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Enfermedad en el siglo XIV (actividad en el aula)

Enfermedad en el siglo XIV (actividad en el aula)


Gran parte del tratamiento médico en el siglo XIV se basó en ideas desarrolladas por griegos y romanos. El aspecto más importante de esto fue la teoría de los cuatro humores. Se argumentó que el cuerpo tenía cuatro humores: sangre, flema, bilis amarilla y bilis negra. Estos humores estaban asociados con diferentes partes del cuerpo y tenían diferentes cualidades: sangre (corazón: caliente y húmedo); flema (cerebro: frío y húmedo); bilis amarilla (hígado: caliente y seca) y bilis negra (bazo: fría y seca).

Se creía que cuando alguien estaba enfermo, los cuatro humores del cuerpo no estaban equilibrados de manera uniforme. Por lo general, se aconsejaba al paciente que descansara para permitir que el cuerpo recuperara su equilibrio natural. Si esto no tuvo éxito, se modificó la dieta del paciente. Por ejemplo, si el paciente sentía frío, se le daría comida caliente.

Si el cambio en la dieta no lograba el éxito y el paciente era bastante próspero, se llamaría a un cirujano. Si el paciente no tenía mucho dinero, un barbero-cirujano (un médico no capacitado que pasaba la mayor parte de su tiempo cortándose el cabello) se utilizaría en su lugar.

El cirujano examinaría al paciente y, si estaba más caliente de lo habitual, se alegaría que había demasiada sangre en el cuerpo. La solución a este problema fue extraer parte de la sangre abriendo las venas del paciente con un cuchillo. Además de la extracción de sangre, los cirujanos también pueden realizar operaciones menores y tratar fracturas óseas simples.

La muerte por enfermedad era un miedo constante de las personas que vivían en la Edad Media. Probablemente la enfermedad que más les preocupaba era la lepra. Aunque no siempre mató a sus víctimas, las consecuencias de la lepra fueron espantosas. Las extremidades y los rasgos faciales se pudrieron lentamente y la cara finalmente quedó terriblemente desfigurada. Las personas que padecían la enfermedad fueron tratadas muy mal. "Se les prohibió todos los contactos sociales normales y se convirtieron en blanco de escandalosos ritos de exclusión. No podían casarse, se vieron obligados a vestirse de manera diferente y a hacer sonar una campana de advertencia de su acercamiento".

También hubo hospitales a principios de la Edad Media. Sin embargo, se utilizaron principalmente para aislar más que para curar a los enfermos. Cuando las personas ingresaban en un hospital, regalaban sus propiedades porque no se esperaba que sobrevivieran.
Una de las principales formas de afrontar las enfermedades en la Edad Media era la oración. Se creía que las personas que padecían enfermedades probablemente estaban siendo castigadas por Dios por pecados que habían cometido en el pasado.

Los médicos se dieron cuenta de que era importante acumular conocimientos sobre las enfermedades. Los académicos obtuvieron copias de libros escritos por médicos en otros países y los tradujeron al inglés. Este fue un avance importante, ya que en el pasado los libros de medicina en Inglaterra solo estaban disponibles en latín, lo que restringía el número de personas que podían leerlos.

De esta manera se transmitió información sobre el tratamiento exitoso de enfermedades. Por ejemplo, el Hotel Dieu, un gran hospital de París, fue pionero en un nuevo enfoque para tratar a los pacientes. El hospital estaba dividido en salas. Cada barrio se enfrentó a diferentes problemas. Las personas con huesos rotos serían tratadas en un pabellón mientras que otro se ocuparía de enfermedades infecciosas.

El Hotel Dieu cuidó mucho la higiene. A todos los pacientes se les dio batas limpias para que se las pusieran y se les bañaba con regularidad. Como todos los hospitales, los pacientes todavía dormían tres o cuatro por cama, pero las sábanas se cambiaban cada semana. Los pisos de las salas se mantuvieron limpios y las paredes se lavaron con cal.

La información sobre el tratamiento exitoso de los pacientes en el Hotel Dieu pronto se difundió a otros países. No pasó mucho tiempo antes de que los médicos comenzaran a introducir reformas similares en sus hospitales.

Durante un clima muy caluroso, no se debe realizar una flebotomía (sangrado) porque los humores fluyen rápidamente como los malos. Tampoco se debe realizar la flebotomía en climas muy fríos, porque los buenos humores están compactados en el cuerpo y son difíciles de extraer, y los buenos salieron más rápido que los malos ... Si la sangre parece negra, sáquela hasta que se ponga roja . Si es espesa, hasta que se adelgaza: si es acuosa, hasta que se espesa ... La flebotomía aclara la mente, fortalece la memoria, limpia el estómago, agudiza el oído, desarrolla los sentidos, promueve la digestión, produce una voz musical, alimenta la sangre, la libera de materias venenosas y le da larga vida. Elimina enfermedades, cura dolores, fiebres y diversas dolencias.

La lepra se volvió muy estigmatizada. Se les prohibió todos los contactos sociales normales y se convirtieron en blanco de espantosos ritos de exclusión. No podían casarse, se vieron obligados a vestirse de manera distintiva y a hacer sonar una campana para advertirles de su acercamiento ... Fueron segregados en casas especiales fuera de las ciudades ... La lepra proporcionó un prisma para el pensamiento cristiano sobre la enfermedad. No menos religioso que un diagnóstico médico, se asoció con el pecado, particularmente la lujuria, lo que refleja la suposición de que se propaga por sexo.

El conocimiento de anatomía se adquiere de dos formas; una es por libros ... la segunda forma es diseccionando cadáveres, es decir, de aquellos que han sido recientemente decapitados o ahorcados. De esta manera aprendemos la anatomía de los órganos internos, los músculos, la piel, las venas y los tendones.

Ella puso los hierros de sangre en la vena de Robin Hood
Y traspasó la vena y dejó salir la sangre,
Y luego los delgados,
Y bien sabía entonces que había traición en su interior.

Al pasar por el Támesis, hemos visto estiércol y otra suciedad acumulada en varios lugares. También hemos notado los vapores y otros hedores terribles ... Para preservar el honor de la Ciudad, te ordenamos que hagas que las orillas del río y las calles y veredas de la ciudad se limpien de estiércol y otras inmundicias sin demora. Y se proclamará públicamente que nadie colocará estiércol ni suciedad en las calles y los caminos.

Tanto estiércol y suciedad ... así como bestias muertas ... hay en las acequias, ríos y otras aguas ... el aire está muy corrupto ... Muchas enfermedades intolerables suceden a diario ... para gran disgusto, daño y peligro de los habitantes, moradores, reparadores y viajeros ... Todo estiércol, basura, entrañas y otros olores en zanjas, ríos, aguas ... serán removidos y llevados ... bajo pena para perder y perder para nuestro Señor el Rey £ 20.

Todas las calles de Londres están tan mal asfaltadas que se mojan a la menor cantidad de agua, y esto ocurre con mucha frecuencia ... a causa de la lluvia, que abunda en esta isla. Luego se forma una gran cantidad de lodo maloliente, que no desaparece rápidamente sino que dura mucho tiempo, de hecho, casi todo el año.

Preguntas para estudiantes

Pregunta 1: Seleccione un pasaje de las fuentes que ayude a explicar cómo los médicos desarrollaron ideas sobre cómo tratar a sus pacientes.

