para personalizar el conflicto sino para evitar que vuelva a la anarquía.

* Cuarto, a través de su presión y su presencia, nuestras tropas ayudarán a hacer posible que el pueblo somalí, trabajando con otros, llegue a un acuerdo entre ellos para que puedan resolver sus problemas y sobrevivir cuando nos vayamos. La necesidad de resolución

Ésa es nuestra misión. Propongo este plan porque nos permitirá terminar de salir de Somalia en nuestros propios términos y sin destruir todo lo que dos Administraciones han logrado allí, porque si nos fuéramos hoy, sabemos lo que pasaría.

En unos meses, los niños somalíes volverían a morir en las calles. Nuestra propia credibilidad con amigos y aliados se vería gravemente dañada. Nuestro liderazgo en los asuntos mundiales se vería socavado en el mismo momento en que la gente espera que Estados Unidos ayude a promover la paz y la libertad en el mundo de la posguerra fría. Y en todo el mundo, agresores, matones y terroristas concluirán que la mejor manera de hacer que cambiemos nuestras políticas es matar a nuestra gente. Sería temporada abierta para los estadounidenses.

Es por eso que estoy comprometido a hacer este trabajo en Somalia no solo rápidamente sino también de manera efectiva. Para hacer eso, estoy tomando medidas para asegurar que las tropas de otras naciones estén listas para tomar el lugar de nuestros propios soldados. Ya hemos retirado unos 20.000 soldados, y más de ese número los hemos reemplazado de más de dos docenas de otras naciones.

Ahora intensificaremos los esfuerzos para que otros países desplieguen más tropas en Somalia para asegurar que la seguridad se mantendrá cuando nos vayamos. Y completaremos el reemplazo del personal de logística militar de los EE. UU. Por contratistas civiles que puedan brindar el mismo apoyo a las Naciones Unidas.

Mientras estamos tomando medidas militares para proteger a nuestro propio pueblo y ayudar a la ONU a mantener un entorno seguro, debemos realizar nuevos esfuerzos diplomáticos para ayudar a los somalíes a encontrar una solución política a sus problemas. Ese es el único tipo de resultado que puede perdurar, porque fundamentalmente la solución a los problemas de Somalia no es militar, es política.

Los líderes de los estados africanos vecinos, como Etiopía y Eritrea, se han ofrecido a liderar los esfuerzos para construir un acuerdo entre el pueblo somalí que pueda preservar el orden y la seguridad. Apoyo a los somalíes

He ordenado a mis representantes que prosigan esos esfuerzos enérgicamente, y le he pedido al Embajador Bob Oakley, quien sirvió efectivamente en dos administraciones como nuestro representante en Somalia, que viaje nuevamente a la región de inmediato para avanzar en este proceso.

Evidentemente, incluso entonces no hay garantía de que Somalia se libere de la violencia o el sufrimiento, pero al menos le habremos dado a Somalia una oportunidad razonable.

Esta semana, unos 15.000 somalíes salieron a las calles para expresar su simpatía por nuestras pérdidas y agradecer nuestro esfuerzo. La mayoría de los somalíes no nos son hostiles, pero están agradecidos y quieren aprovechar esta oportunidad para reconstruir su país. Es mi opinión y la de mis asesores militares que es posible que necesitemos hasta seis meses para completar estos pasos y realizar una retirada ordenada.

Haremos lo que podamos para completar la misión antes de esa fecha. Todas las tropas estadounidenses saldrán de Somalia a más tardar el 31 de marzo, a excepción de unos pocos cientos de personal de apoyo en funciones no combativas.

Si tomamos estos pasos, si nos tomamos el tiempo para hacer bien el trabajo, estoy convencido de que habremos estado a la altura de las responsabilidades del liderazgo estadounidense en el mundo y habremos demostrado que estamos comprometidos a abordar los nuevos problemas de una nueva era. Coraje de las tropas estadounidenses

Cuando nuestras tropas en Somalia fueron atacadas este último fin de semana, fuimos testigos de un ejemplo dramático de la ética heroica de nuestro ejército estadounidense. Cuando el primer helicóptero Blackhawk cayó este fin de semana, las otras tropas estadounidenses no se retiraron, aunque podrían haberlo hecho. Unos 90 de ellos formaron un perímetro alrededor del helicóptero y mantuvieron ese terreno bajo un fuego intensamente pesado. Se quedaron con sus camaradas. Ese es el tipo de soldados que son. Ese es el tipo de personas que somos.

Así que terminemos el trabajo que nos propusimos hacer. Demostremos al mundo, como lo han hecho generaciones de estadounidenses antes que nosotros, que cuando los estadounidenses asumen un desafío, lo hacen bien.

Permítanme expresar mi agradecimiento y mi gratitud y mi más sentido pésame a las familias de los jóvenes estadounidenses que fueron asesinados en Somalia. Mi mensaje para ustedes es que su país está agradecido, al igual que el resto del mundo, y también la gran mayoría del pueblo somalí.

Nuestra misión a partir de este día es aumentar nuestra fuerza, hacer nuestro trabajo, sacar a nuestros soldados y traerlos a casa.


Bill Clinton: Relaciones Exteriores

Bill Clinton asumió el cargo con relativamente poca experiencia en asuntos exteriores. El colapso de la Unión Soviética y las incertidumbres del mundo posterior a la Guerra Fría produjeron una serie de crisis de política exterior que desafiaron las habilidades de Clinton como estadista.

Errores en Somalia, Ruanda y Haití

Semanas antes de que Clinton asumiera el cargo, el presidente saliente George H. W. Bush había enviado tropas estadounidenses a Somalia, un país ubicado en el este de África. Lo que comenzó como una misión humanitaria para combatir el hambre se convirtió en una sangrienta lucha militar, con los cuerpos de los soldados estadounidenses muertos arrastrados por las calles de Mogadiscio, la capital somalí, en octubre de 1993. El apoyo público a la misión estadounidense disminuyó y Clinton anunció un retirada total de las fuerzas estadounidenses, que tuvo lugar en marzo de 1994. Las tropas de mantenimiento de la paz de las Naciones Unidas (ONU) permanecieron en el país hasta la primavera de 1995. La intervención finalmente logró poco en Somalia: los caudillos mantuvieron el control y no se restableció ningún gobierno en funcionamiento en el país después de que los Estados Unidos y las Naciones Unidas se fueran. El hecho de que las tropas estadounidenses no estuvieran debidamente equipadas para la misión llevó en última instancia a la dimisión del secretario de Defensa Les Aspin y creó la impresión de un presidente mal preparado para los asuntos exteriores.

