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Roma extiende sus alas: expansión territorial entre las guerras púnicas, Gareth C. Sampson

Roma extiende sus alas: expansión territorial entre las guerras púnicas, Gareth C. Sampson

Roma extiende sus alas: expansión territorial entre las guerras púnicas, Gareth C. Sampson

Roma extiende sus alas: expansión territorial entre las guerras púnicas, Gareth C. Sampson

Las tres Guerras Púnicas son probablemente las guerras extranjeras más famosas libradas por la República Romana (en particular la Segunda Guerra Púnica, con sus imágenes de Aníbal, sus elefantes y su aplastante victoria en Cannas), pero el mismo período también vio a los romanos pelear su primero guerras a través del Adriático, y finalmente derrotar a las tribus galas del norte de Italia, una amenaza de larga data para la propia ciudad de Roma. Este período también vio a Cartago intentar recuperarse de su derrota en la Primera Guerra Púnica estableciendo un nuevo imperio en España.

Aunque las Guerras Púnicas están bastante bien documentadas, las brechas entre ellas están menos bien atendidas. Muchas de las historias que sobreviven se precipitan sobre estos períodos y prefieren centrarse en los dramáticos enfrentamientos con Cartago, y en otros casos las secciones que cubren las brechas entre las guerras se pierden por completo (el Libro 20 de Livio es quizás la brecha más frustrante). El autor no pasa por alto estos problemas, y en muchas secciones la discusión de las lagunas en las fuentes, los problemas con las fuentes supervivientes y las contradicciones entre las fuentes en competencia están en el centro de la discusión. Estos debates están respaldados por extractos considerables de las diversas fuentes. Una pequeña objeción aquí: a veces se dan dos o tres fuentes diferentes en secuencia, pero solo se identifican en las notas al final del libro, lo que las hace efectivamente sin referencias: poner los nombres del autor después de cada fuente habría hecho que este excelente enfoque fuera más efectivo.

Me gusta el enfoque de Sampson sobre este período. Sigue en gran medida a Polibio, cuya historia es la mejor fuente sobreviviente, pero luego trae versiones alternativas de los eventos, sugiriendo dónde pueden proporcionar detalles adicionales o reflejar errores posteriores. Pensé que estaba bastante familiarizado con este período, pero no me había dado cuenta de la seria amenaza que los galos del norte de Italia representaban para el poder romano en ese momento, de cuánto esfuerzo se dedicaron a las guerras de las Galias o de lo cerca que estuvieron directamente los galos. amenazando la ciudad: al comienzo de este período, los romanos apenas controlaban el valle del Po en el norte de Italia, por lo que su poder se limitaba al centro y sur de Italia, algo que debo admitir que no me había dado cuenta. Este es el período en el que Roma completó la conquista del norte de Italia, eliminando a uno de sus enemigos más peligrosos y, por lo tanto, es de gran importancia.

Este es un libro útil que ayuda a llenar un vacío en la historia militar de Roma, con un buen uso de las fuentes limitadas.

Capítulos
I - Roma antes y después de la Primera Guerra Púnica (338-218 a.C.)
1 - Expansión romana en Italia y más allá (338-241 a.C.)
2 - Expansión romana en el Mediterráneo - Sicilia, Cerdeña y Córcega (241-218 a.C.)

II - Expansión romana en Italia y Oriente (238-228 a.C.)
3 - Expansión romana en Italia - Las guerras de las Galias y Liguria (238-230 aC)
4 - Expansión romana en el Este - La Primera Guerra Iliria (230-228 aC)
5 - La expansión cartaginesa en España y la respuesta romana (237-226 a.C.)

III - Expansión romana en España y la respuesta romana (237-226 a.C.)
6 - La Guerra de las Galias I - El camino a Telamón
7 - La Segunda Guerra de las Galias - La Batalla de Telamón (225 aC)
8 - La Guerra de las Galias III - La invasión romana del norte de Italia (224-223 aC)
9 - La Guerra de las Galias IV - La batalla de Clastidium (222 a. C.) y campañas posteriores (222-218 a. C.)

IV - Las consecuencias de la expansión (225-218 a.C.)
10 - Expansión romana en el Este - La Segunda Guerra Iliria (219 aC)
11 - La expansión cartaginesa en España y la respuesta romana (225-218 a.C.)

Autor: Gareth C. Sampson
Edición: tapa dura
Páginas: 224
Editorial: Pen & Sword Military
Año: 2016



Gareth C. Sampson, Roma extiende sus alas: expansión territorial entre las guerras púnicas (Albright)

(Pen & amp Sword, 2016) 278 págs. £ 25.00

Volviendo su atención unos siglos antes del material de su libro anterior sobre la derrota de Roma contra Persia en Carrhae, Gareth Sampson encuentra un área de estudio provechosa para este excelente y reflexivo trabajo sobre la expansión territorial de Roma y Cartago entre los siglos I y II. Guerras Púnicas, logrando poner el comportamiento de Roma y Cartago en su contexto adecuado en lugar de ver todo lo hecho durante este período como simplemente un preludio de la guerra de Roma contra Aníbal. Un libro poco común de este período, el autor logra dar vida a una parte olvidada y oscura de la historia romana y alentar a los lectores que están tan inclinados a echar un vistazo a las escasas fuentes primarias del período.

La seriedad del autor acerca de examinar de manera crítica pero fiel el material de origen en cuestión se puede deducir de la forma en que se tratan en el libro las fuentes, en su mayoría romanas y grecorromanas. En el cuerpo principal del libro, las fuentes antiguas se citan con frecuencia, incluso cuando sus relatos son aparentemente contradictorios y requieren delicadeza en su manejo. Después del cuerpo principal del libro, que tiene algo más de 200 páginas, el autor pasa varias páginas discutiendo las fuentes existentes y perdidas tanto en el lado romano como en el cartaginés sobre este importante pero oscuro período. Después de esto, el autor proporciona una lista de gobernantes de diversas áreas de importancia, la narración, no solo los cónsules romanos, sino también los reyes y reinas de Ardiaei, Epiro y Macedonia, así como los bárcidos responsables de la expansión imperial de Cartago en España, analiza el posibilidad de un resurgimiento del tribuno de la plebe durante este período, y examina el asunto contencioso de la fuerza de mano de obra de Roma de Polibio.

El contenido principal del libro no es menos interesante entre los estudiantes de las Fuerzas Armadas de la República Romana. Los dos primeros capítulos dan cuenta de la expansión romana en Italia y más allá antes y después de la Primera Guerra Púnica, mostrando el lento crecimiento temprano de Roma y su expansión oportunista en Sicilia, Cerdeña y Córcega inmediatamente después de la Primera Guerra Púnica. Después de esto, el autor analiza las guerras de las Galias y Liguria entre el 238 y el 230 a.C., el primer ataque de Roma a través del Adriático en la Primera Guerra Iliria, y la expansión cartaginesa en España y la respuesta de Roma del 237 al 226 a.C. Cuatro capítulos discuten la crucial pero a menudo olvidada Guerra de las Galias de 228-218 a.C., donde la actitud inicialmente tentativa y temerosa de Roma hacia los odiados galos se transformó gradualmente en el dominio militar del norte de Italia. Los dos últimos capítulos del libro tratan las consecuencias de la expansión en la Segunda Guerra Iliria en el este y la respuesta romana a una mayor expansión cartaginesa de España que resultó en el estallido de la Segunda Guerra Púnica.