Pregunta 2: Estudie las fuentes de esta unidad que brindan información sobre flebotomía (sangrado) y trepanación (cirugía cerebral). Explique cómo funcionaron estos tratamientos.

Pregunta 3: ¿Cuáles fueron los síntomas de la lepra? ¿Por qué los historiadores creen que la fuente 1 muestra a un hombre que sufría de lepra?

Pregunta 4: Seleccione información de las fuentes para explicar por qué el nivel de salud pública en el siglo XIV era tan deficiente.

Pregunta 5: En 1159 Juan de Salisbury comentó: "Nosotros (los eruditos) somos como enanos sentados sobre los hombros de gigantes. Vemos más, y cosas que están más distantes, que ellos, no porque nuestra vista sea superior o porque estamos más altos que ellos, sino porque nos levantan y por su gran estatura se suman a la nuestra ". Utilice el ejemplo del crecimiento del conocimiento médico durante la Edad Media para explicar lo que quiso decir con esta afirmación.

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Enfermedad en el siglo XIV (actividad en el aula) - Historia

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& # 8220My Collection & # 8221 facilita aún más la aplicación en el aula. Los usuarios pueden crear una cuenta, guardar imágenes y crear documentos y cuestionarios basados ​​en los objetos.

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La influencia del clima en la historia europea

Todos hemos oído hablar de la historia de Hannibal cruzando los Alpes, pero ¿es exacta? En el 218 a. C. el general cartaginés cruzó la cordillera más alta de Europa con 37 elefantes, miles de jinetes y diez de miles de soldados de infantería para luchar contra Roma. Todos los elefantes sobrevivieron a esta terrible experiencia. es posible?

Ahora está saliendo a la luz más de la historia. Un nuevo estudio, publicado en la revista Science, proporciona año tras año una historia precisa del clima en Europa durante los últimos 2.500 años. Como se desprende del estudio, en el verano de 218 a. C., el clima fue particularmente cálido. La historia de la travesía de los Alpes por Aníbal gana credibilidad.

También se pueden cotejar otros hechos con el estudio y adquirir de él nuevos argumentos para consolidarlos o invalidarlos: ¿por qué se produjeron hambrunas, vagabundeos de pueblos, epidemias y guerras? A menudo, los cambios drásticos en el tiempo y en el clima pueden haber provocado cambios igualmente dramáticos en la historia, dicen los historiadores.

Investigadores Ulf Büntgen del Swiss Environment Research Institut WSL en Berna y Jan Esper de la Universidad de Mainz han clasificado la información contenida en casi 9.000 piezas de madera y han constituido un archivo único del clima. Los anillos de los árboles nos informan sobre el clima del pasado: cada año, los árboles agregan un nuevo anillo, cuya amplitud brinda información valiosa sobre la temperatura y la precipitación, según el lugar donde creció el árbol.

Los resultados más importantes del estudio son:

* Las épocas históricas encajan en ciclos climáticos: el florecimiento del Imperio Romano y del Imperio Alemán coincidió con períodos cálidos, malos tiempos como las invasiones, la peste y la guerra de los Treinta Años sucedieron en tiempos de malas condiciones climáticas.
* Europa central vivida en época romana y en la alta Edad Media periodos cálidos como los de hoy. Sin embargo, el verano de 2003 sigue siendo notable: fue el verano más caluroso en la región alpina en 2.500 años.
* La cantidad de precipitación en Europa Central varió considerablemente más de un año a otro en la Antigüedad y en la Edad Media que en la actualidad, además, los extremos eran más pronunciados.

"La coordinación precisa entre el clima y la historia queda para que la establezcan los historiadores", dice Ulf Büntgen. Sin embargo, el estudio muestra notables paralelos entre el clima y la historia. Y todo lo que ha sucedido en Alemania y Europa durante estos últimos 2.500 años se puede confrontar con los datos.

Fue un nuevo comienzo después del frío: cuando a mediados del primer milenio antes de Cristo, Europa emergió de la agonía final de la última Edad de Hielo, las temperaturas medias anuales en Europa eran de uno a dos grados centígrados más bajas que las actuales.

Cuando en el año 300 a. C. el clima mejoró lentamente y las lluvias se hicieron más abundantes, el Imperio Romano floreció. El clima ayudó al ascenso de Roma. Mejoró el rendimiento de los cultivos, se pudieron abrir minas. Cuando se pudieron cruzar los Alpes durante todo el año, el norte de Europa se volvió accesible y fue absorbido.

Solo de este período, Büntgen y Esper y sus equipos han analizado unas 550 muestras de madera. De la amplitud de los anillos en los robles leyeron la cantidad de precipitación en la primavera y en junio, de los anillos en las alondras y los pinos, las temperaturas del verano. No pueden proporcionar información sobre el clima en otras estaciones, ya que los árboles crecen solo en verano.

Cada anillo se puede combinar exactamente con un año en particular. Pues el investigador tiene ahora a su disposición una serie de anillos de árboles fechados de los últimos milenios. Büntgen et al. han incluido sus propias muestras en estas series.

Los troncos de los árboles para la historia de las precipitaciones se levantaron principalmente en Alemania y el este de Francia, por ejemplo, en los lechos de los ríos y en las excavaciones arqueológicas. Para los archivos de temperatura, solo los árboles en los bordes de los bosques podrían tomarse en consideración, ya que su crecimiento depende de la temperatura. Todos los demás árboles dependen más de la precipitación.

Los investigadores utilizaron solo muestras de árboles de la región alpina, pero sus datos también son válidos para gran parte de Europa Central, Francia, Italia y los Balcanes, como lo demuestran las mediciones comparativas de temperatura en el siglo XX.

Los datos muestran a partir del siglo IV d.C. un grave deterioro del clima: el centro y sur de Europa se volvió frío y seco. El historiador habla del "pesimum climático de los vagabundeos de los pueblos, es decir, las invasiones bárbaras". Saben, por supuesto, que fue provocado en primer lugar por las andanzas de los hunos, que pusieron en camino a los alemanes, los godos y otros pueblos. Sin embargo, está establecido que las malas cosechas causadas por el clima, las hambrunas y las epidemias hicieron que los desplazamientos fueran más urgentes, también para los hunos.

Las temperaturas continuaron cayendo y las precipitaciones continuaron disminuyendo. La consecuencia fue la erosión de la capa superior del suelo, los campos rindieron cada vez menos. Las lluvias regresaron durante el siglo IV, pero el clima permaneció frío y los glaciares aumentaron de tamaño.

La peor crisis se vivió en Europa en los años 536 a 546, cuando las temperaturas de verano se desplomaron a mínimos históricos. "Nuestros datos muestran para estos tiempos una depresión extraordinaria que duró una década", según Büntgen. Recientemente, los geólogos han sugerido que su causa pudo haber sido el impacto de un meteorito frente a la costa de Australia.

En el siglo VI la crisis continuó, la población de Europa "se hundió a un mínimo histórico, nunca más se alcanzó", dice el historiador. Wolfgang Behringer de la Universidad de Saarbrücken, Saarland. Los arqueólogos han encontrado en Europa un gran número de asentamientos abandonados. El análisis de polen muestra un fuerte retroceso de la agricultura, los bosques avanzaron.