En abril de 1994, estalló una gran ola de asesinatos en Ruanda, una nación ubicada en África central. Se estima que 800.000 tutsis y sus defensores fueron asesinados en un genocidio patrocinado por el gobierno. Con el fracaso en Somalia todavía muy presente en la mente de los políticos estadounidenses, ni Estados Unidos ni Naciones Unidas actuaron de manera agresiva para detener la matanza. Tanto Clinton como la comunidad mundial fueron criticados por no actuar rápida y decisivamente para detener las muertes violentas de ruandeses. En 1998, los Clinton se embarcaron en una extensa gira por seis países de África, durante la cual el presidente se detuvo brevemente en Ruanda para reunirse con los sobrevivientes de la guerra civil y pedir disculpas por las acciones no tomadas. En Haití, luego del fracaso de Clinton en octubre de 1993 intento de derrocar al hombre fuerte de Hatian, Raoul Cédras, el ex presidente Jimmy Carter intervino para negociar con el brutal dictador militar su destitución del poder. Cédras había derrocado al presidente elegido democráticamente de la nación caribeña, Jean-Bertrand Aristide, en un golpe de estado en 1991. Acompañado por el general retirado Colin Powell y el senador Sam Nunn (D-GA), Carter comunicó la amenaza de Clinton de invadir a menos que los generales de la junta renunciaran al poder. Con los aviones estadounidenses en el aire, los generales se doblaron y acordaron irse. Se enviaron fuerzas de los Estados Unidos para asegurarse de que se cumpliera el acuerdo, pero finalmente se retiraron. Las instituciones democráticas de esta nación empobrecida siguen siendo frágiles y en peligro.

Doctrina de la ampliación y el éxito de las políticas

A pesar de estas primeras dificultades, Clinton sabía que el éxito de su presidencia requería una política exterior cohesionada. Formado como estudiante en la Escuela de Servicio Exterior de Georgetown, Clinton finalmente se centró en la creación de un nuevo enfoque de los asuntos internacionales, una política que sus asesores llamaron la "doctrina de la ampliación". Esta doctrina, basada en la idea de expandir la comunidad de democracias de mercado en todo el mundo, adoptó el libre comercio, los esfuerzos multilaterales de mantenimiento de la paz y las alianzas internacionales, y el compromiso de intervenir en situaciones de crisis mundial cuando sea práctico (es decir, con poco riesgo y bajo costo en Vidas estadounidenses) y moralmente defendible. La política promovió un papel activista para Estados Unidos y fue diseñada para extender y proteger los derechos humanos y civiles básicos en la medida en que estuviera dentro del poder de los Estados Unidos lograr con éxito esos objetivos sin socavar la seguridad nacional o agotar los recursos nacionales. En la mente de Clinton, Estados Unidos debe continuar su papel de líder mundial en la promoción de la dignidad humana y la democracia, en el entendimiento de que nunca debe actuar de forma aislada o extender demasiado su alcance.

La administración Clinton logró algunos logros notables en asuntos exteriores. Rusia fue persuadida con éxito para que retirara tropas de las Repúblicas Bálticas de Estonia y Letonia en 1994. También impulsó al Congreso dos nuevos acuerdos comerciales masivos: el TLCAN en 1993 y una revisión del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio (GATT) en 1994. Iniciativas de la administración también evitó un inminente colapso económico de México en 1995 y ayudó a producir soluciones en crisis similares con los mercados asiáticos dentro de dos años. Además, un emisario de la administración, el ex senador George Mitchell, negoció negociaciones de paz entre la República de Irlanda, el Reino Unido y el Sinn Fein ("Nosotros solos"). En el Medio Oriente, la administración facilitó las negociaciones entre líderes israelíes y palestinos. Si bien estas conversaciones parecían ofrecer la esperanza de un posible arreglo, se interrumpieron en medio de recriminaciones mutuas y pronto fueron seguidas por una nueva y más letal ronda de combates entre palestinos e israelíes.


Giro equivocado en Somalia

Cortesía de Reuters.

DIVERGENCIA FUNDAMENTAL DE BUSH

Desde el final de la Guerra del Golfo Pérsico, ha aumentado la presión para involucrar a las Naciones Unidas en un número creciente de países que están experimentando conflictos civiles internos. Somalia es el caso paradigmático. Por lo tanto, es extremadamente importante aclarar el registro histórico de toma de decisiones. Lo que el presidente Bush decidió originalmente y lo que hizo posteriormente la administración Clinton representan enfoques fundamentalmente divergentes.

La administración Bush envió tropas estadounidenses a Somalia estrictamente para despejar los canales de ayuda que podrían evitar una hambruna masiva. Se resistió a los intentos de la ONU de expandir esa misión. Sin embargo, la administración Clinton se dedicó a promover el "multilateralismo asertivo" y los esfuerzos de construcción de la nación que llevaron a la violencia y la vergüenza que finalmente sobrevino. Estos fracasos plantean preguntas más importantes sobre la competencia de las Naciones Unidas en áreas más ambiciosas de la imposición de la paz y la construcción de la nación, especialmente sin compromisos duraderos de los Estados Unidos.

La legitimación de la participación de la ONU en los conflictos internos evolucionó como una extensión del deber de preservar la seguridad internacional. El punto de inflexión se produjo después de la Guerra del Golfo, cuando el Consejo de Seguridad de la ONU adoptó la Resolución 688 el 5 de abril de 1991. Ante los flujos masivos de refugiados kurdos desde el norte de Irak hacia Turquía e Irán y los duros asaltos militares contra chiítas en el sur de Irak, el consejo actuó rápidamente. Por primera vez, el Consejo de Seguridad declaró que la represión de un gobierno miembro de su propio pueblo, que tuvo como resultado necesidades humanitarias urgentes, constituía una amenaza para la paz y la seguridad internacionales. La resolución 688 condenó al gobierno de Irak, exigió que pusiera fin de inmediato a su represión, insistió en que Irak "permita el acceso inmediato de las organizaciones humanitarias internacionales" y solicitó que el secretario general prosiga los esfuerzos humanitarios.

Claramente, los grandes flujos de refugiados con efectos potencialmente desestabilizadores en el control de Turquía sobre partes de su territorio justificaron la evaluación de la ONU. No obstante, esta acción constituyó la intervención de la ONU en un conflicto esencialmente doméstico, un área que el texto de la Carta de la ONU no deja clara. En un pasaje ingeniosamente equilibrado, el Artículo 2 dispone: "Nada en la presente Carta autorizará a las Naciones Unidas a intervenir en asuntos que están esencialmente dentro de la jurisdicción interna de cualquier estado ...". Pero la carta continúa diciendo: "Este principio no prejuzgará la aplicación de las medidas de ejecución en virtud del Capítulo VII". Aunque ambiguo por decir lo mínimo, el artículo 2 implica que una disputa interna debe amenazar intereses fuera de las fronteras de un país antes de que se pueda invocar la jurisdicción del Consejo de Seguridad. Pero el precedente establecido en Irak había debilitado sustancialmente el principio de no intervención de la ONU.