Los lectores que aprecien un trabajo histórico como Tomado en la inundación de Robin Waterfield probablemente encontrarán mucho que apreciar aquí también, con un examen similar y reflexivo de la gran estrategia romana o su ausencia, la forma en que los factores militares y políticos se influenciaron entre sí, y cómo las acciones de Roma no deben considerarse en el vacío, sino como parte de un contexto más amplio que incluye potencias imperiales rivales como Cartago y Macedonia, así como ciudades-estado más pequeñas y alianzas de ciudades y donde cada guerra trajo consecuencias y repercusiones que llevaron a a nuevos conflictos con viejos y nuevos enemigos por igual. Al proporcionar una narrativa seria y valiosa del tiempo entre la Primera y la Segunda Guerra Púnica, el autor además se las arregla para evitar mencionar a Hannibal hasta bien entrado el material del libro, lo cual es comprensible dada la tendencia de muchos estudiosos de la historia romana a ver a Hannibal como un un hombre de destino en torno al cual gira la historia de la época, más que un personaje talentoso pero originalmente periférico dentro de los pensamientos, ambiciones y planes del liderazgo político y militar contemporáneo de Roma.

Entre las percepciones más valiosas del autor se encuentra una reevaluación de algunos de los líderes olvidados de la República romana durante este tiempo, especialmente el valiente y heroico L. Aemilius Papus, cuyo liderazgo condujo a la destrucción del mito de la invencibilidad gala e incluso a la superioridad en el curso de una sola batalla masiva en Telamón. Sin embargo, el autor, como un profundo estudioso de la historia militar romana, señala astutamente cómo la naturaleza del orden político romano con su corto período de liderazgo y sus crecientes tensiones, incluso en esta era temprana entre los intereses del Senado y la plebe, llevó a los generales romanos a buscar personal. gloria a la cabeza de ejércitos o destacamentos con el riesgo ocasional de daño o pérdida para la República romana en su conjunto. Además, la discusión del autor no descuida una discusión sobre el comercio y la economía, así como la demografía y la logística, mostrándose más que un simple estudiante de batallas.

El resultado es un libro que vale la pena leer para el estudioso de la historia clásica romana. Tanto como una reevaluación crítica de la reputación de los oscuros líderes de Roma durante este período y como un libro con un interés considerable en la historia militar, política y diplomática, este trabajo tiene mucho que ofrecer a los estudiantes de la República Romana por su valor de investigación, así como por sus placeres como libro a nivel narrativo. Sampson arroja luz sobre un rincón oscuro de la historia romana y encuentra que Roma existe en un mundo complicado en el que se eleva de una potencia italiana a una potencia regional reconocida y temida por otros, y cuyas acciones con el fin de defender la seguridad de su país. propio reino y lidiar con sus propias tensiones políticas conducen a contraataques por parte de vecinos y rivales, lo que crea una imagen complicada de consecuencias no deseadas que conducen a décadas de guerra constante y al repentino y duradero aumento de la influencia romana alrededor de la cuenca del Mediterráneo, un tema que muy bien puede ser un área futura de la escritura de Sampson, dado su claro interés en abordar la historia militar de la República Romana en libros divertidos y bien investigados como este.


Roma extiende sus alas - Expansión territorial entre las guerras púnicas, Gareth C. Sampson - Historia

Las dos décadas entre el final de la Primera Guerra Púnica y el comienzo de la Segunda representan un período clave en el desarrollo de las ambiciones imperiales de Roma y rsquos, tanto dentro como fuera de Italia. Dentro de Italia, Roma se enfrentó a una invasión de los galos del norte de Italia, que amenazó la existencia misma del estado romano. Esta guerra culminó con la Batalla de Telamón y la victoria final romana contra los galos de Italia, dando a Roma el control de la península hasta los Alpes por primera vez en su historia. Más allá de las costas de Italia, Roma adquirió sus primeras provincias, en forma de Cerdeña y Córcega, estableció puntos de apoyo en Sicilia y España y cruzó el Adriático para establecer una presencia en el continente griego, poniendo a Roma en la órbita del mundo helenístico.

Sin embargo, este período a menudo se trata como nada más que un intermedio entre las dos guerras púnicas más conocidas, y cada campaña romana se realiza aparentemente en anticipación de un mayor conflicto con Cartago. Tal punto de vista pasa por alto dos factores clave que emergen de estas décadas: en primer lugar, que Roma enfrentó una amenaza mucho más grave en la forma de los galos del norte de Italia que la que había enfrentado a manos de los cartagineses en la Primera Guerra Púnica; en segundo lugar, que la Los cimientos del imperio de ultramar de Roma y los rsquos se establecieron en estas mismas décadas. Este trabajo busca restablecer el equilibrio y ver estas guerras por derecho propio, analizar qué tan cerca estuvo Roma de ser derrotada en Italia y evaluar la importancia de estas décadas como un período clave en la fundación del futuro imperio de Roma.

Sobre el Autor

Después de una exitosa carrera en finanzas corporativas, el Dr. Gareth Sampson regresó al estudio de la antigua Roma y obtuvo su doctorado en la Universidad de Manchester, donde actualmente enseña historia antigua. Ha realizado un estudio detallado de la historia política romana temprana y, en particular, del cargo político del tribuno de la plebe. Actualmente se dedica a un estudio de las luchas por el poder y la guerra civil de la última República y sus políticas expansionistas en el este.

OPINIONES

"Pero como una obra destinada principalmente a una audiencia popular, Sampson tiene éxito al presentar una narrativa vívida de la expansión romana de 241-218".

- Res Militares

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Guerra entre Inglaterra y Escocia a finales del siglo XIII y principios del XIV desde la Scalacronica

En 1355, Sir Thomas Gray de Heton, director del castillo de Norham, fue capturado durante la guerra con Escocia. Mientras estaba detenido en el Castillo de Edimburgo, Thomas comenzó a escribir la Scalacronica, una historia de Inglaterra hasta el reinado de Eduardo III, cuyo trabajo finalizó en 1362. Las secciones incluidas en esta traducción cubren algunos de los eventos en los que el padre de Thomas, también llamado Thomas Gray, estuvo involucrado, y las campañas y la guerra entre Eduardo I y II contra Escocia, incluida la batalla de Bannockburn.

Dicho Rey Eduardo [el Primero] fue a Escocia, invirtió el castillo de Carlaverock y lo tomó, después de lo cual el asedio de William Wallace fue tomado por John de Menteith cerca de Glasgow y llevado ante el Rey de Inglaterra, quien hizo que lo dibujaran y lo ahorcara. en Londres.

Dicho Rey hizo que la ciudad de Berwick fuera rodeada con un muro de piedra y, al regresar a Inglaterra, dejó a John de Segrave Guardián de Escocia. Los escoceses empezaron de nuevo a rebelarse contra el rey Eduardo de Inglaterra y eligieron a John de Comyn su tutor y jefe de su causa. En ese momento se produjeron grandes pasos de armas entre las Marcas, y notablemente en Teviotdale, antes del castillo de Roxburgh, entre Ingram de Umfraville, Robert de Keith, escoceses, y Robert de Hastings, alcaide de dicho castillo. John de Segrave, guardián de Escocia del rey Eduardo de Inglaterra, marchó con fuerza a Escocia con varios magnates de las Marcas inglesas, y con Patrick Earl de March, que era un partidario del rey inglés, llegó a Rosslyn, acampó alrededor del pueblo. , con su columna a su alrededor. Su avanzada estaba acampada a una legua de distancia en una aldea. John Comyn con sus seguidores hizo un ataque nocturno sobre dicho John de Segrave y lo desconcertó en la oscuridad y su avanzada, que estaba acampada en un lugar distante, no se dio cuenta de su derrota, por lo que llegaron por la mañana en orden de batalla. al mismo lugar donde habían dejado a su comandante durante la noche, con la intención de hacer su devoir, donde fueron atacados y derrotados por el número de escoceses, y Rafe the Cofferer fue asesinado.