Eran tiempos de congelación, como muestran los nuevos datos climáticos. Las consecuencias fueron terribles: en el año de la hambruna 784 puede haber muerto un tercio de la población de Europa. "Fue un verano bastante fresco", según el diagnóstico de Büntgen. "Con la recesión climática en Europa, no sólo perecieron los cultivos sino también el ganado", según el historiador Behringer. Cada mala cosecha provocó una hambruna. Al frío, se agregó la humedad en el siglo IX: lluvias interminables prepararon el terreno para epidemias, como la lepra.

Era la época de los lobos. El hambre los llevó a Europa Central, porque en su tierra natal, Rusia, el clima también se había deteriorado considerablemente. Las bestias rodearon las aldeas. "La lucha contra los animales merodeadores se llevó a cabo con todas las armas posibles, trampas, caza, veneno", dice Behringer. Carlomagno ordenó la creación de unidades de cazadores de lobos en todos los condados. En el año de hambruna 843, un lobo interrumpió la misa dominical en la ciudad de Senonnais en Francia. Büntgen confirma: "843 fue más frío que los años anteriores o siguientes".

A mediados del siglo X el clima mejoró, se instaló el óptimo climático de la Edad Media. Los nuevos datos muestran que las temperaturas en Europa treparon a la par con las que se volvieron a ver recién en el siglo XX. . La línea de árboles en los Alpes era en muchos lugares incluso más alta que en la actualidad y el vino se cultivaba más al norte que a principios del siglo XXI. Comenzó la época de los descubrimientos: los vikingos navegaron sobre Groenlandia hacia América.

La agricultura se recuperó, la hambruna se volvió más rara. En 150 años, la población en Europa aumentó en un tercio. Bajo los emperadores Hohenstaufen, el imperio alemán alcanzó su apogeo: Federico II. residió en Sicilia. En su corte, filósofos, científicos y artistas se mezclaron el pensamiento y el habla se hizo más libre. De Arabia también llegaron científicos, que habían preservado y desarrollado conocimientos preciosos desde la antigüedad. La arquitectura cambió: la catedral gótica se amuebló con inmensos ventanales para aprovechar la luz del sol.

Es necesario reconsiderar algunos registros históricos a la luz de los nuevos datos. En Nuremberg en 1022 una hamburguesa afirma que "del terrible calor la gente se derrumba y muere de sed en las calles". Sin embargo, el verano de 1022 no fue particularmente caluroso, dice Büntgen. ¿Exageración? ¿O fue el calor brutal de tan corta duración que no se registró en los anillos de los árboles? Otros eventos encuentran explicación y corroboración: en 1135, por ejemplo, hubo muy poca lluvia, lo que confirma los informes de que el Danubio se secó casi. La gente de Regensburg, Alemania, aprovechó esto para construir el gran Puente de Piedra, que sigue siendo hoy el símbolo de su ciudad.

También se verifican otros indicios: el 9 de septiembre de 1302, los viñedos se congelaron en Alsacia y después de un invierno muy frío, los campesinos de Alemania encontraron el 2 de mayo de 1303 que todas sus reservas de semillas se habían congelado. Todavía no sabían lo mal que se pondrían las cosas.

Los nuevos datos climáticos son los registros impasible de una gigantesca catástrofe que estalló en Europa. Muestran en el siglo XIV la ocurrencia de muchos veranos fríos. En 1314, se añadieron las lluvias diluvianas y un duro invierno.

Detrás de los datos aparecen hechos crueles: comenzó con la pérdida de cosechas por el clima. De 1315 a 1335 la "Gran Hambre" diezmó poblaciones. Ya en 1315 se comían caballos y perros. 1346 y 1347 fueron especialmente fríos, el vino se congeló, el grano se pudrió. La debilitada población había disminuido la resistencia a las epidemias: probablemente de China llegó la "Peste Negra". Entre 1346 y 1352 murió la mitad de la población de Europa.

Al sur de los Alpes, las temperaturas bajaron menos abruptamente. Puede haber sido una de las razones por las que el Renacimiento (el "Renacimiento") pudo florecer allí. Los filósofos de la antigüedad volvieron al honor, la banca se desarrolló y la burguesía pudo competir con la nobleza con una nueva seguridad en sí misma.

Renaissance no lo tuvo fácil para cruzar los Alpes. En el norte, el poder oscuro de la fe aún dominaba. La Iglesia culpó a las brujas por las malas cosechas y las enfermedades e hizo quemar en la hoguera a un gran número de mujeres. En 1524 los campesinos se rebelaron contra la nobleza.

Hacía cada vez más frío. La pequeña edad de hielo había comenzado. Hacia fines del siglo XVII, Europa sufrió graves hambrunas. En 1709, el clima precipitó una de las peores catástrofes: en la "cruel ola de frío de 1709" los ríos se congelaron incluso en Portugal, las palmeras en el sur de Europa se cubrieron de nieve. Los ríos transportaban masas de pescado congelado, el ganado se congelaba hasta morir en los establos, los ciervos muertos yacían en los campos y se dice que las aves cayeron del cielo como grupos congelados. En el verano de 1710, se vio a los hombres "pastando" en los campos "como ovejas", dicen las crónicas.

La Ilustración estuvo acompañada de un calentamiento del clima. "Ahora se consideraba que las hambrunas eran el resultado de una mala gestión", dice Behringer. Los campesinos se dedicaron a la rotación de cultivos, se mejoró el riego, se construyeron mejores carreteras y diques, se secaron los páramos. La revolución agraria se encargó de que las hambrunas fueran más raras ".

Estas mejoras no ayudaron contra las hambrunas de mediados del siglo XIX (hambruna irlandesa) causadas por una breve recesión en el clima.

Durante mucho tiempo, los expertos han estado en desacuerdo sobre las consecuencias futuras del cambio climático: ¿los cambios traerán nuevas catástrofes o es un calentamiento para bien? "Los cambios climáticos rápidos tienen a menudo efectos negativos graves en las sociedades", dice Ulf Büntgen. Los nuevos datos proporcionarán a los historiadores abundante material para descubrir y estudiar tales conexiones.


Plaga, hambruna y muerte súbita: 10 peligros de la época medieval

Fue una de las épocas más emocionantes, turbulentas y transformadoras de la historia, pero la Edad Media también estuvo plagada de peligros. La historiadora Dra. Katharine Olson revela diez de los mayores riesgos que enfrentan las personas ...

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Publicado: 10 de julio de 2020 a las 4:00 pm

Plaga

La plaga fue una de las principales causas de muerte de la Edad Media: tuvo un efecto devastador en la población de Europa en los siglos XIV y XV. También conocida como la peste negra, la plaga (causada por la bacteria llamada Yersinia pestis) fue transportado por pulgas que se encuentran con mayor frecuencia en ratas. Había llegado a Europa en 1348, y miles murieron en lugares que iban desde Italia, Francia y Alemania hasta Escandinavia, Inglaterra, Gales, España y Rusia.

La mortal peste bubónica causó hinchazones supurantes (bubones) en todo el cuerpo. Con la peste septicémica, las víctimas sufrían de una piel oscura que se decoloraba (volviéndose negra) como resultado de las toxinas en el torrente sanguíneo (una de las razones por las que la peste se denominó posteriormente "Peste Negra"). La peste neumónica extremadamente contagiosa podría contraerse simplemente con estornudar o escupir, y hacer que los pulmones de las víctimas se llenen.