Luego vino Somalia. El Consejo de Seguridad logró pocos avances a principios y mediados de 1992 en la negociación de un alto el fuego entre los clanes y subclanes en guerra. El general Mohamed Farah Aideed rechazó el despliegue de fuerzas de paz (la Operación de la ONU en Somalia o ONUSOM) hasta el otoño. Al no desplegar a la ONUSOM, el secretario general siguió los procedimientos estándar de mantenimiento de la paz: no se desplegarían "cascos azules" a menos que todas las partes estuvieran de acuerdo. El resultado fue que la guerra civil en Somalia continuó sin cesar, no se pudo entregar asistencia humanitaria, miles de somalíes murieron de enfermedades y hambre, y la amenaza para cientos de miles más crecía día a día. Tan débil fue la presencia internacional que las bandas somalíes atacaron libremente las instalaciones de la ONU, robando camiones, alimentos y suministros de combustible.

Cuando finalmente se desplegó un batallón paquistaní de 500 hombres a principios de octubre de 1992, fue inmovilizado en el aeropuerto de Mogadiscio. Más tarde, el general Aideed se sintió ofendido porque las Naciones Unidas habían negociado con el subclan Hawadle la seguridad en el aeropuerto en lugar de directamente con él. Convencido de que las Naciones Unidas estaban predispuestos en su contra, Aideed se opuso al despliegue de 3.000 cascos azules adicionales autorizados por la Resolución 775 del Consejo de Seguridad. Los combates en Somalia llevaron a otros países que aportan tropas, como Canadá y Bélgica, a aplazar el envío de sus fuerzas, ya que obviamente no había paz para mantener. (A principios de 1992, un importante asistente de Aideed había dicho que si se enviaban fuerzas armadas de la ONU, también se deberían enviar ataúdes).

En noviembre, los arribistas del Departamento de Estado abogaron por el envío de una importante fuerza militar de la ONU, incluidas tropas estadounidenses, a Somalia para distribuir la asistencia humanitaria directamente. El Pentágono propuso que una coalición liderada por Estados Unidos fuera de las Naciones Unidas distribuyera la ayuda, con la expectativa de que las Naciones Unidas reemplazaran a las fuerzas estadounidenses en muy poco tiempo. El 25 de noviembre el presidente Bush aprobó esta opción, siempre que el secretario general también estuviera de acuerdo.

Esa tarde, el Consejo de Seguridad se reunió para considerar un informe muy pesimista sobre Somalia. El secretario general escribió que "la situación no está mejorando" y que las condiciones eran tan malas que sería "sumamente difícil" para la operación existente de las Naciones Unidas en Somalia lograr sus objetivos. "[Puede] ser necesario", decía el informe, "revisar las premisas y principios básicos del esfuerzo de las Naciones Unidas en Somalia", una referencia apenas velada a una retirada completa del personal de la ONU.

En este contexto de presagio, el secretario de Estado interino, Lawrence S Eagleburger, presentó el plan de Bush a Boutros-Ghali. Estados Unidos estaba preparado para desplegar hasta 30.000 tropas (incluidas tropas de otras naciones) para asegurar puertos, aeropuertos, carreteras y centros de distribución de ayuda clave en el centro y sur de Somalia. Esta misión cuidadosamente circunscrita tenía la intención de estabilizar la situación militar solo en la medida necesaria para evitar una hambruna masiva, y Estados Unidos esperaba devolver el asunto a las Naciones Unidas en tres o cuatro meses. Lo que proponía Estados Unidos era más que enviar varios cientos de camiones y conductores para distribuir ayuda, pero menos que pacificación y ocupación. Estados Unidos llevaría a cabo la misión de manera pacífica, pero estaba dispuesto a utilizar la fuerza "dura" si fuera necesario para evitar la interferencia con sus objetivos. Eagleburger enfatizó que Estados Unidos no procederá si el secretario general se opone al plan.

Boutros-Ghali preguntó si el despliegue de Estados Unidos sería una operación de la ONU o bajo el mando estadounidense. Eagleburger respondió inequívocamente que Estados Unidos estaría al mando. Boutros-Ghali luego preguntó qué pasaría después de la toma de posesión del presidente Clinton el 20 de enero de 1993. Eagleburger enfatizó que Estados Unidos estaba preparado para proceder ahora si Clinton no estaba de acuerdo, todas las fuerzas estadounidenses se retirarían para el 19 de enero. plan, diciendo que "tal fuerza podría obtener estabilidad muy rápidamente. Conozco Somalia. He estado allí muchas veces".

No se consideró el desarme de las distintas facciones somalíes. No se habló de la presencia de Estados Unidos en la región secesionista del norte de "Somalilandia". Finalmente, no se mencionó en absoluto la "construcción de la nación". El presidente Bush autorizó y Eagleburger propuso al secretario general una operación dirigida por Estados Unidos con un mandato, tiempo y alcance geográficos limitados.

Después de un fin de semana de Acción de Gracias de intensa actividad, el 29 de noviembre el secretario general ofreció al Consejo de Seguridad cinco opciones sobre "cómo crear las condiciones para la entrega ininterrumpida de suministros de socorro al pueblo hambriento de Somalia". Las primeras tres opciones eran intensificar los esfuerzos para desplegar plenamente a la ONUSOM bajo las reglas de combate existentes de la ONU, retirar todos los elementos militares de la ONUSOM y permitir que las agencias humanitarias hicieran los mejores tratos posibles con los señores de la guerra, o hacer que la ONUSOM montara una demostración de fuerza en Mogadiscio. para convencer a los caudillos de que se tomen en serio el esfuerzo de la ONU. Boutros – Ghali descartó estas opciones.

La cuarta opción del secretario general fue esencialmente la propuesta estadounidense de una acción autorizada por la ONU de los estados miembros, aunque la expandió a una "operación de aplicación" a nivel nacional. La resolución habilitante que sugirió otorgaría autorización solo por "un período específico de tiempo" y solo para "resolver el problema de seguridad inmediato". La quinta opción, y la preferencia explícita del secretario general, era "una operación de aplicación en todo el país que se llevaría a cabo bajo el mando y control de las Naciones Unidas".

Las reacciones a la propuesta estadounidense y la carta del secretario general fueron a veces confusas, pero los miembros permanentes del Consejo de Seguridad se apresuraron a redactar una resolución que autorizara la operación estadounidense. Durante esta semana, por primera vez, la secretaría comenzó a instar a la coalición a desarmar esencialmente a las facciones somalíes antes de devolver la operación a las Naciones Unidas. Estados Unidos se negó a contraer tal compromiso. Así, el Consejo de Seguridad adoptó por unanimidad la Resolución 794 el 3 de diciembre de 1992, reflejando el enfoque propuesto originalmente por Eagleburger. El preámbulo decía que el objetivo del Consejo de Seguridad era establecer "lo antes posible las condiciones necesarias para la entrega de asistencia humanitaria". Para lograr esto, el Consejo de Seguridad se basó en el Capítulo VII de la carta, autorizando a los estados participantes a utilizar "todos los medios necesarios". Con la plena intención de que el esfuerzo militar de la coalición fuera breve, el Consejo de Seguridad solicitó al secretario general que presentara un plan dentro de los 15 días para entregar la operación a las Naciones Unidas.