Debido a esta noticia, el rey Eduardo marchó al año siguiente hacia Escocia y, en su primera entrada, acampó en Dryburgh. Hugh de Audley, con sesenta hombres de armas, encontrando dificultades para acampar junto al rey, fue [adelante] a Melrose y se instaló en la abadía. John Comyn, en ese momento Guardián de Escocia, estaba en el bosque de Ettrick con una gran fuerza de hombres armados, percibiendo la presencia de dicho Hugh en Melrose en el pueblo, lo atacó de noche y rompió las puertas, y mientras los ingleses en la abadía se formaron y montaron en sus caballos en la corte, ellos [¿los escoceses?] hicieron que las puertas se abrieran de par en par, [cuando] los escoceses entraron a caballo en gran número, derribaron al suelo a los ingleses que eran pocos en número, y los capturaron o los mataron a todos. El caballero Thomas Gray, después de ser golpeado, se apoderó de la casa fuera de la puerta y la mantuvo con la esperanza de ser rescatada hasta que la casa comenzó a arder sobre su cabeza, cuando él, con otros, fue hecho prisionero.

El rey Eduardo avanzó y celebró la fiesta de Navidad [1303] en Linlithgow, luego cabalgó por toda la tierra de Escocia y marchó a Dunfermline, donde John Comyn, al darse cuenta de que no podía resistir el poder del rey de Inglaterra, se entregó a la King & # 8217s misericordia, con la condición de que él y todos sus seguidores recuperaran todas sus posesiones legítimas, y volvieran a ser sus señores [Edward & # 8217] con lo cual se ejecutaron públicamente nuevos instrumentos.

John de Soulis no estuvo de acuerdo con las condiciones, dejó Escocia y se fue a Francia, donde murió. William Oliphant, un joven soltero escocés, hizo que el castillo de Stirling fuera guarnecido, sin dignarse a consentir las condiciones de John Comyn & # 8217, sino alegando resistir al León. El dicho rey Eduardo, que tenía a casi todo el pueblo de Escocia en su poder y en posesión de sus fortalezas, se presentó ante el castillo de Stirling, lo invirtió y lo atacó con muchas máquinas diferentes, ¡y lo tomó por la fuerza y ​​con un asedio de diecinueve semanas! Durante ese asedio, el caballero Thomas Gray fue golpeado en la cabeza por debajo de los ojos por el rayo de un springald, y cayó al suelo por muerto bajo las barreras del castillo. [Esto sucedió] justo cuando había rescatado a su amo, Henry de Beaumont, quien había sido atrapado en dichas barreras por un gancho lanzado desde una máquina, y estaba justo fuera de las barreras cuando dicho Thomas sacó a los contratados del peligro. Se trajo al dicho Thomas y se hizo desfilar una fiesta para enterrarlo, cuando en ese momento comenzó a moverse y mirar a su alrededor, y luego se recuperó.

El rey envió al capitán del castillo, William Oliphant, a la prisión de Londres e hizo que los caballeros de su ejército hicieran justas antes de su partida al final del asedio. Habiendo nombrado a sus oficiales en toda Escocia, marchó a MS. Inglaterra, y dejó a Aymer de Valence, conde de Pembroke, como guardián de Escocia, a quien entregó los bosques de Selkirk y Ettrick, donde en Selkirk dicho Aymer hizo construir un pele, y lo colocó en una fuerte guarnición.

La siguiente sección comienza en el reinado de Eduardo II.

En este momento, Thomas de Gray era el director del castillo de Cupar y Fife, y mientras viajaba fuera de Inglaterra desde la coronación del Rey hasta dicho castillo, Walter de Bickerton, un caballero de Escocia, que era partidario de Robert de Bruce, habiendo espiado el regreso de dicho Tomás, se colocó en una emboscada con más de cuatrocientos hombres por el camino que dicho Tomás pretendía pasar, de lo cual dicho Tomás fue advertido cuando apenas a media legua de la emboscada. No tenía más de veintiséis hombres de armas con él y percibió que no podía evitar un encuentro. Entonces, con la aprobación de su pueblo, tomó el camino directo hacia la emboscada, después de haber entregado un estandarte a sus mozos y les ordenó que lo siguieran en un intervalo no demasiado corto.

El enemigo montó en sus caballos y se formó para la acción, pensando que ellos [los ingleses] no podrían escapar de ellos. El dicho Tomás, con su gente, que estaba muy bien montada, golpeó con espuelas a su caballo y cargó contra el enemigo justo en el centro de su columna, llevando a muchos al suelo en su recorrido por el impacto de su caballo y lanza. Luego, girando las riendas, regresó de la misma manera y. cargó de nuevo, y una vez más regresó entre el grueso de la tropa, lo que animó tanto a su pueblo que todos lo siguieron de la misma manera, por lo que derribaron a muchos de los enemigos, cuyos caballos corrieron en estampida por el camino. Cuando ellos [el enemigo] se levantaron del suelo, percibieron que los mozos del dicho Tomás subían en buen orden, y comenzaron a volar hacia una turba seca que estaba cerca, por lo que casi todos [los demás] comenzaron a volar hacia el musgo, dejando sus caballos para sus pocos asaltantes. El dicho Thomas y sus hombres no pudieron acercarse a ellos a caballo, por lo que hizo que sus caballos fueran conducidos delante de ellos por el camino hacia dicho castillo, donde por la noche tenían un botín de nueve veinte caballos ensillados.

En otra ocasión, en un día de mercado, estando el pueblo lleno de gente del barrio, Alexander Frisel, adherente de Robert de Bruce, fue emboscado con un centenar de hombres de armas a media legua de dicho castillo, habiendo envió a otros de su gente a disparar contra una aldea al otro lado del castillo. El dicho Thomas, al escuchar el alboroto, montó un buen caballo antes de que su gente pudiera prepararse, y fue a ver qué pasaba. El enemigo salió de su emboscada ante las puertas de dicho castillo, porque sabían bien que él (Sir Thomas) había salido. El dicho Thomas, percibiendo esto, regresó a paso de pasos por el pueblo de Cupar, al final del cual se encontraba el castillo, por donde tenía que entrar a caballo, [y] donde habían ocupado toda la calle. Cuando se acercó a ellos golpeó su caballo con las espuelas de los que avanzaban contra él, golpeó el alba a unos con su lanza, a otros con la sacudida de su caballo, y pasando a través de todos ellos, desmontó a la puerta, metió su caballo, y se deslizó dentro de la barrera, donde encontró a su gente reunida.

Este rey Eduardo II, después de la conquista, otorgó gran afecto durante la vida de su padre a Piers de Gaveston, un joven de buena familia gascona, por lo que su padre se preocupó tanto de que [Piers] pudiera llevar a su hijo por mal camino, que causó él [Piers] fuera exiliado del reino, e incluso hizo que su hijo y su sobrino, Tomás de Lancaster, y otros magnates juraran que el exilio de dichos Piers sería irrevocable para siempre. Pero poco después de la muerte del padre, el hijo provocó que el mencionado Piers fuera llamado repentinamente, y lo hizo tomar por esposa a su hermana y la hija de Gloucester, una de las hijas de Gloucester, y lo convirtió en conde de Cornualles. Piers se volvió muy magnífico, liberal y bien educado en sus modales, pero altivo y arrogante en el debate, por lo que algunos de los grandes hombres del reino se sintieron profundamente ofendidos. Planearon su destrucción mientras servía al rey en la guerra de Escocia. Había hecho que se fortificara la ciudad de Dundee y se había comportado allí con más rudeza de lo que agradaban a los caballeros del país, de modo que tuvo que volver con el rey debido a la oposición de los barones. A su regreso lo sorprendieron y se lo llevaron en Scarborough, pero lo entregaron a Aymer de Valence con la condición de que lo llevaran ante el rey, de cuya gente [Aymer & # 8217] fue retomado cerca de Oxford, y llevado ante el Rey. Conde de Lancaster, que lo hizo decapitar cerca de Warwick, de donde surgió el odio mortal del Rey, que perduró para siempre entre ellos. Adam Banaster, un caballero soltero del condado de Lancaster, encabezó una revuelta contra dicho conde por instigación del rey, pero no pudo sostenerla, y fue apresado y decapitado por orden de dicho conde, que había hecho largas marchas para seguir. su gente [Banaster & # 8217].