La peste negra mató entre un tercio y la mitad de la población de Europa. Los contemporáneos no sabían, por supuesto, qué causó la plaga o cómo evitar contraerla. Buscaron explicaciones para la crisis de la ira de Dios, el pecado humano y los grupos marginados / marginados, especialmente los judíos. Si estaba infectado con la peste bubónica, tenía entre un 70 y un 80 por ciento de probabilidades de morir en la próxima semana. En Inglaterra, de cada cien personas, quizás entre 35 y 40 podrían esperar morir a causa de la plaga.

Como resultado de la plaga, la esperanza de vida a finales del siglo XIV en Florencia era poco menos de 20 años, la mitad de lo que había sido en 1300. Desde mediados del siglo XIV en adelante, miles de personas de toda Europa, desde Londres y París a Gante, Mainz y Siena - murió. Un gran número de ellos eran niños, que eran los más vulnerables a la enfermedad.

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Viaje

La gente de la época medieval se enfrentaba a una serie de peligros potenciales cuando viajaba.

Era difícil encontrar un lugar limpio y seguro para dormir a pedido. Los viajeros a menudo tenían que dormir al aire libre; cuando viajaban durante el invierno, corrían el riesgo de morir congelados. Y aunque viajar en grupo ofrecía algo de seguridad, uno podía ser asaltado o asesinado por extraños, o incluso por compañeros de viaje.

Tampoco se proporcionaba comida y bebida a menos que el viajero hubiera encontrado una posada, un monasterio u otro alojamiento. La intoxicación alimentaria era un riesgo incluso entonces, y si se quedaba sin comida, tenía que buscar, robar o pasar hambre.

Los viajeros medievales también podrían verse atrapados en disputas o guerras locales o regionales, y resultar heridos o encarcelados. La falta de conocimiento de lenguas extranjeras también podría generar problemas de interpretación.

Las enfermedades y las dolencias también pueden ser peligrosas e incluso fatales. Si uno se enfermaba en la carretera, no había garantía de que pudiera recibir un tratamiento médico decente, o incluso alguno.

Escuche: Elma Brenner de la Biblioteca Wellcome examina el estado de la atención médica en la Edad Media y revela algunos remedios inusuales que se ofrecían a personas con lesiones o enfermedades:

Los viajeros también pueden ser víctimas de accidentes. Por ejemplo, existía el riesgo de ahogarse al cruzar ríos; incluso el emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, Federico I, se ahogó en 1190 al cruzar el río Saleph durante la Tercera Cruzada. También pueden ocurrir accidentes a la llegada: en Roma, durante el jubileo de 1450, se produjo el desastre cuando unas 200 personas de la gran multitud que cruzaba el gran puente de Sant'Angelo cayeron por el borde y se ahogaron.

Si bien era más rápido viajar por mar que por tierra, subirse a un bote presentaba riesgos sustanciales: una tormenta podía significar un desastre o la navegación podía fallar, y los barcos de madera medievales utilizados no siempre estaban a la altura de los desafíos del mar. Sin embargo, a finales de la Edad Media, los viajes por mar se estaban volviendo más rápidos y seguros que nunca.

Un viajero promedio en el período medieval podía esperar recorrer entre 15 y 25 millas por día a pie o entre 20 y 30 a caballo, mientras que los barcos de vela podían recorrer entre 75 y 125 millas por día.

Hambruna

El hambre era un peligro muy real para los hombres y mujeres medievales. Enfrentados a la disminución de los suministros de alimentos debido al mal tiempo y las malas cosechas, la gente pasaba hambre o apenas sobrevivía con raciones exiguas como corteza, bayas y maíz inferior y trigo dañado por el mildiú.

Aquellos que comían tan poco sufrían desnutrición y, por lo tanto, eran muy vulnerables a las enfermedades. Si no se morían de hambre, a menudo morían como resultado de las epidemias que siguieron a la hambruna. Enfermedades como la tuberculosis, la sudoración, la viruela, la disentería, la fiebre tifoidea, la influenza, las paperas y las infecciones gastrointestinales podían matar y lo hicieron.

La Gran Hambruna de principios del siglo XIV fue particularmente mala: el cambio climático provocó temperaturas mucho más frías que la media en Europa a partir de 1300, la "Pequeña Edad de Hielo". En los siete años entre 1315 y 1322, Europa occidental fue testigo de lluvias increíblemente intensas, de hasta 150 días seguidos.

Los agricultores lucharon por plantar, cultivar y cosechar cultivos. Las escasas cosechas que crecían a menudo estaban enmohecidas y / o eran terriblemente caras. Como resultado, el principal alimento básico, el pan, estaba en peligro. Esto también se produjo al mismo tiempo que un invierno brutalmente frío.

Al menos el 10 por ciento, quizás cerca del 15 por ciento, de las personas en Inglaterra murieron durante este período.

Parto

Hoy en día, con los beneficios de las ecografías, la epidural y la monitorización fetal, el riesgo para la madre y el bebé durante el embarazo y el parto se encuentra en un mínimo histórico. Sin embargo, durante el período medieval, dar a luz era increíblemente peligroso.

Las presentaciones de nalgas del bebé durante el trabajo de parto a menudo resultaron fatales tanto para la madre como para el niño. El trabajo de parto podría durar varios días y algunas mujeres finalmente murieron de agotamiento. Si bien se conocían las cesáreas, eran inusuales excepto cuando la madre del bebé ya estaba muerta o muriendo, y no necesariamente tuvieron éxito.

Las parteras, en lugar de médicos capacitados, solían atender a las mujeres embarazadas. Ayudaron a la futura madre durante el trabajo de parto y, si era necesario, pudieron realizar bautismos de emergencia en bebés en peligro de muerte. La mayoría no había recibido capacitación formal, pero se basó en la experiencia práctica obtenida durante años de dar a luz a bebés.

Las nuevas madres pueden sobrevivir al trabajo de parto, pero pueden morir a causa de diversas infecciones y complicaciones posnatales. El equipo era muy básico y la intervención manual era común. El estatus no fue una barrera para estos problemas, incluso Jane Seymour, la tercera esposa de Enrique VIII, murió poco después de dar a luz al futuro Eduardo VI en 1537.

Infancia y niñez

La infancia fue particularmente peligrosa durante la Edad Media: la mortalidad era terriblemente alta. Basándose únicamente en los registros escritos sobrevivientes, los académicos han estimado que entre el 20 y el 30 por ciento de los niños menores de siete años murieron, pero la cifra real es casi con certeza más alta.

Los bebés y los niños menores de siete años eran particularmente vulnerables a los efectos de la desnutrición, las enfermedades y diversas infecciones. They might die due to smallpox, whooping cough, accidents, measles, tuberculosis, influenza, bowel or stomach infections, and much more. The majority of those struck down by the plague were also children. Nor, with chronic malnutrition, did the breast milk of medieval mothers carry the same immunity and other benefits of breast milk today.

Being born into a family of wealth or status did not guarantee a long life either. We know that in ducal families in England between 1330 and 1479, for example, one third of children died before the age of five.