The next day, President Bush wrote to the secretary–general: "I want to emphasize that the mission of the coalition is limited and specific: to create security conditions which will permit the feeding of the starving Somali people and allow the transfer of this security function to the U.N. peacekeeping force." The president also wrote that U.S. "objectives can, and should, be met in the near term. As soon as they are, the coalition force will depart from Somalia, transferring its security function to your U.N. peacekeeping force." The U.S. position, in both the council’s resolution and the president’s letter, was clear.

American forces entered Somalia on December 9. Later that day, however, the secretary–general told a delegation from Washington sent to brief the secretariat that he wanted the coalition not only to disarm all of the Somali factions, but also to defuse all mines in the country (most mines were in the secessionist north), set up a civil administration and begin training civilian police. The secretary–general also conveyed these ideas in a letter to President Bush. While the United States had contemplated some disarming to protect its troops, the secretary–general clearly had far more ambitious plans. Adding these new tasks would undoubtedly mean lengthening the U.S. stay in Somalia, thus delaying a handoff to U.N. peacekeepers.

Within days, numerous press stories revealed a growing rift between Washington and the United Nations. Secretariat officials were apparently concerned about the policy of the incoming Clinton administration toward Somalia. In a meeting with the secretary–general on December 22, Secretary Eagleburger reiterated that the United States saw its mission as very limited, and he stated a desire to work cooperatively with the secretariat to facilitate the hand–over to "UNOSOM II." When the hand–over took place, he said, the United States was prepared to entertain specific requests for logistical support, but that was all.

As in the first meeting between Eagleburger and Boutros–Ghali, what was not discussed is as important as what was discussed. Again, no discussion of nation-building or anything remotely like it took place. There was considerable conversation about what UNOSOM II would actually look like. The secretariat foresaw something very like a traditional, small–scale U.N. peacekeeping operation. Department of Defense officials believed that such an approach would not work and wanted a much more muscular operation. This dispute was largely a clash between the military cultures of the United Nations and the Pentagon. The point, however, is that both sides were trying to define UNOSOM II so that the hand–over could proceed as swiftly and efficiently as possible. The United States was not discussing extending its mandate either in scope or in time.

As the Bush administration came to a close, humanitarian assistance was regularly flowing to critical areas. Mediation efforts were progressing, with all major factions agreeing to a conference on national reconciliation in mid–March. U.S. forces were already withdrawing, replaced by troops from other nations. Many of these nations would automatically become part of UNOSOM II when the handoff took place. Thus, by January 20, while Somalia was by no means solved, the original plan and schedule were still on track.

THE CLINTON ADMINISTRATION SHIFTS

The Clinton administration entered office determined to concentrate on domestic policy, but it had also campaigned for a foreign policy that became known as "assertive multilateralism." Nonetheless, in its early days, the new administration continued to press the United Nations for a rapid hand–over to UNOSOM II, although some advocated that a substantial U.S. logistical presence remain. They were still skeptical that the United Nations was up to the job--continuing evidence of the clash of military cultures between the Pentagon and the secretariat. By late February, fighting among the Somali factions and with the international force led some U.S. officials to believe an even larger American contingent needed to remain to assist the United Nations.

These were the first signs that the original plan--to be out within three or four months--was changing. The real shift, however, came on March 26, when the Security Council adopted Resolution 814, largely because of American pressure. The resolution called on the secretary–general’s special representative "to assume responsibility for the consolidation, expansion, and maintenance of a secure environment throughout Somalia." The resolution also requested that the secretary–general seek financing for "the rehabilitation of the political institutions and economy of Somalia." The new U.S. Permanent Representative to the United Nations, Madeleine K. Albright, said unequivocally, "With this resolution, we will embark on an unprecedented enterprise aimed at nothing less than the restoration of an entire country as a proud, functioning and viable member of the community of nations." Not only did the Clinton administration endorse "nation–building" in Resolution 814, it contemplated that 8,000 American logistical troops would remain, along with a 1,000–man quick–reaction force, a major change from the original idea of essentially complete withdrawal. The initial cost now was estimated at $800 million, of which the United States would be assessed just under a third. There was little or no consultation with Congress about this major change in direction, and very little press reporting. The actual hand–over to UNOSOM II dragged on until May 4.

Only weeks afterward, violence broke out again in Mogadishu and other parts of Somalia. On June 5, forces believed to be under the command of General Aideed attacked UNOSOM II, killing at least 23 Pakistani peacekeepers and wounding scores more. Acting swiftly, the Security Council adopted Resolution 837 on June 6, authorizing the arrest of Aideed and others responsible for the attack. U.S. combat forces returned to strike positions believed to be held by Aideed followers. There was again little or no consultation with Congress.

These two resolutions, coming in the early days of the Clinton administration, marked a pronounced shift in American policy. This was not simply "mission creep" into another international quagmire, but a deliberate experiment in "assertive multilateralism." Now the United States had done more than commit itself to the vague and expansive language of the "nation–building" resolution. Through Admiral Jonathan Howe, the American serving as the secretary–general’s new special representative--a strong advocate of punitive action against Aideed--the United Nations had effectively taken sides against Aideed in retaliation for the ambush of the Pakistani peacekeepers, thus making it simply another armed Somali faction. The United Nations lost its role as an honest broker by militarily opposing Aideed. Nation–building was to be complicated enough, but the U.N.–U.S. force was now going to have to attempt that project under combat conditions, at least in Mogadishu. Nonetheless, Admiral Howe remained confident he was quoted in Newsweek on July 12 saying, "We’re going to do the job, and the rest of the country will follow."

Military operations continued throughout the summer, sometimes directed against civilians, usually accompanied by statements about Aideed’s forces having been badly damaged. Now, however, members of Congress began to stir Senate President pro tem Robert C. Byrd (D–W.Va.) called for the withdrawal of American forces, referring specifically to President Bush’s plan for only a very brief American humanitarian mission. U.S. and U.N. casualties mounted, and Aideed remained at large. More U.S. forces were committed, including elite Ranger units.

Despite these problems, the Clinton administration held steadfast to its broad policy objectives. In a major address on August 27, Secretary of Defense Les Aspin said: "We went there to save a people, and we succeeded. We are staying there now to help those same people rebuild their nation." He added, "President Clinton has given us clear direction to stay the course with other nations to help Somalia," thus removing any earlier doubts that the president was not fully engaged with his administration’s policy.

"Stay the course" is exactly what the administration did, despite the parade of headlines announcing new casualties and growing, bipartisan congressional concerns. In the single most compelling piece of evidence of its continued commitment to its redefinition of the mission, the administration pushed the Security Council to adopt Resolution 865 on September 22, effectively locking in a "nation–building" U.N. presence in Somalia until at least 1995. That resolution reaffirmed the Security Council’s endorsement of continuing "the process of national reconciliation and political settlement" begun earlier. The resolution stressed that the highest priority for UNOSOM II was to assist "in the furtherance of the national reconciliation process and to promote and advance the re-establishment of regional and national institutions and civil administration in the entire country" as outlined in the original "nation–building" resolution, 814. Three days later, Somali militiamen shot down a Black Hawk helicopter, killing three Americans. All of these events were taking place in the context of confused administration efforts (culminating in the president’s September 27 speech to the General Assembly) to articulate more fully what its larger peacekeeping policies actually were.