Durante la disputa entre el rey y dicho conde, Robert de Brits, que ya se había levantado durante la vida del rey y el padre del rey, renovó sus fuerzas en Escocia, reclamando autoridad sobre el reino de Escocia, y sometió muchas de las tierras en Escocia, que antes fue sometida y sometida al Rey de Inglaterra y [esto fue] principalmente el resultado del mal gobierno de los funcionarios del Rey, quienes administraron [las tierras] con demasiada dureza en sus intereses privados.

Los castillos de Roxburgh y Edimburgo fueron capturados y desmantelados, castillos que estaban bajo la custodia de extranjeros, Roxburgh [estando] a cargo de Guillemyng Fenygges, un caballero de Borgoña, de quien James de Douglas capturó dicho castillo la noche del martes de carnaval. , dicho William fue asesinado por una flecha mientras defendía la gran torre. Peres Lebaud, un caballero gascón, era alguacil de Edimburgo, de quien la gente de Thomas Randolph, conde de Moray, que había sitiado dicho castillo, lo tomó en la parte más alta de la roca, donde no sospechaba peligro alguno. El dicho Peter se convirtió en escocés al servicio de Robert de Bruce, quien luego lo acusó de traición y lo hizo colgar y dibujar. Se dijo que sospechaba de él [Peres] porque era demasiado franco, creyendo que, sin embargo, era inglés de corazón, haciendo todo lo posible para no ofenderlo [a Bruce].

Dicho rey Eduardo planeó una expedición a estas partes, donde, al [intentar] el alivio del castillo de Stirling, fue derrotado y un gran número de su gente fue asesinado, [incluido] el conde de Gloucester y otros nobles de derecho personas y el conde de Hereford fue llevado en Bothwell, donde había batido la retirada, donde fue traicionado por el gobernador. Fue puesto en libertad [a cambio] por la esposa de Robert de Bruce y el obispo de St. Andrews.

En cuanto a la forma en que ocurrió este desconcierto, las crónicas explican que después de que el conde de Atholl había capturado la ciudad de St. John [Perth] para el uso de Robert de Bruce de William Oliphant, capitán [del mismo] del rey de Inglaterra , siendo en ese momento un partidario de su [Edward & # 8217s], aunque poco después de que lo abandonó, dicho Robert marchó con fuerza ante el castillo de Stirling, donde Philip de Moubray, caballero, tenía el mando de dicho castillo para el Rey de Inglaterra, hizo un trato con el dicho Robert de Bruce para entregar dicho castillo, que había sitiado, a menos que él [de Moubray] fuera relevado: es decir, a menos que el ejército inglés llegara a tres leguas de dicho castillo en ocho días del día de San Juan en el próximo verano, entregaría dicho castillo. El dicho Rey de Inglaterra vino por ese motivo, donde dicho alguacil Felipe lo recibió a tres leguas del castillo, el domingo, vigilia de San Juan, y le dijo que no tenía ocasión de acercarse más, porque él se consideró aliviado. Luego le contó cómo el enemigo había bloqueado los estrechos caminos del bosque.

[Pero] las tropas jóvenes de ninguna manera se detendrían, sino que se mantuvieron en su camino. La vanguardia, de la que estaba al mando el conde de Gloucester, entró en la carretera & # 8217 dentro del parque, donde fueron recibidos de inmediato por los escoceses que habían ocupado el pasaje. Aquí Peris de Mountforth, caballero, fue asesinado con un hacha por la mano de Robert de Bruce, como se informó.

Mientras la, dicha avanzada avanzaba siguiendo este camino, Robert Lord de Clifford y Henry de Beaumont, con trescientos hombres de armas, dieron un rodeo por el otro lado del bosque hacia el castillo, manteniendo el terreno abierto. Thomas Randolph, conde de Moray, Robert de Bruce y sobrino de Robert de Bruce, que era el líder de la avanzada escocesa, al enterarse de que su tío había rechazado a la avanzada de los ingleses al otro lado del bosque, pensó que debía tener su parte. , y saliendo del bosque con su división marchó a través del campo abierto hacia los dos señores antes mencionados.

Sir Henry de Beaumont llamó a sus hombres: "¡Esperemos un poco, que vengan y les den espacio!"

"Señor", dijo Sir Thomas Gray, "dudo que sea lo que sea que les dé ahora, lo recibirán demasiado pronto".

"¡Muy bien!" exclamó el dijo Henry, "si tienes miedo, vete! & # 8217

"Señor", respondió el dijo Thomas, "no es por miedo que voy a volar este día". Diciendo esto, se interpuso entre él [Beaumont] y Sir William Deyncourt, y cargó contra el enemigo. William fue asesinado, Thomas fue hecho prisionero, su caballo fue asesinado en las picas, y él mismo se lo llevó [los escoceses] a pie cuando marcharon, después de haber derrotado por completo al escuadrón de los dos señores mencionados Algunos de los cuales [el Inglés] huyó al castillo, otros al ejército del rey y # 8217, que habiendo dejado ya el camino a través del bosque había desembocado en una llanura cerca del agua de Forth más allá de Bannockburn, un pantano malvado, profundo y húmedo, donde dicho ejército inglés desabrochado y permaneció toda la noche, habiendo perdido tristemente la confianza y demasiado descontento por los acontecimientos del día.

Los escoceses del bosque pensaron que lo habían hecho bastante bien durante el día y estaban a punto de abandonar el campamento para marchar durante la noche hacia Lennox, un país más fuerte, cuando Sir Alexander de Seton, que estaba al servicio de Inglaterra y había llegado allí con el rey, había abandonado en secreto el ejército inglés, había ido a ver a Robert de Bruce en el bosque y le había dicho: «Señor, este es el momento si alguna vez tiene la intención de emprender la reconquista de Escocia. Los ingleses se han desanimado y están desanimados, y no esperan más que un ataque repentino y abierto ".

Luego describió su condición, y prometió su cabeza, bajo el dolor de ser ahorcado y arrastrado, que si él [Bruce] los atacaba al día siguiente, los derrotaría fácilmente sin [mucha] pérdida. A cuya instigación [Seton & # 8217] ellos [los escoceses decidieron luchar, y al amanecer del día siguiente marcharon fuera del bosque en tres divisiones de infantería. Dirigieron su curso audazmente hacia el ejército inglés, que había estado armado toda la noche, con los caballos mordidos. Ellos [los ingleses] montaron con gran alarma, porque no estaban acostumbrados a desmontar para luchar a pie, mientras que los escoceses habían aprendido una lección de los flamencos, que antes habían derrotado a pie en Courtrai el poder de Francia. Los escoceses antes mencionados llegaron en línea de schiltroms y atacaron a la columna inglesa, que estaba apretujada y no podía operar contra ellos [los escoceses], tan terriblemente sus caballos estaban empalados en las picas. Las tropas de la retaguardia inglesa retrocedieron sobre la zanja de Bannockburn, cayendo unas sobre otras.