Bad weather

The vast majority of the medieval population was rural rather than urban, and the weather was of the utmost importance for those who worked or otherwise depended on the land. But as well as jeopardising livelihoods, bad weather could kill.

Consistently poor weather could lead to problems sowing and growing crops, and ultimately the failure of the harvest. If summers were wet and cold, the grain crop could be destroyed. This was a major problem, as cereal grains were the main food source for most of the population.

With less of this on hand, various problems would occur, including grain shortages, people eating inferior grain, and inflation, which resulted in hunger, starvation, disease, and higher death rates.

This was especially the case from the 14th through to the 16th centuries, when the ice pack grew. By 1550, there had been an expansion of glaciers worldwide. This meant people faced the devastating effects of weather that was both colder and wetter.

Medieval men and women were therefore eager to ensure that weather conditions stayed favourable. In Europe, there were rituals for ploughing, sowing seeds, and the harvesting of crops, as well as special prayers, charms, services, and processions to ensure good weather and the fertility of the fields. Certain saints were thought to protect against the frost (St Servais), have power over the wind (St Clement) or the rain and droughts (St Elias/Elijah) and generally the power of the saints and the Virgin Mary were believed to protect against storms and lightning.

People also believed the weather was not merely a natural occurrence. Bad weather could be caused by the behaviour of wicked people, like murder, sin, incest, or family quarrels. It could also be linked to witches and sorcerers, who were thought to control the weather and destroy crops. They could, according to one infamous treatise on witches – the Malleus Maleficarum, published in 1486 – fly in the air and conjure storms (including hailstorms and tempests), raise winds and cause lightning that could kill people and animals.

Violence

Whether as witnesses, victims or perpetrators, people from the highest ranks of society to the lowest experienced violence as an omnipresent danger in daily life.

Medieval violence took many forms. Street violence and brawls in taverns were not uncommon. Vassals might also revolt against their lords. Likewise, urban unrest also led to uprisings – for example, the lengthy rebellion of peasants in Flanders of 1323–28, or the Peasants’ Revolt of 1381 in England.

Medieval records demonstrate the presence of other types of violence also: rape, assault and murder were not uncommon, nor was accidental homicide. One example is the case of Maud Fras, who was hit on the head and killed by a large stone accidentally dropped on her head at Montgomery Castle in Wales in 1288.

Blood feuds between families that extended over generations were very much evident. So was what we know today as domestic violence. Local or regional disputes over land, money or other issues could also lead to bloodshed, as could the exercise of justice. Innocence or guilt in trials were at times decided by combat ordeals (duels to the death). In medieval Wales, political or dynastic rivals might be blinded, killed or castrated by Welsh noblemen to consolidate their positions.

Killing and other acts of violence in warfare were also omnipresent, from smaller regional wars to larger-scale crusades from the end of the 11th century, fought by many countries at once. Death tolls in battle could be high: the deadliest clash of the Wars of the Roses, the battle of Towton (1461), claimed between 9,000 and 30,000 lives, according to contemporary reports.

Heresy

It could also be dangerous to disagree. People who held theological or religious opinions that were believed to go against the teachings of the Christian church were seen as heretics in medieval Christian Europe. These groups included Jews, Muslims and medieval Christians whose beliefs were considered to be unorthodox, like the Cathars.

Kings, missionaries, crusaders, merchants and others – especially from the late 11th century – sought to ensure the victory of Christendom in the Mediterranean world. The First Crusade (1096–99) aimed to capture Jerusalem – and finally did so in 1099. Yet the city was soon lost, and further crusades had to be launched in a bid to regain it.

Jews and Muslims also suffered persecution, expulsion and death in Christian Europe. In England, anti-Semitism resulted in massacres of Jews in York and London in the late 12th century, and Edward I banished all Jews from England in 1290 – they were only permitted to return in the mid-1600s.

From the eighth century, efforts were also made to retake Iberia from Muslim rule, but it was not until 1492 that the entire peninsula was recaptured. This was part of an attempt in Spain to establish a united, single Christian faith and suppress heresy, which involved setting up the Spanish Inquisition in 1478. As a result, the Jews were expelled from Spain in 1492, and Muslims were only allowed to stay if they converted to Christianity.

Holy wars were also waged on Christians who were widely considered to be heretics. The Albigensian Crusade was directed at the Cathars (based chiefly in southern France) from 1209–29 – and massacres and more inquisitions and executions followed in the later 13th and 14th centuries.

Hunting

Hunting was an important pastime for medieval royalty and the aristocracy, and skill in the sport was greatly admired. The emperor Charlemagne was recorded as greatly enjoying hunting in the early ninth century, and in England William the Conqueror sought to establish royal forests where he could indulge in his love of the hunt. But hunting was not without risks.

Hunters could easily be injured or killed by accidents. They might fall from their horse, be pierced by an arrow, be mauled by the horns of stags or tusks of boars, or attacked by bears.

Status certainly did not guarantee safety. Many examples exist of kings and nobles who met tragic ends as a result of hunting. The Byzantine emperor Basil I died in 886 after apparently having his belt impaled on the horns of a stag and being dragged more than 15 miles before being freed.

In 1100, King William II (William Rufus) was famously killed by an arrow in a supposed hunting accident in the New Forest. Likewise, in 1143, King Fulk of Jerusalem died in a hunting accident at Acre, when his horse stumbled and his head was crushed by his saddle.

Early or sudden death

Sudden or premature death was common in the medieval period. Most people died young, but death rates could vary based on factors like status, wealth, location (higher death rates are seen in urban settlements), and possibly gender. Adults died from various causes, including plague, tuberculosis, malnutrition, famine, warfare, sweating sickness and infections.

Wealth did not guarantee a long life. Surprisingly, well-fed monks did not necessarily live as long as some peasants. Peasants in the English manor of Halesowen might hope to reach the age of 50, but by contrast poor tenants in same manor could hope to live only about 40 years. Those of even lower status (cottagers) could live a mere 30 years.

By the second half of the 14th century, peasants there were living five to seven years longer than in the previous 50 years. However, the average life expectancy for ducal families in England between 1330 and 1479 generally was only 24 years for men and 33 for women. In Florence, laypeople in the late 1420s could expect to live only 28.5 years (men) and 29.5 years (women).

Dying a ‘good’ death was very important to medieval people, and was the subject of many books. People often worried about ‘sudden death’ (whether in battle, from natural causes, by execution, or an accident) and what would happen to those who died without time to prepare and receive the last rites. Written charms, for example, were thought to provide protection against sudden death – whether against death in battle, poison, lightning, fire, water, fever or other dangers.

Dr Katharine Olson is a lecturer in medieval and early modern history at Bangor University


Muerte negra

This inquiry is framed by the compelling question “Can disease change the world?” Among the many catastrophic global pandemics in history, perhaps none achieved the notoriety of the Black Death. The Black Death was a massive outbreak of the bubonic plague caused by infectious bacteria. Thought by scientists to have been spread by contaminated fleas on rats and/or other rodents, the Black Death quickly decimated entire families and communities. In doing so, the Black Death led more than one observer of the time to ponder whether the apocalypse had begun. The Black Death began and first spread on the Silk Roads through central Asia in the early 14th century, and by mid-century moved via merchant ships into North Africa and Europe, where it would kill nearly one-half of the population. It took almost 150 years for Europe’s population to recover. By investigating the compelling question “Can disease change the world?” students consider the causes, symptoms, and reasons for the rapid geographic expansion of the disease and how this pandemic affected people of the 14th century and beyond. Through their investigation of sources in this inquiry, students should develop an understanding of the consequences of the Black Death and an informed awareness of the importance of preparing for future diseases and possible pandemics.