By this point, the White House was clearly worried, but not worried enough to avert the October 3 disaster in which at least 17 Americans were killed, and many more wounded, in a fierce firefight in Mogadishu. One American was taken hostage, and one of his deceased comrades was dragged naked through the capital’s streets, appearing in media pictures around the world. This time, bipartisan congressional anger erupted, and the Clinton administration’s efforts to defend itself failed. The Wall Street Journal reported on October 7 that lawmakers who attended a congressional briefing on October 5 said Secretary Aspin was "confused and contradictory" and that Warren Christopher "sat virtually silent." The administration immediately reached for new options, deciding to double the total American military presence in Somalia and offshore, while announcing the intention to withdraw entirely by March 31, 1994. "Nation–building" had thus become a desperate search for a face–saving American withdrawal, exactly one year after Americans would have departed under President Bush’s original plan

Certain key judgments emerge from the record of the American intervention in Somalia to date:

First, the original, limited mission proposed by President Bush was deliberately and consciously expanded by the Clinton administration. Although incrementalism marks most foreign policy decision–making, the shift in American policy in March and June 1993 was deliberate, and it reflected what Clinton’s national security decision–makers believed was consistent with the president’s broad policy outlines.

Second, the role the Clinton administration envisioned for the United Nations in Somalia was a "peace enforcement" role, akin to the original American-led coalition mandate, rather than a more traditional "peacekeeping" role. Whether the United Nations was ready for such a role is now very much open to question But more is at stake than the competence of the United Nations. We must now question whether in fact it is sensible to ask the United Nations to engage in peace enforcement when the principal military muscle for such an operation is unable politically to sustain the risks and casualties that peace enforcement necessarily entails. The Clinton policy expanded the U.N. role dramatically but brought the United States to the verge of withdrawing without having seen that larger role through successfully. Many of the same arguments have recently been raised about Clinton administration policy in Bosnia and Haiti. This reflects no credit on the United States.

Third, whatever the real meaning of "assertive multilateralism," that policy died an early death in Somalia. U.S. experience there demonstrates the hard truth that the United Nations works only when the United States leads the organization to a final conclusion. There is no multilateral system with a life and will of its own There is only leadership by one or more like–minded nations that persuades the United Nations’ other members to follow. Within the U.S. system, Congress wants American leadership--whether through the United Nations or otherwise—only where clear American national interests are at stake.

Finally, we must now ask whether a United States–led coalition can truly hand over an operation to the United Nations and then withdraw. A distinct minority within the Bush administration was skeptical of the original American deployment precisely because of concern that it would be much easier to get into Somalia than to get out. The real lesson of the American experience in attempting to relieve the famine in Somalia is that any administration must play out the long-range consequences even of humanitarian decisions because of the complex political and military consequences inevitably entailed. Somalia was the wrong place at the wrong time for the Clinton administration to experiment. The American dead prove that point.


October 3-4, 1993: The Battle of Mogadishu– Analysis and Conclusion

The battle of Mogadishu was a watershed event for Washington. Despite overwhelming odds, TFR survived a harrowing mission. The Americans’ spirited defense and actions resulted in a tactical victory, with a large number of Somali casualties and the successful capture of 24 SNA personnel. Aideed and the SNA suffered tremendous punishment, and some TFR and UN officers believed that the SNA would have crumbled if the Americans had struck again.

Yet the battle was a costly victory, with many Americans killed and wounded. Horrified by the carnage, the American public and Congress quickly turned against Clinton’s policy in Somalia. Amongst the most poignant scenes from Mogadishu was the mistreatment of American dead and of Durant at the hands of the SNA and Mogadishu residents. Many Americans expressed outrage, especially as US forces had been helping to avert Somali famine. Clinton quickly announced, on October 7, America’s withdrawal from Somalia by March 31, 1994. The President also ordered TFR to leave Somalia it departed Mogadishu on October 25.

The US retreat handed Aideed what he most wanted, as after the Americans left the UN would soon follow. The SNA claimed a strategic victory. This situation appeared similar to that of the 1968 Tet Offensive in South Vietnam, in which the Viet Cong had suffered tremendous losses but Washington, stung by a strategic surprise, began plans to curtail its involvement in the war and turn to a negotiated settlement. The Mogadishu fight would not only have immediate effects in Somalia, but affect future US involvement in Africa. Some critics argue that Washington’s reluctance to get drawn into further African civil wars, like Rwanda, was due partly to Mogadishu.

Mogadishu offers several lessons in fighting a guerilla force in an urban environment. One of the major problems facing the Americans was trying to accomplish unclear political objectives using military means. The initial UN goal was to feed Somalis, but the objective then changed to securing and finally rebuilding Somalia. Once the UN announced a reward for Aideed’s capture, the chance for a political settlement was greatly diminished. Trying to weaken and isolate Aideed and his supporters only seemed to create more friction between Somalis and the UN and exacerbated the situation. If the UN captured Aideed, would not another clan or warlord take control over Somalia?

American forces had a technological advantage over the SNA. Still, technology alone could not trump a wily and dedicated foe. Helicopters provided speed and surprise at decisive points. Although they were an integral part of TFR, the helicopter also became an Achilles heel when their loss forced a change of mission from raid to rescue. Without a means to extract the downed crews, American and UN forces had to fight to save and recover TFR.

Surprise was a key element for success in the TFR raids. Unfortunately, the location of TFR, at the airport, allowed many Somali contractors and observers to witness activities that could tip off the SNA on pending operations. A potential lapse in operational security allowed SNA operatives to alert the militia throughout the city. Similarly, the repeated use of templates for planning allowed the Somalis to create countermeasures to the Americans, such as using RPGs as surface-to-air missiles against the helicopters. The reward on Aideed also telegraphed the UN’s intention to widen the conflict. TFR’s arrival confirmed this view to the Somalis, as it was the means to accomplish Aideed’s capture. TFR also used its ability to operate at night to accomplish most of its previous raids. Unfortunately, it had to respond to what the situation dictated, and the October 3 mission was launched in daylight, negating TFR’s ability to surprise the Black Sea residents and the advantages of night operations.

Much confusion surrounding the TFR operations involved issues of unity of command. The UNOSOM II forces had a chain of command to Bir Garrison reported directly to CENTCOM and bypassed the UN. Garrison could act independently of the UN and was not obligated to follow their directives. He did inform both the UN and Montgomery of certain operations, but only with the minimum of information. Montgomery nominally worked for Bir, but he also had command of the US Forces Somalia. Montgomery, like Garrison, reported to CENTCOM under this command arrangement. Although Garrison and Montgomery worked under the same headquarters, long-range unified planning was limited. Many efforts within the organizations had duplicated missions. The lack of a timely response to rescue TFR may, in part, have been the result of a divided chain of command. Additionally, Howe and the TFR seemed to work independently. Coordinated efforts to solve the clan problems appeared limited.