Los escuadrones ingleses, confundidos por el empuje de las picas sobre los caballos, comenzaron a huir. Aquellos que fueron designados para [atender] las riendas del Rey, percibiendo el desastre, condujeron al Rey por las riendas fuera del campo hacia el castillo, y se fue, aunque muy a contracorriente. Cuando los caballeros escoceses, que iban a pie, se apoderaron de la carcasa del rey & # 8217s al caballo para detenerlo, golpeó con tanta fuerza detrás de él con una maza que no había nadie a quien tocara para que no cayera sobre él. el terreno.

Como los que tenían las riendas del rey lo llevaban siempre hacia adelante, uno de ellos, Giles de Argentin, un famoso caballero que había llegado recientemente por mar de las guerras del emperador Enrique de Luxemburgo, dijo al rey: “Sire , tu rienda estaba confiada a mí ahora estás a salvo allí está tu castillo donde tu persona puede estar a salvo. No estoy acostumbrado a volar, ni voy a empezar ahora. ¡Te encomiendo a Dios! "

Luego, colocando espuelas a su caballo, regresó al mellay, donde fue asesinado.

El cargador del Rey, habiendo sido atrapado, no pudo avanzar más, así que montó de nuevo en un corcel y fue llevado alrededor del Torwood, y [así] a través de las llanuras de Lothian. Los que fueron con él se salvaron, todos los demás sufrieron. El rey escapó con gran dificultad, viajando de allí a Dunbar, donde la Sra. Patrick, Earl of March, received him honourably, and put his castle at his disposal, and even evacuated the place, removing all his people, so that there might be neither doubt nor suspicion that he would do nothing short of his devoir to his lord, for at that time he [Dunbar] was his liegeman. Thence the King went by sea to Berwick and afterwards to the south.

Edward de Bruce, brother to Robert, King of Scotland desiring to be a king [also], passed out of Scotland into Ireland with a great army in hopes of conquering it. He remained there two years and a half, performing there feats of arms, inflicting great destruction both upon provender and in other ways, and conquering much territory, which would form a splendid romance were it all recounted. He proclaimed himself King of the kings of Ireland [but] he was defeated and slain at Dundalk by the English of that country, [because] through over confidence he would not wait for reinforcements, which had arrived lately, and were not more than six leagues distant.

At the same time the King of England sent the Earl of Arundel as commander on the March of Scotland, who was repulsed at Lintalee in the forest of Jedworth, by James de Douglas, and Thomas de Richmond was slain. The said earl then retreated to the south without doing any more.

On another occasion the said James defeated the garrison of Berwick at Scaithmoor, where a number of Gascons were slain. Another time there happened a disaster on the marches at Berwick, by treachery of the false traitors of the marches, where was slain Robert de Neville which Robert shortly before had slain Richard fitz Marmaduke, cousin of Robert de Bruce, on the old bridge of Durham, because of a quarrel between them [arising] out of jealousy which should be reckoned the greater lord. Therefore, in order to obtain the King’s grace and pardon for this offence, Neville began to serve in the King’s war, wherein he died.

At the same period the said James de Douglas, with the assistance of Patrick, Earl of March, captured Berwick from the English, by means of the treason of one in the town, Peter de Spalding. The castle held out for eleven weeks after, and at last capitulated to the Scots in default of relief, because it was not provisioned. The constable, Roger de Horsley, lost there an eye by an arrow.

Aymer de Valence, Earl of Pembroke, traveling to the court of Rome, was captured by a Burgundian, John de la Moiller, taken into the empire and ransomed for 20,000 silver livres, because the said John declared that he had done the King of England service, and that the King was owing him his pay.

This James de Douglas was now very busy in Northumberland. Robert de Bruce caused all the castles of Scotland, except Dunbarton, to be dismantled. This Robert de Bruce caused William de Soulis to be arrested, and caused him to be confined in the castle of Dunbarton for punishment in prison, accusing him of having conspired with other great men of Scotland for his [Robert’s] undoing, to whom [de Soulis] they were attorned subjects, which the said William confessed by his acknowledgment. David de Brechin, John Logie, and Gilbert Malherbe were hanged and drawn in the town of St. John [Perth], and the corpse of Roger de Mowbray was brought on a litter before the judges in the Parliament of Scone, and condemned. This conspiracy was discovered by Murdach of Menteith, who himself became earl afterwards. He had lived long in England in loyalty to the King, and, returned home in order to discover this conspiracy. He became Earl of Menteith by consent of his niece, daughter of his elder brother, who, after his death at another time, became countess.

The King of England undertook scarcely anything against Scotland, and thus lost as much by indolence as his father had conquered and also a number of fortresses within his marches of England, as well as a great part of Northumberland which revolted against him.

Gilbert de Middleton in the bishopric of Durham, plundered two Cardinals who came to consecrate the Bishop, and seized Louis de Beaumont, Bishop of Durham, and his brother Henry de Beaumont, because the King had caused his [Gilbert’s] cousin Adam de Swinburne to be arrested, because he had spoken too frankly to him about the condition of the Marches.

This Gilbert, with adherence of others upon the Marches, rode upon a foray into Cleveland, and committed other great destruction, having the assistance of nearly all Northumberland, except the castles of Bamborough, Alnwick, and Norham, of which the two first named were treating with the enemy, the one by means of hostages, the other by collusion, when the said Gilbert was taken through treachery of his own people in the castle of Mitford by William de Felton, Thomas de Heton, and Robert de Horncliff, and was hanged and drawn in London.

On account of all this, the Scots had become so bold that they subdued the Marches of England and cast down the castles of Wark and Harbottle, so that hardly was there an Englishman who dared to withstand them. They had subdued all Northumberland by means of the treachery of the false people of the country. So that scarcely could they [the Scots] find anything to do upon these Marches, except at Norham, where a [certain] knight, Thomas de Gray, was in garrison with his kinsfolk. It would be too lengthy a matter to relate [all] the combats and deeds of arms and evils for default of provender, and sieges which happened to him during the eleven years that he remained [there] during such an evil and disastrous period for the English. It would be wearisome to tell the story of the less [important] of his combats in the said castle. Indeed it was so that, after the town of Berwick was taken out of the hands of the English, the Scots had got so completely the upper hand and were so insolent that they held the English to be of almost no account, who [the English] concerned themselves no more with the war, but allowed it to cease.

At which time, at a great feast of lords and ladies in the county of Lincoln, a young page brought a war helmet, with a gilt crest on the same, to William Marmion, knight, with a letter from his lady-love commanding him to go to the most dangerous place in Great Britain and [there] cause this helmet to be famous. Thereupon it was decided by the knights [present that he should go to Norham, as the most dangerous [and] adventurous place in the country. The said William betook himself to Norham, where, within four days of his arrival, Sir Alexander de Mowbray, brother of Sir Philip de Mowbray, at that time governor of Berwick, came before the castle of Norham with the most spirited chivalry of the Marches of Scotland, and drew up before the castle at the hour of noon with more than eight score men-at-arms. The alarm was given in the castle as they were sitting down to dinner. Thomas de Gray, the constable, went with his garrison to his barriers, saw the enemy near drawn up in order of battle, looked behind him, and beheld the said knight, William Marmion, approaching on foot, all glittering with gold and silver, marvelous finely attired, with the helmet on his head. The said Thomas, having been well informed of the reason for his coming [to Norham], cried aloud to him: “Sir knight, you have come as knight errant to make that helmet famous, and it is more meet that deeds of chivalry be done on horseback than afoot, when that can be managed conveniently. Mount your horse: there are your enemies: set spurs and charge into their midst. May I deny my God if I do not rescue your person, alive or dead, or perish in the attempt!”