Compelling Question:

Can Disease Change the World?

Staging the Question:

Supporting Question What was the Black Death?

Formative Task Write a description of the Black Death that includes its symptoms and where outbreaks occurred in Europe and Asia.

Sources Source A: Excerpts from Decameron
Source B: Illustration of the Black Death

Supporting Question How did the Black Death spread so quickly?

Formative Task Construct a diagram illustrating how the Black Death spread.

Sources Source A: Plague Ecology visual
Source B: Map depicting spread of the Black Death

Supporting Question How did the Black Death affect people in the 14th century?

Formative Task Create an annotated illustration depicting how the Black Death affected different groups of people in the 14th century.

Sources Source A: Bubonic plague statistics
Source B: Illustration of the persecution of Jews during the Black Death
Source C: Social and Economic Effects of the Plague


Pre-Columbian treponemal disease from 14th century AD Safed, Israel, and implications for the medieval eastern Mediterranean

In 1912, 68 medieval crania were excavated from a cave at Safed in the eastern Mediterranean and brought to the United Kingdom. It is only recently that these skulls have been studied for evidence of disease. One adult individual demonstrates multiple lesions of the cranial vault, compatible with treponematosis. Radiocarbon dating suggests the year of death to be between 1290–1420 AD. This range equates to the mamluk period, just after the crusades. This is the oldest dated case of treponematosis in the Middle East, and the first to confirm its presence there before the epidemiologically important transatlantic voyage of Christopher Columbus. The finding has significant implications for our understanding of the introduction of the disease to the Middle East and of the medieval diagnosis of ulcerating skin conditions by medical practitioners in the Mediterranean world. Am J Phys Anthropol 121:000–000, 2003. © 2003 Wiley-Liss, Inc.


14th century Zodiac Man

The Zodiac Man or Man of Signs (homo signorum in Latin) is an age-old diagram that relates the calendar and the movement of the heavenly bodies to the human body. Sections of the body are labeled with the twelve zodiacal signs, beginning with Aries, which ruled the head, and ending with Pisces associated with the feet. This illustration demonstrates centuries of connections between astrology and human personality, health, sickness, and medical treatments. For example, Leo is associated with the heart because tradition says the strength the lion was located in its heart. Scorpio is associated with the genitals because a scorpion’s strength was located in its tail. While some of these diagrams were accompanied by a basic explanation of the associations between the body and the heavens, most did not, assuming these astrological theories governing health care were widely accepted and understood.

To learn more about the history of medicine and questionable cures, see Discovering Quacks, Utopias, and Cemeteries


4. Washing Hands and Surfaces

Washing your hands to reduce the spread of disease is an accepted part of hygiene now, but frequent hand washing was a bit of a novelty during the early 20th century. To encourage the practice, "powder rooms," or ground-floor bathrooms, were first installed as a way to protect families from germs brought in by guests and ubiquitous delivery people dropping off goods like coal, milk and ice. 

Previously, these visitors would have traveled through the home to use the bathroom, tracking outside germs with them. (Typhoid Mary infamously spread the disease from which she earns her nickname by not properly washing her hands before handling food.)

Germ theory was a relatively new concept brought to light in the mid-1800s by Louis Pasteur, Joseph Lister, and Robert Koch that held that disease was caused by microorganisms invisible to the naked eye. Having a sink on the ground floor made it easier to wash your hands upon returning home.

Speaking of health and design, there’s a reason why hospitals, subways and 1920s bathrooms were often tiled in pristine white: White tiles are easy to clean and make any dirt or grime highly visible.


Did the Black Death Rampage Across the World a Century Earlier Than Previously Thought?

For over 20 years, I’ve been telling the same story to students whenever I teach European history. At some point in the 14th century, the bacterium Yersinia pestis somehow moved out of the rodent population in western China and became wildly infectious and lethal to humans. This bacterium caused the Black Death, a plague pandemic that moved from Asia to Europe in just a few decades, wiping out one-third to one-half of all human life wherever it touched. Although the plague pandemic definitely happened, the story I’ve been teaching about when, where, and the history of the bacterium has apparently been incomplete, at best.

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In December, the historian Monica Green published a landmark article, The Four Black Deaths, in the Reseña histórica americana, that rewrites our narrative of this brutal and transformative pandemic. In it, she identifies a “big bang” that created four distinct genetic lineages that spread separately throughout the world and finds concrete evidence that the plague was already spreading in Asia in the 1200s. This discovery pushes the origins of the Black Death back by over a hundred years, meaning that the first wave of the plague was not a decades-long explosion of horror, but a disease that crept across the continents for over a hundred years until it reached a crisis point.

As the world reels beneath the strains of its own global pandemic, the importance of understanding how humans interact with nature both today and throughout the relatively short history of our species becomes more critical. Green tells me that diseases like the plague and arguably SARS-CoV-2 ( before it transferred into humans in late 2019 causing Covid-19 ) are not human diseases, because the organism doesn’t rely on human hosts for reproduction (unlike human-adapted malaria or tuberculosis). They are zoonotic, or animal diseases, but humans are still the carriers and transporters of the bacteria from one site to the other, turning an endemic animal disease into a deadly human one.

The Black Death, as Monica Green tells me, is “one of the few things that people learn about the European Middle Ages.” For scholars, the fast 14th-century story contained what Green calls a “black hole.” When she began her career in the 1980s, we didn’t really know “when it happened, how it happened, [or] where it came from!” Now we have a much clearer picture.

“The Black Death and other pre-modern plague outbreaks were something everyone learned about in school, or joked about in a Monty Python-esque way. It wasn't something that most of the general public would have considered particularly relevant to modernity or to their own lives,” says Lisa Fagin Davis, executive director of the Medieval Academy of America. But now, “with the onset of the Covid-19 pandemic, suddenly medieval plagues became relevant to everyone everywhere.”

The project that culminated in Green’s article unfolded over many years. She says that the first step required paleogenetic analysis of known victims of the plague, including a critical study 2011. Paleogenetics is the study of preserved organic material—really any part of the body or the microbiome, down to the DNA—of long dead organisms. This means that if you can find a body, or preferably a lot of bodies, that you’re sure died in the Black Death, you can often access the DNA of the specific disease that killed them and compare it to both modern and other pre-modern strains.

This has paid off in numerous ways. First, as scientists mapped the genome, they first put to rest long lingering doubts about the role Y. pestis played in the Black Death (there was widespread but unsubstantiated speculation that other diseases were at fault). Scientists mapped the genome of the bacterium and began building a dataset that revealed how it had evolved over time. Green was in London in 2012 just as findings on the London plague cemetery came out confirming without a doubt both the identity of the bacterium and the specific genetic lineage of the plague that hit London in June 1348. “The Black Death cemetery in London is special because it was created to accommodate bodies from the Black Death,” she says, “and then when [the plague wave] passed, they closed the cemetery. We have the paperwork!”