There were many unknown mission variables. Some of these variables – like inconsistent intelligence, unknown levels of opposition, technical malfunctions, units getting lost, accidents, and other incidents – could lead to mission failure. Despite these factors, TFR used only two templates. Using the strongpoint or convoy templates simplified the mission planning, but also constrained options for the commander. In addition, mission contingencies were restricted to the CSAR helicopter for immediate response and an on-call capability from the QRF and UN. Although these forces were well equipped, they had to face hundreds of armed Aideed supporters. AH-1 and AH-6 attack helicopters did provide some fire-support flexibility, but they also had limited firepower and numbers. Aspin’s decision to withhold AC-130s, tanks, and APCs inhibited Garrison’s options. Somalis feared the AC-130s, with their long loiter times, night vision and massive firepower. M1 Abrams tanks and M2 Bradleys could have broken through to the crash sites faster and with fewer casualties than the HMMWVs and trucks. There has been much debate and controversy over the denial of requests for these weapons.

The Pentagon’s desire to keep the force in Somalia small, while conducting actual military operations, seemed contradictory. Under UNITAF, the United States contributed two divisions and many support forces to conduct peacekeeping operations. The only American combat forces available in October were TFR and the QRF to raid and strike against one of the most powerful clans in Somalia. Under UNITAF, the Army and Marine Corps units could intimidate the clans. The UNOSOM II forces did not have the same impact as the American UNITAF forces, which conducted continual sweeps and checkpoint security around the city. TFR and the QRF could not provide the same level of presence nor reaction to the SNA as UNITAF. Unless Washington provided overwhelming military force, TFR/QRF operations ran a greater risk of failure.

Overconfidence in TFR capabilities also played a part in the problems during the raid. Many Rangers believed that the raid would not last long and would encounter little opposition. They had conducted similar raids in the past and this particular mission seemed like a repeat of the previous efforts, except now the location was in the heart of Aideed-controlled territory and in daylight. Soldiers did not take water, they modified equipment loads, and left behind night-vision goggles. Pilots acknowledged the Black Hawk helicopter destruction a week earlier, but they largely ignored this key event until the downing of Super 61. Repeated American templates also demonstrated the lack of awareness of Somali abilities to adapt to those tactics. Aideed correctly positioned forces to force down a helicopter and he knew the Americans would attempt to rescue its endangered crew. From there, he could surround the crew and their rescue forces and destroy it while other SNA fighters blocked any reinforcements. Unfortunately, many Americans planners did not believe the Somalis could organize and execute such an operation.

Once Wolcott’s helicopter was down, the Somalis altered the mission’s nature. TFR plans and actions had focused on swift offensive actions. The Americans exercised their ability to select their targets and strike at areas of weakness against a superior force. Once they took a prisoner or raided a facility, they could quickly leave. On October 3, the Rangers and Delta members faced a different conflict they were now on the defensive and did not hold the initiative against the Somalis. The fight became a slugging match in which the SNA supporters were willing to sacrifice many to kill Americans. This attritional battle was a consequence not envisaged in the TFR plans. Fortunately, Super 66’s resupply effort and the QRF and UN relief column averted a potential disaster for the Americans.

Although TFR and other Americans had conducted orientation trips to Somalia before deployment, and the soldiers did have introductory courses on the area, the US troops still had difficulty understanding the environment in which they operated. Inter-clan warfare, urban fighting, harsh African conditions, working with the UN and NGOs, and other environmental factors affected TFR. Understanding the people of Somalia and gaining their trust, especially when TFR relied on HUMINT, was critical to success. Perhaps using other clans against the Habr Gidr, improved intelligence, psychological operations, diplomacy, and more sophisticated military means could indeed have stifled Aideed. Trying to fight an enemy who did not wear a uniform or distinctive insignia, and who could blend into the local environment, was frustrating to the UN troops and the Americans, especially in a dense urban environment like Mogadishu. Although the Americans tried to avoid unnecessary fire, combat operations often resulted in civilian casualties. These casualties contributed to further hatred of TFR and added more fighters to Aideed’s side.

American casualties brought immediate, intense aversion from the American public. Somalia was not a vital national interest for Washington. The public had lost interest in the Somali mission and most US citizens were unaware of the change from humanitarian famine relief to nation building. In the course of a year, Americans had turned from transporting food to conducting military operations. Mission creep expanded America’s role, but Washington seemed unsure of a desired end state for Somalia. Given the ambiguous mission in Mogadishu and 18 deaths, the immediate demand for withdrawal seemed a logical conclusion.

Aideed was very adept at using his limited resources to combat the Americans and the UN. He aimed at the one center of gravity that would alter the conflict – the American public. Raising the level of violence, demonstrating a willingness and ability to fight a prolonged war, and the skillful manipulation of the media allowed Aideed to turn the tables on Washington. He made rebuilding Somalia too costly for the Americans. Any peace efforts would have to come through him. American technology and superior firepower did not automatically translate into victory. Like all conflicts, the results came down to which side implemented the best strategy.

If there was a bright spot for the Americans, it was the TFR and QFR adaptability to adjust to a fluid situation and avert a major catastrophe. Small-unit leadership and tactics worked relatively well in the defensive positions throughout the night of the battle. American actions proved Somali clan assumptions wrong when they questioned the Americans’ determination to fight while taking casualties. TFR and QRF forces continued to mount relief columns into the most deadly parts of Mogadishu to relieve their surrounded comrades. The Little Bird crews flew into the heart of Somali opposition to prevent it from overwhelming the forces at Super 61, despite anti-helicopter RPG fire.

The battle of Mogadishu provides a good case study of future crises in failed states. Despite using specially trained SOF, the Americans faced many problems trying to find and capture Aideed, problems that they would repeat a decade later in Iraq and Afghanistan. Irregular warfare, an anonymous foe, ambiguous strategy, operating in a complex tribal state, and conflicting political objectives have become common factors in today’s conflicts much like Somalia in 1993.

Conclusión

By 1992, Washington had come to Somalia to solve famine and civil unrest in a demonstration of US post-Cold War confidence. Yet operating in a failed state proved a tougher challenge than envisaged. The mission expanded into an unending fight between UN personnel and Somali clans, both vying for control over a war-torn region. After the Mogadishu raid, America withdrew largely from Africa and became more skeptical of direct involvement in unstable nations. The fight for Mogadishu literally changed American foreign policy, especially in Africa, for years.

Despite TFR’s eventual tactical victory, the raid on October 3, 1993, was a strategic failure. Once the SNA adapted to the American tactics, the Somalis almost destroyed the Super 61 rescue force. Technologically advanced weapons could not overcome some of the serious issues from which TFR suffered. The loss of surprise, security problems, and other issues, coupled with the Somalis’ waging of an asymmetric campaign, overcame the American ability to respond quickly and strike with impunity. Aideed’s change in strategy caught TFR’s SOF in a desperate situation. Fortunately, the leadership and training of US forces proved their worth and saved them from an overwhelming defeat.