The knight mounted a beautiful charger, spurred forward, [and] charged into the midst of the enemy, who struck him down, wounded him in the face, [and] dragged him out of the saddle to the ground.

At this moment, up came the said Thomas with all his garrison, with levelled lances, [which] they drove into the bowels of the horses so that they threw their riders. They repulsed the mounted enemy, raised the fallen knight, remounting him upon his own horse, put the enemy to flight, [of whom] some were left dead in the first encounter, [and] captured fifty valuable horses. The women of the castle [then] brought out horses to their men, who mounted and gave chase, slaying those whom they could overtake. Thomas ms. de Gray caused to be killed in the Yair Ford, a Fleming [named] Cryn, a sea captain, a pirate, who was a great partisan of Robert de Bruce. The others who escaped were pursued to the nunnery of Berwick.

Another time, Adam de Gordon, a baron of Scotland, having mustered more than eight score men-at-arms, came before the said castle of Norham, thinking to raid the cattle, which were grazing outside the said castle. The young fellows of the garrison rashly hastened to the furthest end of the town, which at that time was in ruins, and began to skirmish. The Scottish enemy surrounded them. The said men of the sortie defended themselves briskly, keeping themselves within the old walls. At that moment Thomas de Gray, the said constable, came out of the castle with his garrison, [and,] perceiving his people in such danger from the enemy, said to his vice‑constable: “I’ll hand over to you this castle, albeit I have it in charge to hold in the King’s cause, unless I actually drink of the same cup that my people over there have to drink.”

Then he set forward at great speed, having of common people and others, scarcely more than sixty all told. The enemy, perceiving him coming in good order, left the skirmishers among the old walls and drew out into the open fields. The men who had been surrounded in the ditches, perceiving their chieftain coming in this manner, dashed across the ditches and ran to the fields against the said enemy, who were obliged to face about, and, then charged back upon them [the skirmishers]. Upon which came up the said Thomas with his men, when you might see the horses floundering and the people on foot slaying them as they lay on the ground. [Then they] rallied to the said Thomas, charged the enemy, [and] drove them out of the fields across the water of Tweed. They captured and killed many many horses lay dead, so that had they [the English] been on horseback, scarcely one would have escaped.

The said Thomas de Gray was twice besieged in the said castle: once for nearly a year, the other time for seven months. The enemy erected fortifications before him, one at Upsettlington, another at the church of Norham. He was twice provisioned by the Lords de Percy and de Neville, [who] came in force to relieve the said castle and these [nobles] became wise, noble and rich, and were of great service on the Marches.

Once on the vigil of St. Katherine during his Gray’s time, the fore-court of the said castle was betrayed by one of his men, who slew the porter [and] admitted the enemy [who were] in ambush in a house before the gate. The inner bailey and the keep held out. The enemy did not remain there more than three days, because they feared the attack of the said Thomas, who was then returning from the south, where he had been at that time. They evacuated it [the forecourt] and burnt it, after failing to mine it.

Many pretty feats of arms chanced to the said Thomas which are not recorded here.

De Scalacronica: the reigns of Edward I, Edward II and Edward III, as recorded by Sir Thomas Gray, and now translated by Sir Herbert Maxwell, (Glasgow, 1907), p. 23-26, 48-65.


Defeat of Rome: Crassus, Carrhae and the Invasion of the East

Gareth C. Sampson

Published by Pen & Sword Military 21/02/2008, 2008

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Before we can examine the period in question (241–218 BC) we must first understand how this period fits in with the wider expansion of the Roman state and the events which took place prior to 241 BC. It is tempting to view Rome of the third century BC through the lens of the later, more famous period a Rome which was unquestioned master of Italy, able to defeat any other Mediterranean power and on an inevitable course to mastery of the Mediterranean world. However, this was not the Rome of the third century BC. By 241 BC, Rome had only recently taken control of central and southern Italy, the latter of which had seen recent attempts made to annex it to being either a part of a Syracusan empire to the south or an Epirote empire to the east. Furthermore, it is important to note that Rome’s control of Italy did not extend to the north of the peninsula, which was occupied by a collection of Gallic tribes and formed part of a wider civilisation, which stretched from Spain to the Balkans and beyond.

We must also not forget that Italy did not exist in isolation, but was part of a Mediterranean world which was undergoing a major upheaval in terms of the established world order. Less than 100 years before 241 BC, the ancient superpower of Persia had been destroyed within a decade by one man: Alexander III (the Great) of Macedon. His death in 323 BC unleashed a generation of warfare across Greece and the Near East, which by the 280s had stabilised into an uneasy balance of power between three new superpowers: Antigonid Macedon, the Seleucid Empire and Ptolemaic Egypt (see Map 1). Italy sat on the edges of this new world order, but within striking distance of mainland Greece, dominated by the Antigonid Dynasty of Macedon.

The Roman Federation therefore must be placed in this context. To the north lay the vast and seemingly endless expanses of mainland Europe and the tribes that dwelt within, which encompassed northern Italy itself. To the east lay the far more culturally advanced civilisation of Greece, dominated by the great power of Macedon. To the south and the east lay the Carthaginian Empire, centred on North Africa, but extending across the western Mediterranean. Compared to these great civilisations, Rome was the emerging, and in some ways upstart power, and by 241 BC had announced itself on the wider world stage by an extraordinary period of expansion.

Roman Expansion in Italy (338–264 BC)

The year 338 BC marks a decisive point in the history of Italy, as coincidently it did in Greece, albeit for different reasons. In Greece, King Philip II of Macedon was victorious at the Battle of Chaeronea, which established Macedonian suzerainty over the Greek states for the next 200 years. In Italy, another war was also ending this time between Rome and her former allies in the Latin League, with Rome emerging victorious. Rome’s victory in this war did not give her suzerainty over Italy (akin to that of Macedon in Greece), merely mastery of the region of Latium, but the political settlement that followed this victory did provide the foundation for Rome’s domination of Italy, and ultimately the wider Mediterranean world.

Prior to the Latin War, Rome had been at war with her near neighbours for over four centuries (if we are to believe the traditional chronology) and yet barely controlled any territory beyond the coastal plains of Latium itself, in western central Italy. Furthermore, Rome faced an equally powerful neighbour in terms of the Samnite Federation and the ever-constant threat of the Gallic tribes of northern Italy (who had sacked Rome itself just fifty years earlier, c.390–386 BC). Therefore, to put Rome’s efforts in perspective, they had only conquered the neighbouring city of Veii (roughly ten miles from Rome) in 396 BC after intermittent warfare lasting 300 years. Yet despite this, within sixty years of the peace settlement of 338 BC Rome had established an unprecedented control of all central and southern Italy. It is to this political settlement (which accompanied the end of the Latin War) which we must turn our focus, when looking of the reasons behind this extraordinary wave of military expansion.¹

Prior to this war, fought by Rome against their rebellious allies, Rome’s power ostensibly lay through being head of the Latin League, a defensive alliance of supposedly equal states. However, over the centuries this federation had evolved into being dominated by Rome and, as many of her allies saw it, seemed to exist solely for Rome’s benefit. It was this resentment of Roman dominance of the League which saw Rome’s allies attempt to break free from the League and thus brought about the Roman–Latin War of 341–338 BC. Unfortunately for the other Latin cities, the war merely confirmed Roman military dominance and her enemies were comprehensively defeated.