Green established herself as the foremost expert in medieval women’s healthcare with her work on a medical treatise known as The Trotula. Her careful analysis of manuscript traditions revealed that some of the text was attributable to a southern Italian woman, Trota. Other sections, though, revealed male doctors’ attempts to take over the market for women’s health. It’s a remarkable text that prepared Green for her Black Death project not only by immersing her in the history of medicine, but methodologically as well. Her discipline of philology, the study of the development of texts over time, requires comparing manuscripts to each other, building a stemma, or genealogy of texts, from a parent or original manuscript. She tells me that this is precisely the same skill one needs to read phylogenetic trees of mutating bacteria in order to trace the history of the disease.

Still, placing the Black Death in 13th-century Asia required more than genetic data. Green needed a vector, and she hoped for textual evidence of an outbreak. She is careful to add that, when trying to find a disease in a historical moment, the “absence of evidence is not evidence of absence.” Her first step was to focus on a cute little rodent from the Mongolian steppe: the marmot.

Mongols hunted marmots for meat and leather (which was both lightweight and waterproof), and they brought their rodent preferences with them as the soon-to-be conquerors of Asia moved into the Tian Shan mountains around 1216 and conquered a people called the Qara Khitai (themselves refugees from Northern China). There, the Mongols would have encountered marmots who carried the strain of plague that would become the Black Death. Here, the “big bang” theory of bacterial mutation provides key evidence allowing us a new starting point for the Black Death. (To support this theory, her December article contains a 16-page appendix just on marmots!)

The phylogenetic findings were enough for Green to speculate about a 13th-century origin for the plague, but when it came to the mechanism of spread, all she had was conjecture—until she found a description of an outbreak at the end of the Mongol siege of Baghdad in 1258. Green is quick to note that she has relied on experts in many different languages to do this work, unsurprisingly since it traverses from China to the rock of Gibraltar, and from near the Arctic Circle to sub-Saharan Africa.

No one is expert in all the languages. What Green brought was a synthetic view that drew a narrative out of cutting-edge science and humanistic scholarship and the ability to recognize the significance of what she found when she opened a new translation of the Akhbār-i Moghūlān, o Mongol News. This source was published for the first time in 2009 by the Iranian historian Iraj Afshar, but only translated into English in 2018 as The Mongols in Iran, by George Lane. The medieval Iranian source is something of a jumble, perhaps the surviving notes for a more organized text that didn’t survive. Still, the report on the Mongol siege, Green realized, held the key piece of evidence she’d been looking for. As she cites in her article, Mongol News describes pestilence so terrible that the “people of Baghdad could no longer cope with ablutions and burial of the dead, so bodies were thrown into the Tigris River.” But even more importantly for Green, Mongol News notes the presence of grain wagons, pounded millet, from the lands of the Qara Khitai.

Suddenly, the pieces fit together. “I’ve already got my eye on the Tian Shan mountains, where the marmots are,” she says, and of course marmot-Mongol interaction could cause plague there, but didn’t explain long-distance transmission. “The scenario I’m putting together in my head is some sort of spillover event. Marmots don’t hang around people. They’re wild animals that will not willingly interact with humans. So the biological scenario I had to come up with is whatever is in the marmots had to be transferred to another kind of rodent.”

With the grain supply from Tian Shan linked to plague outbreak in Baghdad, it’s easy to conjecture a bacterium moving from marmots to other rodents, those rodents riding along in grain, and the plague vector revealed. “That was my eureka moment,” she says.

She had put the correct strain of the bacteria at the right place at the right time so that one infected rodent in a grain wagon train revealed the means of distribution of plague.

“Throughout her career, Dr. Green has combined humanism and science in ways that have brought a more clear understanding of the origins and spread of plague,” says Davis, from the Medieval Academy. “Her collaborations with historians, geneticists, paleobiologists, archaeologists and others untangle the genetic complexities of plague strains.”

That kind of interdisciplinary work would have been significant to scholars at any moment, but right now takes on particular relevance. “[Green] has worked to undermine imprecise and simplistic plague narratives and to explain to a ready public the importance of understanding historic plagues in context,” adds Davis “[Her] voice has been critical as we try to make sense of our own modern-day plague.”

Green also sees the relevance, especially as her study of plague variants and pandemic came out just as new variants of the Covid-19 pathogen were manifesting around the world. She tells me that her work didn’t change because of Covid, but the urgency did. “Plague,” Green says, “is our best ‘model organism’ for studying the history of pandemics because the history of it is now so rich, with the documentary and archaeological record being supplemented by the genetic record. All the work the virologists were doing in sequencing and tracking SARS-CoV-2's spread and genetic evolution was exactly the same kind of work that could be done for tracking Yersinia pestis's evolution and movements in the past.”

She wants her fellow scholars to focus on human agency both in history—those Mongols and their wagon trains—and now. The history of the Black Death tells “a powerful story of our involvement in creating this pandemic: this wasn't Mother Nature just getting angry with us, let alone fate. It was human activity.”

The world is only now—thanks to Green and many others (see her long bibliography of scholars from a wide variety of disciplines, time periods, and parts of the world)—really getting a handle on the true history of the Black Death. Next, she tells me, she has an article coming out with Nahyan Fancy, a medieval Islamist, on further textual evidence of plague outbreaks to supplement the Mongol News. Many of these 13th-century sources were previously known, but if you start with the assumption that the plague couldn’t be present until the 14th century, you’d never find them.

She imagines scholars may find plague in other places, once they start looking. In the meantime, the stakes for understanding how diseases move remains crucial as we wrestle with our own pandemic. I ask her what she thinks it all means for a world today still grappling with a pandemic. She replies, with a harrowing, centuries-look ahead, “The story I have reconstructed about the Black Death is 100 percent an emerging infectious disease story. . an ‘emerging’ disease lasted for 500-600 years. & # 8221

About David M. Perry

David M. Perry is a freelance journalist covering politics, history, education, and disability rights. He was previously a professor of medieval history at Dominican University from 2006-2017.


Genetics as a Historicist Discipline: A New Player in Disease History

H istorians in Lab Coats&rdquo&mdashthat&rsquos the new epithet for the molecular biologists who have taken the limelight in the field of disease history. 1 This role is not limited to just recent disease history, where, for example, genetics is playing a major role in tracking the evolution and pathogen mutation in still-unfolding epidemics, such as HIV/AIDS, cholera, or Ebola. The most notable work, rather, has focused on my period, the Middle Ages. True, this research is usually still heralded in the &ldquoScience&rdquo section of major newspapers, rather than the &ldquoCulture&rdquo section, where historical studies (assuming they are reviewed at all) would normally appear. But the fact that history has come to be defined by breakthroughs made by scientists, rather than historians as traditionally defined, signals a sea change. One particular breakthrough in 2011 actually elicited an editorial in the New York Times, 2 which celebrated the complete sequencing of the bubonic plague bacterium from 14th-century remains in London, an achievement that finally closed decades of debate about what &ldquoreally&rdquo caused the Black Death.