The battle of Mogadishu was an example of future problems that Washington would face fighting clans or irregular forces in cities. The American military did not want to become involved in nation-building efforts that they were not trained, organized, or equipped to accomplish. Washington had to recognize its limit of power, especially after losing its political will to continue operating in Somalia. Vague political objectives and flawed decisions created the conditions that ultimately defeated America’s mission in Somalia. The loss of resolve to remain in Mogadishu forced the UN to negotiate with Aideed after America’s announced withdrawal from the region. Aideed declared himself president, but this claim did not unify Somalia. Others vied for control. Aideed stayed in power until he died of a gunshot wound in 1996. Curiously, the SNA named his son as the president. His son had emigrated to the United States and had become an American citizen. He even served as a US Marine in UNITAF. He later resigned as president in an attempt to create a new government for Somalia, but the move failed.

Somalia continued as a failed state for years. Although the people of Somalia elected a coalition government, it could not stop the country becoming a hotbed for training and raising Islamic terrorists, and Islamic leaders took control of southern Somalia. Fighting between clans continues today and economic failure still sweeps the land. Somalia’s main economic activities are criminal ones, including piracy. Crime and terrorism threaten the stability of the neighboring nations. The problems that the US forces attempted to solve back in 1993 have, sadly, continued to this day, with little sign of abating.


Why Somalia Matters

Somalia briefly hit the news radar last month when pirates off its coast hijacked the largest ship ever seized in history. Usually this spectacularly failed state stays off the map, a horrifying, vicious, forgotten backwater. I’ve covered Somalia’s anarchy for 18 years: civil war, famine, the 𠇋lack Hawk Down” battle, warlords, piracy, even toxic-waste dumping. While reporting on Somalia this year, I’ve survived gunfire, a roadside-bomb blast, and attempts at abduction or assassination.

Aside from the humanitarian suffering—thousands killed in Mogadishu’s fighting this past year, four million hungry—it is time we woke up to what else is unfolding in Somalia. The world allowed Afghanistan to fester in brutal isolation until 2001, and look what came to pass. In Somalia, organized crime and Islamist extremism have been incubating for years. Now they threaten to metastasize globally, Afghanistan-style. George W. Bush’s policies in Africa’s Horn have been disastrous. But events on the ground provide the U.S. president-elect, Barack Obama, with fresh opportunities.

When Somalia collapsed, in 1991, the end of the Cold War left it awash in weaponry, but strategically it was devalued real estate. Things degenerated into tribal bloodletting. A friend in Mogadishu called it “geno-suicide,” but since it had no impact on Western interests, nobody lifted a finger to help. Then 300,000 children starved to death. Presidents George H. W. Bush and Bill Clinton sent troops to rescue and feed famine victims. Those troops were swiftly sucked into a feud with warlord militias that culminated in the 1993 battle described by Mark Bowden in his book Black Hawk Down: two American helicopters were shot down, 18 soldiers were killed, and at least one of the dead Americans was dragged through the streets by angry mobs. After that, nation-building efforts were abandoned. Somalia was so unimportant that, after the Americans left, C.I.A. files were discovered dumped in the Mogadishu airport’s departure lounge.

A Somali pirate stands guard on the coast of Hobyo, where his compatriots were holding the Greek tanker MV CPT Stephanos, October 16, 2008. There have been dozens of attacks in 2008 off the coast of Somalia. © Badri Media/E.P.A./Corbis.

Even the bombing of U.S. embassies in East Africa by a Somalia-based al-Qaeda cell failed to revive America’s interest. By 9/11, the U.S. had such inadequate intelligence and policy resources that it was forced to rely on regional ally Ethiopia for an off-the-peg strategy. A series of misadventures followed, culminating in a rogue C.I.A. effort to bolster the power of bloodthirsty warlords in Mogadishu simply because they were 𠇊nti-terrorist.” Henceforth, America’s objectives in Somalia𠅊 country of 9.5 million—were to be framed around the hunt for the East African embassy bombers, a handful of individuals.

Horrified, the local citizenry backed a takeover of Mogadishu, in mid-2006, by Islamists with a Taliban-like vanguard force known as Al-Shabaab (the Youth). The militants ruled for six months, and I saw them stamp out rampant crime, including piracy. They opened trade routes and revived the economy. Diaspora Somalis returned in droves. Somalis are generally moderate Muslims. Ordinary folk swiftly became disillusioned by puritanical bans on music, World Cup football matches on TV, dancing at weddings𠅎ven cell-phone ringtones that were “un-Islamic.” What I witnessed in Mogadishu suggested that Somalis were moving toward a rejection of extremism. But just as that process was advancing, Jendayi Fraser, the U.S. State Department’s top official for Africa, claimed that Somalia’s Islamists were 𠇌ontrolled by al-Qaeda,” and ruled out negotiations.

Already involved in Iraq and Afghanistan, America chose to pursue a proxy war in Africa’s Horn. When U.S.-backed Ethiopian forces invaded Mogadishu, two years ago, they immediately sparked a vicious insurgency. Fighting has since claimed more than 10,000 civilian lives. The already war-damaged capital has been reduced to ruins. Most of the city’s one million citizens have fled to refugee camps. U.S. air strikes have killed perhaps two high-value terrorist targets while swelling the insurgent ranks with a new generation of Somali militants.

On the ground, reports abound that foreign jihadis from Pakistan and Iraq are also pouring into Somalia. They have imported the faddish technology of jihad—I.E.D.’s, suicide bombers, even the decapitation of hostages on video. A small gang of fugitive, Somalia-based al-Qaeda operatives has expanded into an army. The very nightmare Washington sought to avoid has become reality.

Masked Islamist insurgents from Sheikh Aweys’s Islamic Front of Somalia show off captured soldiers from the transitional federal government, Mogadishu, September 6, 2008. Somalia’s interim government, established in 2004, has been plagued by internal feuds and crippled by an Islamist-led, anti-Ethiopia insurgency. © Badri Media/E.P.A./Corbis.

Bizarrely, al-Shabaab militants are the only forces in Somalia that have vowed to stamp out piracy. The Western-backed government of President Abdullahi Yusuf claims it can do little𠅋ut that is because our 𠇊llies” have links to the pirates themselves through their clans. Ministers, former police chiefs, and mayors from among the president’s clans are the pirates’ godfathers and investors. In some ports, pirates pay the salaries of police forces who were formerly trained and equipped with Western funds.

Piracy on the high seas simply reflects what happens on dry land. In Mogadishu earlier this year I found a Western-supported government that was rotten to the core. Victims claimed that instead of arresting terrorists, the intelligence services held civilians in dungeons and extorted ransoms from their families. The police did the same, with senior officers behaving like warlords. Government and insurgent forces traded heavy artillery fire in civilian districts with devastating consequences. Humanitarian-aid supplies were pillaged. Incredibly, I discovered that leaders on both sides in this conflict migrate between the killing fields of Somalia and Western countries. The reason: they hold European Union or U.S. passports. Increasingly, so do the pirates.