Having been freed from the need to preserve the pretence of an alliance of equals, the Romans dissolved the Latin League and in its place stood a new unofficial federation, that of Rome. Livy provides a detailed description of these reforms, which he ascribes to the Consul L. Furius Camillus.² Instead of common ties between all the participants, each of the Latin cities was tied to Rome individually by treaty. Rome secured their treaties by means of carrot and stick policies. The ‘stick’ came in the form of Roman veteran colonies planted at strategic points within the territories of the defeated Latin states, accompanied by land confiscations. The ‘carrot’, however, was two-fold. Firstly, the various cities were able to maintain their own internal political and social structures and the local elites were left free from Roman interference to pursue their own internal policies. What was sacrificed was an independent foreign policy, which was now slaved to that of Rome. However, aside from this, they were left to their own devices, speaking their own language, continuing with the own culture and carrying on business as usual.

Furthermore, the Romans introduced a new graduated series of citizenship levels. At the peak was Roman citizenship, which gave full political and judicial rights, followed by partial citizenship (civitas cine suffragio), which had no rights of political participation in Rome, and only limited legal protection from Romans.³ This system of differentiating levels of citizenship allowed Rome the ability to incorporate new peoples without diluting the original core of the Roman citizens or jeopardizing the Roman elite’s control of its institutions, especially as voting had to take place in person in Rome itself. Despite the different grades of citizenship, this was not a closed system, nor was it one restricted to race.⁴ This meant that there were opportunities for advancement within the system, to both communities and in particular their elites, giving them a stake in the Roman system and buying their loyalty.

However, at the heart of this settlement lay the obligation on all citizens (whether full or partial) to be called upon for military service in Rome’s armies. It was not only those with citizenship (full and partial) who could be conscripted into the Roman Army, but Rome’s Italian allies were duty bound to send their citizens to serve in Rome’s armies. This created a massive supply of potential manpower for Rome, which was to be the central pillar of all future Roman expansion. In the ancient world, city states were limited by the availability of citizen manpower and one heavy defeat could set a state back a generation.

The years that followed this settlement saw a series of wars against Rome’s neighbours, most prominently the Samnite Federation. Starting in 326 BC, the Second Samnite War⁵ lasted for twenty years (until 304 BC), and saw Rome’s fortunes swing between victories and humiliating defeats, such as the Battle of Caudine Forks in 321 BC, which forever ranked as one of Rome’s most humiliating military reversals. Nevertheless, by 304 BC Rome had the upper hand and the Samnites were forced to sue for peace, albeit maintaining their independence.

The period saw two major reforms to the Roman military system. In 312 BC, one of the Censors, Ap. Claudius Caecus, ordered the construction of the Via Appia, the first major paved road in Italy, connecting Rome and Capua (crossing the Alban Hills and the Pontine Marshes). This allowed Rome to move her armies far more swiftly to the south to support the war against the Samnites.

The following year saw a Tribune of the Plebs (C. Marcius) pass a law allowing for the sixteen Tribunes of the Soldiers to be elected by the people, rather than appointed by the commanders. It has long been argued that this law came at the same time as the Romans doubled their legions from two to four (having four Tribunes per legion) and that this also coincided with the abandonment of the phalanx and the development of the more flexible Roman maniple.⁶ This year also saw the outbreak of war between Rome and various Etruscan cities. The years that followed saw Rome advance into central Italy and up into Umbria, conquering a number of peoples, such as the Herenici and Aequi and allying with others, such as the Marsi. The result of this was that by the late 300s BC Roman power extended throughout central Italy.

This massive extension of Roman power naturally led to a reaction from the peoples who were not yet under Roman rule, resulting in the formation of an alliance between the Samnites, Etruscans, Umbrians and Gauls (of northern Italy). This resulted in the war that is most commonly referred to as the Third Samnite War (298–290 BC), but was far wider in scale than the name suggests. This conflict was Rome’s greatest victory to date and resulted in Rome defeating each of the opposing alliance and gaining control of all of central and much of southern Italy, stretching to the Adriatic coast. The year 295 BC saw the Battle of Sentinum, in which Rome was able to field an army of 36,000, a huge figure for the time, and defeat a combined force of Gauls and Samnites. By 290 BC the surrender of the Samnites meant that the only regions of Italy which now lay outside of Roman control were the Gallic tribes of northern Italy and the Greek city states of the south.

A further war with the Gallic tribes of northern Italy soon followed (against the Boii and Senones), which ultimately saw further Roman success, culminating in a victory at the Battle of Lake Vadimon in 283 BC. A large section of the northern Adriatic coastline of Italy was thus added to Rome’s Italian empire. This war was soon followed by the more famous war for southern Italy, where Rome faced one of the Hellenistic world’s most celebrated generals: Pyrrhus, King of Epirus. Thus, for the first time, Rome faced a Hellenistic army from mainland Greece and famously at the battles of Heraclea and Ausculum (280 and 279 BC) were comprehensively defeated. These battles, however, gave rise to the modern concept of a ‘Pyrrhic victory’ as the Romans, thanks to their system of treaties and obligations to provide manpower, were able to replace their losses and return to full strength within the year, whilst Pyrrhus found his numbers steadily declining. Following a number of unsuccessful campaigns in Sicily, Pyrrhus returned to Italy and was finally defeated at the Battle of Beneventum in 275 BC. Following his withdrawal back to Greece, Rome advanced into southern Italy and conquered the Greek city states therein.

Rome and the First Punic War (264–241 BC)

The conquest of southern Italy brought Roman territory into proximity with the perpetual warzone that was the island of Sicily. For centuries the island had seen warfare between native peoples and various external powers, who coveted the island for its natural resources and strategic position. Perhaps the longest period of fighting had been between the North African power of Carthage and the native Sicilian power of Syracuse, with neither side managing to achieve a lasting dominance.

In the 270s, however, this balance of power had been disrupted by the arrival of King Pyrrhus of Epirus. Having defeated the Romans twice in battle, but unable to conclude the war, Pyrrhus accepted an offer from the Sicilian peoples, led by Syracuse, to take command of native Sicily and drive out the Carthaginians. Unable to resist the dream of a Sicilian, and possible African, empire to add to his hopes of an Italian one, Pyrrhus accepted and crossed into Sicily with his army in 278 BC.⁸ Ironically, this invasion brought the traditional allies of Carthage and Rome closer together, as they concluded a fresh (anti-Pyrrhic) alliance. However, Pyrrhus’s Sicilian campaign followed a similar course to his Italian one, being unable to convert military victory on the battlefield into a lasting settlement. Having alienated his Sicilian allies, he quit Sicily to return to his original ambition of carving out an Italian empire in 276 BC, leaving behind a shattered island.

This chaos was exploited by a group known as the Mamertines⁹ these were Campanian mercenaries who made a bid to seize control of large swathes of Sicily for themselves. In response to this new threat, a Syracusan general named Hiero (II) formed an alliance of native forces and drove the Mamertines back into the north-eastern tip of Sicily, and the city of Messana, which controlled the strategic crossing from Sicily to Italy (see Map 2).¹⁰ Faced with defeat at the hands of Hiero in c.265/264 BC the Mamertines appealed to both Carthage and Rome to assist them. Seeing a chance to restore their Sicilian empire, the Carthaginians agreed and installed a garrison at Messina, thwarting their old Syracusan rivals.

Unfortunately for all three sides already involved in the war in Sicily, the Roman Senate continued to debate the Mamertine request, understandably, as they had never operated in Sicily before, and they and the Carthaginians were long-standing allies. Ultimately, however, it was a vote of the Roman people which determined that Rome would send aid to Sicily and the Mamertines, and the Senate thus dispatched the Consul Ap. Claudius Caudex to Messina with a Roman Army.¹¹ Thus the situation in Sicily saw the entry of a fourth military force. Given the Roman vote of support, the Mamertines threw their lot in with Rome and were able to expel the Carthaginian garrison, allowing the Romans to seize control of the city. Faced with the expansion of Roman power into Sicily, the Carthaginians and Syracusans – traditionally old enemies – found common cause against Rome and thus the First Punic War began. Thus the war started as Rome and the Mamertines versus Carthage and the Syracusans (and their allies).