Welcoming a new player onto the field of historical research is not something we traditionally trained historians always do gracefully. But I would argue that we should embrace our new sister discipline. Despite the hype in the popular press, the molecular genetics work that has contributed so substantively to the history of plague and several other disease histories hasn&rsquot pushed us off the playing field. It has an inherent limit: genetics tells us only the story of the pathogen. 3 It does not tell us how, in the case of plague, a single-celled organism came to be dispersed over half the globe in the medieval period (and around the whole globe by the beginning of the 20th century). It does not tell us about all the animal species&mdashnot simply rats, but also marmots and gerbils and maybe camels and storks&mdashthat helped transmit the organism thousands of miles from its place of origin. Least of all does it tell us how people reacted to such massive devastation, or why they looked to the stars, or local minority groups, in their search for explanations or objects of blame.

I have just finished editing a collection of essays unlike anything I ever imagined possible. The essays constitute the inaugural issue of a new journal, The Medieval Globe, and are devoted to the topic of the Black Death. 4 The collection brings together an interdisciplinary team of scholars: archeologists, microbiologists (one of whom has expertise in biosecurity), a biological anthropologist, and historians with geographical specialties ranging across Afroeurasia. Our agenda has been straightforward: to ask how the new genetics understanding of Yersinia pestis, the causative organism of plague, can alter the way we understand the history of one of the worst pandemics in human history.

Human remains from the East Smithfield Black Death Cemetery in London. DNA fragments from this cemetery were used to reconstruct the genome of Yersinia pestis in 2011.

The reason for letting the work of molecular geneticists drive our research questions about the Black Death is simple: we historians invited them in. Geneticists have taken the lead in plague narratives because they were attempting to solve a problem that had proved unsolvable by traditional (document-based) historical methods. For a variety of reasons, the 1970s and &rsquo80s engendered new questions about whether the Black Death (usually dated 1347&ndash53) had really been caused by Yersinia pestis, the same bacterium identified as the cause of plague in 1894 during an outbreak in Hong Kong that, in spreading globally, would become known as the Third Plague Pandemic. But few people prior to the late 19th century saw bacteria, and none saw viruses. They saw (or conceived of) disturbances of the humors or qi or some other construct to explain the physiology of disease. Hence, our written historical sources would never give us a definitive answer to the question: What was the disease?

The development of ancient DNA (aDNA) technologies and analytics has broken through the 19th-century barrier because they can now retrieve bacterial (and even viral) fossils. As with plague (Yersinia pestis), whole genomes have now been sequenced from historical remains for the 1918&ndash19 strain of influenza virus, leprosy (Mycobacterium leprae), cholera (Vibrio cholerae), and tuberculosis (Mycobacterium tuberculosis complex). 5

The particular relevance of genetics for the narrative of disease history, however, goes beyond simply confirming the presence of particular pathogens at certain times and places in the past. More profoundly, the new molecular genetics creates an evolutionary history of the pathogen: it shows the historical relationships between different strains, it suggests a general chronology of development, and, most useful to us historians, it grounds those evolutionary narratives in geographical space. Most genetics work on Yersinia pestis has not been done on historical remains (which continue to be rare, subject to fortuitous retrievals by archeologists) but on modern samples of the organism. These can document only strains that have survived to modern times. Nevertheless, their spatial distribution contributes to a &ldquostory&rdquo of how the organism has moved around and developed. The new genetics allows the creation, even if only in a tentative way, of a unified history of plague: one that covers nearly the whole of Eurasia and even incorporates Africa one that looks across a wide variety of species and environments that may have proved hosts to plague and one that connects a broad chronological expanse, from the 13th century to the present day.

Filling in all the still-blank spaces of chronology, geography, and host environments and landscapes demands the traditional skills of the historian, who can draw from a rich array of written sources and other products of human culture. It demands linguistic competence to read those sources in their original languages and cultural competence to &ldquoread&rdquo them for all their nuances of contingent local meaning. Yes, we remain uniquely dependent on the geneticists for certain aspects of our interpretations. Although I have inspected human remains from the London Black Death Cemetery (see photo), I have never visto any of the molecular fossils scientists claim to have extracted from them. But after immersing myself in their published work for the past eight years, I understand why the geneticists are making the inferences they make. Taking their conclusions as working hypotheses, I and my colleagues have been able to put forward several robust hypotheses of our own, including how, when, and why plague emerged out of its evolutionary home in the Tibet-Qinghai Plateau in the 13th century. I have even tentatively postulated, on the basis of the genetics, that plague may have reached areas that have never been part of Black Death narratives before.

Our experience suggests, then, that the biological sciences can be usefully deployed to inform historical analysis. Molecular genetics has the power to reconstruct a history of material existence&mdashin this case, of microbes&mdashat a level that no other kind of historical source or method can reach. Moreover, in the case of an ecologically complex disease like plague, other fields&mdashsuch as zoology, entomology, and bioarchaeology&mdashhave great potential to inform our work. And my experience suggests that, if introduced thoughtfully, such science can be deployed even in the undergraduate classroom. Being challenged in this way by a discipline so utterly different in its methods and questions from our own can make us better historians and highlight the unique contributions we make as humanists.

Monica H. Green is a historian of medieval medicine and global health. In 2009 and 2012, she ran a National Endowment for the Humanities Summer Seminar in London, &ldquoHealth and Disease in the Middle Ages&rdquo participants wrestled with the problem of opening up dialogue between the humanities and the historicist sciences.

The December issue of the Reseña histórica americana features a roundtable entitled &ldquoHistory Meets Biology.&rdquo Authors of the roundtable articles are John L. Brooke, Clark Spencer Larsen, Edmund Russell, Randolph Roth, Kyle Harper, Walter Scheidel, Lynn Hunt, Julia Adeney Thomas, Norman MacLeod, and Michael D. Gordin. Read the 10 essays at www.historians.org/ahr.

1. Lester K. Little, &ldquoPlague Historians in Lab Coats,&rdquo Past and Present, 213 (2011): 267&ndash90.

3. There is also genetics work that looks at disease history from the perspective of human genetics, such as evolutionary responses to malaria, tuberculosis, and cholera. I am referring here only to work that focuses on the pathogenic organism of infectious diseases.

4. Monica H. Green, guest editor Carol Symes, executive editor, &ldquoPandemic Disease in the Medieval World: Rethinking the Black Death,&rdquo The Medieval Globe 1 (2014), http://www.arc-humanities.org/inaugural-issue.html. Open-access publication has been generously underwritten by the World History Center, University of Pittsburgh.

5. The key scientific studies on these organisms are: Kirsten I. Bos et al., &ldquoA Draft Genome of Yersinia pestis from Victims of the Black Death,&rdquo Naturaleza 478 (October 27, 2011): 506&ndash10 Jeffery K. Taubenberger et al., &ldquoCharacterization of the 1918 Influenza Virus Polymerase Genes,&rdquo Naturaleza 437 (2005): 889&ndash93 Verena J. Schuenemann et al., &ldquoGenome-wide Comparison of Medieval and Modern Mycobacterium leprae,&rdquo Science 341 (July 12, 2013): 179&ndash83 Alison M. Devault et al., &ldquoSecond-Pandemic Strain of Vibrio cholerae from the Philadelphia Cholera Outbreak of 1849,&rdquo New England Journal of Medicine 370 (2014), 334&ndash40 and Kristen I. Bos et al. &ldquoPre-Columbian Mycobacterial Genomes Reveal Seals as a Source of New World Human Tuberculosis,&rdquo Naturaleza, published online August 20, 2014, http://dx.doi.org/10.1038/nature13591.

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