Al Shabaab militants who have seized much of southern Somalia are now on the brink of overwhelming Mogadishu. Ethiopian forces are edging toward withdrawal, together with a beleaguered force of African peacekeepers. If the jihadi militants succeed in Mogadishu, it will be the first time an al-Qaeda ally has controlled a country since the Taliban in Afghanistan before 2001. This time, their foreign agenda could be both more organized and more aggressive against the outside world. More moderate factions among Islamists and in President Abdullahi Yusuf’s government could still reach a compromise𠅎xcluding both al-Qaeda cohorts and Western-backed gangsters. Negotiations between the moderates are ongoing.

That process attracts scant international interest, but it provides an opportunity for incoming President Obama and his chosen secretary of state, Hillary Clinton. For seven years, the Bush administration has exacerbated conflict in Somalia by focusing on anti-terror operations to the detriment of diplomatic and humanitarian concerns. This strategy has failed, leaving Somalia severely traumatized. The road to recovery is fraught with peril, but now is the time for a more balanced, humane policy. This means investing resources in Somali-led peace initiatives rather than in ones imposed from abroad. There is no real international appetite for a peacekeeping military intervention on the scale needed, and, based on earlier failures, it might not even be wise to pursue such a course. That leaves diplomacy. Ultimately, the only way to prevent Somalia from becoming a home to terrorists is to restore the rule of law.

We must try, however long it takes. Pretending Somalia doesn’t exist is no longer an option.


What A Downed Black Hawk In Somalia Taught America

A U.S. UH-60 Black Hawk helicopter flies over Somalia in September 1993, a month before the battle of Mogadishu.

Alexander Joe/AFP/Getty Images

This week marked the 20th anniversary of the Battle of Mogadishu, the deadliest firefight U.S. forces had faced since Vietnam.

The incident ultimately pushed the U.S. out of Somalia, leaving a safe haven for extremist groups.

It continues to impact U.S. foreign policy today, from the rise of Islamists to the nation's reaction when asked to send American troops into harm's way.

'Things Did Not Go Well'

There was never even supposed to be a Battle of Mogadishu. In one of his final acts after losing the 1992 election to Bill Clinton, President George H.W. Bush sent American forces into Somalia on a humanitarian mission to bring food to the victims of a raging civil war and man-made famine.

But by the fall of 1993, the mission had expanded to one of restoring a government in Somalia. On Oct. 3, a special ops team was sent into Mogadishu to arrest two top lieutenants of the warlord Mohammed Aidid, who controlled the city.

"They estimated it would take 30 minutes to 45 minutes to conduct the raid, but things did not go well," says journalist Mark Bowden, who reported on the events of that day.

His account, first in El investigador de Filadelfia, then in a book and finally in a blockbuster film, gave the Battle of Mogadishu the name by which it's better known today: Black Hawk Down.

Bowden interviewed the men who survived the mission, including Shawn Nelson, an M60 gunner who roped down to the scene from a helicopter.

In December 1993, Somali children play around the wreckage of a U.S. helicopter in Mogadishu. Alexander Joe/AFP/Getty Images ocultar leyenda

In December 1993, Somali children play around the wreckage of a U.S. helicopter in Mogadishu.

Alexander Joe/AFP/Getty Images

"We immediately started taking fire from the ground. I could see people below us with weapons maneuvering about," he told Bowden.

Nelson said that rangers did arrest their two targets, along with about 20 other Somalis who were in a house with them. But taking on so much fire in the busy streets, there was no way to get out fast.

"The longer they stayed, the intensity of the fire that the troops encountered increased, including the fire directed at the helicopters overhead," Bowden says.

About 40 minutes into the mission, one of the Black Hawk helicopters circling overheard was hit by a rocket-propelled grenade, spun out of control and crashed. Not long after, a second Black Hawk was shot down. More men were sent in to secure the crash sites and get the soldiers out. But the rescue team itself got pinned down.

"I said a little prayer," says Spc. Phil Lepre, who was on that rescue convoy, "took off my helmet, looked at my daughter's picture, I said, 'Babe, I hope you have a wonderful life.' "

The 15-hour battle that ensued left 18 Americans dead and 73 injured. Hundreds, perhaps thousands, of Somalis were killed. U.S. Army pilot Mike Durant was captured and held by Somali militants for 11 days.

Lasting Consequences

Meanwhile, back in America, the same news networks that broadcast the start of the peaceful humanitarian mission less than a year earlier now ran horrific footage of Aidid supporters desecrating the corpses of U.S. soldiers.

All of this intensified the pressure on then-President Clinton to get U.S. troops out of the country.

"We had gotten to a point . where we kind of thought that we could intervene militarily without getting hurt, without our soldiers getting killed. The incident that I call Black Hawk Down certainly disabused us of that," Bowden tells Arun Rath, host of All Things Considered.

After the Battle of Mogadishu, Clinton said that it was a mistake for the United States to play the role of police officer in Somalia. He announced a six-month plan to remove U.S. troops from the country.

África

Western Money, African Boots: A Formula For Africa's Conflicts

The battle likely caused "an excessive concern [to] avoid risking American forces on the ground" during the Clinton administration, Bowden says. And to an extent, that calculation continues to play a role in foreign policy decisions, he says, even through the wars in Iraq and Afghanistan.

The incident also had an impact on extremists, who could take advantage of the U.S. withdrawal. The lawlessness that followed the American exit created a recruiting ground for terrorist organizations.

"They are by definition extremists, so they lack a large degree of popular support. They can only succeed in areas where they can impose their rule," Bowden says. Plus, four years after the battle, the only schools open in Mogadishu were those run by Islamists.

"So we, by withdrawing from Somalia, left a lawless region ripe for al-Qaida and gave at least a whole generation of Somalis over to these Islamist fundamentalists to be educated and groomed," Bowden says.

When the U.S. announced its withdrawal, it also gave Osama bin Laden a narrative to latch onto.

"His message was, 'Well, we can defeat this great power because they're not used to hardship and tragedy, so if we can inflict that they'll retreat,' " Bowden says. That message was aimed at those who might have previously been deterred by the United States' power.

If It Happened Again

Since 1993, there have been significant advances to America's special operations.

"Our ability to gather intelligence to find people, to observe them from a distance with the addition of a fleet of drones that we now have flying is vastly improved," Bowden says. "And we also have special operators who — after Iraq and Afghanistan — who have had more experience conducting the kind of raid that took place back in 1993 than any force like it in the history of the world."

If conducted today, the Mogadishu raid would have been done more efficiently, Bowden suspects. He says there also would be better intelligence about the risks ahead of time. But that's not to say there wouldn't be hiccups.

"The men who conducted that raid [in '93] were extremely professional, and they didn't do anything wrong," he says. "The fact is that when you go into combat, it's very not only possible but very likely that . unanticipated things will happen and you'll end up in a much bigger fight than you would prefer."


Ver el vídeo: Somalia: El País Donde Estados Unidos Ha Aumentado Sus Ataques Militares (Octubre 2021).