Ever since 264 BC, historians have been examining the question as to why Rome intervened in the interminable struggles in Sicily, and ultimately it must be acknowledged that we will never know for sure. Certainly the stated cause of the Roman intervention itself seems weak defending rogue mercenaries who had seized a native city. This is especially the case given that a few years earlier, in 270 BC, the Romans had expelled a similar group of Campanian mercenaries who had seized the city of Rhegium, in southern Italy.

Yet, as detailed above, Rome was undergoing a major period of expansion and had just seized control of southern Italy. As history had shown, southern Italy was open to attack from both mainland Greece (Epirus), but also from Sicily. In the period 390–386 BC Dionysius, the Tyrant of Syracuse, had invaded and conquered much of southern Italy, adding it to his greater Syracusan empire.¹² Having conquered southern Italy, Dionysius then used it as a launch pad to invade Epirus itself, to place a puppet on the throne. Therefore, strategically, no control of southern Italy would be secure without securing its eastern and western flanks (Epirus and Sicily). The Mamertine appeal thus gave Rome the excuse they needed to intervene and the prospect of Carthaginian control of Messina provided the motivation. Thus, for the first time, Rome embarked upon an overseas war.

During the early years of the war, Rome experienced a number of successes. They moved swiftly from the conquest of Messina to a siege of Syracuse itself, but fared no better than either the Athenians or the Carthaginians had over the centuries. However, what they could not achieve through force of arms they achieved through diplomacy when Hiero, now Tyrant of Syracuse, was persuaded to break his alliance with Carthage and conclude a treaty with Rome instead. Thus, within a year of the war’s outbreak Rome had secured both Messina and Syracuse and had isolated Carthage.

The Romans built on this success and 262 BC saw Rome storm the city of Agrigentum, a key Carthaginian base on the southern Sicilian coast. From this high point, however, the war in Sicily became one of attrition, with the Carthaginians wisely avoiding open battle on land. In an attempt to gain the initiative in the war, Rome invested heavily in building its first wartime navy in order to tackle Carthaginian naval dominance and cut Sicily off from Carthage itself. At first the Romans proved victorious, as seen in 260 BC at the Battle of Mylae, which saw a Roman Consul, C. Duilius, celebrate the city’s first naval triumph. This was in great part due to the Roman tactic of engaging ships at close quarters, using grappling irons to tie the two ships together and then sending marines across to secure the other ship thus turning a naval engagement into an infantry one.

Unfortunately for Rome, the war in Sicily had descended into a series of prolonged sieges, with the Carthaginian withdrawing to their key bases and allowing Roman forces free reign across the island’s interior. To end this stalemate in 256 BC, the Roman Consuls undertook their boldest military manoeuvre to date when L. Manlius Vulso Longus and M. Atilius Regulus led an invasion of Africa itself, in an attempt to knock Carthage out of the war. Another naval victory, at the Battle of Ecnomus, allowed the Romans to land their army in Africa. Unfortunately the Roman Army was then comprehensively defeated in the Battle of Bagradas the following year, at the hands of a Spartan mercenary commander named Xanthippus. With this bold invasion defeated, the war dragged on for another decade of Roman sieges in Sicily and naval encounters in Sicilian waters.

Ultimately, the First Punic War became one of attrition, with the resources of both empires being stretched to the limit. In the end, Rome was able to make the most of its fiscal and human resources and by 242 BC was able to finally reduce the last key Carthaginian strongholds of Drepana and Lilybaeum. With Sicily lost and Rome vying for control of the seas, the Carthaginian Senate had no choice but to seek terms. Thus Rome had won its first overseas war, but only through attrition. For Carthage, the terms of the peace treaty were the evacuation of all its forces from Sicily and twenty years of war reparations.¹³

The Aftermath of the First Punic War – Rebellion in Italy

At the conclusion of the war, both sides were faced with rebellions amongst their own allies. In Rome’s case, this rebellion broke out in 241 BC and centred on the Falisci. The Falisci were an Italic people who lived in Etruria, some thirty miles north of Rome. Regretably, there are no detailed surviving accounts of this revolt, which is unfortunate given the oddness of its timing just as Rome emerged victorious from twenty years of warfare and had large numbers of battle-hardened soldiers already mobilised. Of the surviving accounts which do mention the revolt and ensuing war, Zonaras and Eutropius provide the most detail:


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Dr Gareth Sampson holds a Phd in Ancient History from Manchester University and now lectures on Roman history. His previous books were the _Defeat of Rome_ (2008), _The Crisis of Rome: Marius and the Jugurthine and Northern Wars_ (2011), _The Collapse of Rome_ (2013) and _The Eagle Spreads Her Wings: Roman Expansion Between the Punic Wars_ (2016), all published by Pen & Sword.


Description of English soldiers in Italy by Filippo Villani

They were all young and for the most part born and raised during the long wars between the French and English – therefore hot and impetuous, used to slaughter and to loot, quick with weapons, careless of safety. In the ranks they were quick and obedient to their superiors yet in camp, by reason of their unrestrained dash and boldness, they lay scattered about in disorderly and incautious fashion so that a courageous enemy might easily harm and shame them.

Their armor was almost uniformly a cuirass and a steel breastplate, iron arm-pieces, thigh- and leg-pieces they carried stout daggers and swords all had tilting lances which they dismounted to use each had one or two pages, and some had more. When they take off their armor, the pages presently set to polishing, so that when they appear in battle their arms seem like mirrors, and they so much more terrible.

Others of them were archers, and their bows were long and of yew they were quick and dexterous archers, and made good use of the bow. Their mode of fighting in the field was almost always afoot, as they assigned their horses to their pages. Keeping themselves in almost circular formation, every two take a lance, carrying it in a manner in which one waits for a boar with a boar-spear. So bound and compact, with lowered lances they marched with slow steps towards the enemy, making a terrible outcry – and their ranks can hardly be pried apart.

It appears by experience that they are more fitted to ride by night and steal than to keep to the field: they succeed rather by the cowardice of our people than because of their own valor. They had ingenious ladders, one piece fitting into the next as in a [slide] trumpet, the largest piece three steps long, with which they could climb the highest tower. And they were the first to bring into Italy the fashion of forming cavalry in lances [of three men each] instead of in the old system of helmets (barbute) or flags (a bandiere).

This section is from The English Traveler to Italy, by George R. Parks (Stanford, 1954)


Rome Spreads Her Wings - Territorial Expansion between the Punic Wars, Gareth C. Sampson - History

Dr Gareth Sampson holds a Phd in Ancient History from Manchester University and now lectures on Roman history. His previous books were the _Defeat of Rome_ (2008), _The Crisis of Rome: Marius and the Jugurthine and Northern Wars_ (2011), _The Collapse of Rome_ (2013) and _The Eagle Spreads Her Wings: Roman Expansion Between the Punic Wars_ (2016), all published by Pen & Sword.

Reviews for Rome, Blood and Politics: Reform, Murder and Popular Politics in the Late Republic

Murder and mayhem in the waning years of the Roman Republic what more could you ask for in a book? This is a tour de force of the public and private machinations of the different characters in this time period of the Roman Republic. I find this book to be not only an enjoyable read, but also indispensable as a handy reference of the time period that it shows. I can easily recommend Dr. Sampson's book to anyone who has an interest in not only the workings of the Roman Republic, but also the time period. -- A Wargamers Needful Things


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